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La cubanía en la palabra; y en la palabra lo cubano; y los cubanos en la palabra, tan pequeña, menuda y como ignorante de su peso. Y Alma Mater pensó: «Surgirá con el taller de postgrado La construcción de Cuba en el cine, impartido por Rafael Hernández, director de la revista Temas.» Y el profesor era como un Dios con una palabra, como un pequeño Dios, pero apuntando hacia otros eruditos.
Y razonó Alma Mater: «Será una palabra de Guillermo Rodríguez Rivera», el también pedagogo de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, «vendrá con el verano y sus ensayos “por el camino de la mar”.» Y dijo Guillermo sobre la ingravidez y el sueño cubanos:
—Esa dualidad, se expresa en dos constantes de nuestra historia; la primera es la burla, el choteo; la otra, es la presencia del ideal, que siempre regresa cuando más muerto se le piensa. Choteo e ideal son cara y cruz de una misma moneda. 
Y continuó Guillermo sobre la familia, el Estado y el jefe:
—La familia cubana está centrada por la madre. Hay escasas familias donde sus integrantes no se segregaron en partidarios de la Revolución y disidentes. Esa división fue cancelada por la historia. […] Ningún cubano quería ser instrumento de ese mecanismo corrupto que el Estado había puesto en marcha desde sus orígenes. La mayoría cambió después del triunfo revolucionario, se puso al servicio del Estado. La caída del muro de Berlín y la desaparición de la URSS y el campo socialista, determinaron la aparición del «período especial». Todo ello ha vuelto a hacer al cubano revalorar sus vínculos familiares. […] El cubano ha sido también caudillista. Su respeto al jefe ha sido grande cuando este lo ha merecido. Pero ha sido un respeto bajo control, confrontado con la actuación que el jefe observa.
LÓGICA CULTURAL
No bastó la razón de Guillermo: no fue el vocablo una voz de verano. Rafael Hernández callaba. Era como un pequeño Dios con una palabra. Y Alma Mater creyó: «Será como una hoja del historiador Eduardo Torres-Cuevas o del poeta y estudioso martiano Cintio Vitier. Caerá en el otoño, rojiza y con sus bordes dorados de belleza.»
—Lo cubano es un ajiaco –evocó Torres-Cuevas al erudito que fue Fernando Ortiz– y para cocerlo hace falta el fuego, la pasión de Prometeo. Mas esa pasión puede cocinar algo más, crear una calidad, un pueblo, una cultura nueva. La cubanidad es el fruto de fases diversas en nuestra formación; el fondo que condiciona aspiraciones, actitudes, modos de ser; la amalgama que conforma lo profundo de nuestra mentalidad. Profana, libérrima, situada en el límite de los límites. La cubanidad también es la necesidad de ser y la obligación de buscar su deber ser: Ortiz coloca como uno de sus rasgos no solo la conciencia de lo que significa ser cubano sino la voluntad de serlo.
—La identificación de nuestra cultura con la iberoamericana y caribeña –entró Cintio– es una consecuencia inevitable, y también lo es la crítica y la opción ante los rumbos culturales. Podemos afrontar la discusión de los temas polémicos desde la receptividad, pero siendo irreductibles en la guerra contra el colonialismo y el neocolonialismo cultural. […] Nuestro papel no es solo integrarnos regionalmente sino contribuir a la integración cultural y moral del mundo. El modernismo de Martí y Darío ya ni se estudia, ha sido suplantado por el «modernism» y el «postmodernism». La suplantación es grave: nos quitan nuestras bases de sustentación cultural. También otras doctrinas fueron, cada una en su día, productos importados con los cuales hicimos nuestra cultura. Esa transmutación sí corresponde a nuestra «lógica cultural». Ella también fue la resultante de una voluntad anticolonialista que hace de lo mejor de la cultura latinoamericana y caribeña una creación estructuralmente revolucionaria. Todo producto cultural importado lo convertimos a su (nuestro) estado naciente.
NO RAZAS, SINO CULTURAS
Tampoco bastaron las ideas de Cintio y Torres-Cuevas: la cubanía no fue palabra de otoño. Y esperó Alma Mater el invierno. Nada como el invierno para que sea tan cálida una palabra cálida. Y leyó en efecto a Don Fernando Ortiz, el tercer descubridor de la Isla, y al lingüista habanero Sergio Valdés Bernal.
—Ninguno de los relieves de la cultura indocubana que hoy sobreviven –aseveró Don Fernando en 1949– puede ser adscrito a su cultura primitiva, la cual no fue sino el prólogo de la segunda cultura india, la taína, la que sí nos dejó vocablos, tradiciones, héroes, técnicas. Todo lo sacro de los indios murió, menos un rito que aún es rasgo de cubanidad: la fuma del tabaco. Con Colón, se saltó de las edades de piedra a la edad del Renacimiento. En un día pasaron en Cuba miles de «años-cultura». Con el impacto, una de las dos culturas pereció. Curioso fenómeno social este, el de haber sido desde el siglo XVI igualmente invasoras las clases, las razas y las culturas.
Hombres, economías, culturas y anhelos; todo aquí se sintió foráneo. Ya ahí hay factores de cubanidad. Todo español por solo llegar aquí era distinto; ya era un español indiano. Con los blancos llegaron los negros, primero de España, entonces cundida de esclavos, y luego de toda la Nigricia. No hubo otro elemento humano en más profunda y continua trasmigración. La influencia cultural del negro puede ser advertida sobre todo en el arte, la religión y el tono de la emotividad colectiva. Para entender el alma cubana no hay que estudiar las razas sino las culturas.
«“LENGUA” QUE TE QUIERO “LENGUA”»
—El proceso de transculturación indo-hispánico matizó la lengua española, que salió triunfante –señaló Sergio Valdés–. Durante los siglos que duró la trata, muchos africanos fueron traídos a Cuba. La diversidad lingüística cultural fue explotada por los esclavistas, que formaban grupos de trabajo con individuos de varias procedencias para que ninguna lengua les sirviera de comunicación. El negro debió recurrir a la lengua de sus explotadores, no pudo imponer las suyas a causa del peso demográfico de la inmigración hispánica. Pero tampoco la cultura europea le pudo arrebatar sus raíces, conservadas por los cabildos y las religiones afrocubanas. La presencia asiática fue mínima. Otros inmigrantes fueron los árabes. Los judíos igual emigraron a Cuba. Hubo migraciones de jamaicanos y haitianos, pero ninguna fue importante.
Para el español de Cuba del siglo XIX fue más peligroso el influjo francés, pero este cedió ante el inglés, que tuvo mayor relevancia tras la intervención de los Estados Unidos en la guerra hispano cubana y la instauración de la república. Según aumentó la dependencia económica del mercado estadounidense, se fortalecieron las vías de penetración de anglicismos. Tras el triunfo de la Revolución el panorama cambió.
Toda lengua depende de reglas y normas relacionadas con la organización de la sociedad que la usa. Al estudiarla podemos hacernos una idea de ella y su cultura. «La cultura conforma, mantiene y cambia el léxico según su propia evolución. El diccionario de una lengua es un tesoro de cultura». La lengua española es parte de la cultura cubana, «es el marcador absoluto de nuestra identidad sociocultural». Somos un pueblo racialmente heterogéneo, pero lingüística y culturalmente homogéneo.
¿DE DENTRO O DE AFUERA?
Siguieron siendo insuficientes los juicios de Sergio y Don Fernando: la cubanía y lo cubano no fueron palabras de invierno. El profesor insistía en callar. Era como un Dios con una palabra. Y dio la vuelta el año, y de nuevo era la primavera. Y Alma Mater se esperanzó: «Brotará con los capullos del panel La discusión conceptual de lo cubano en Cuba y en el exterior», y escuchó a sus partícipes.
—Para mí ha sido esencial –confesó Emilio Cueto–, tener un concepto amplio de lo que es lo cubano. Obvio, para serlo tiene que haber un nexo con la isla. Una parte de los que emigramos hemos hecho aportes a la cultura cubana. Preferiría que hubiera más apertura a la hora de adjudicar la etiqueta de cubano, lo cual ha sido un poco restrictivo: se olvida la contribución desde el exterior. 
—La comunidad cubana de Miami –aseveró Lisandro Pérez–, que se auto define exiliada política, tiene conciencia de su identidad social. Allí la movilización suele girar en torno al tema político. La cultura política de esa identidad es importante. Luego, en Miami se ha creado y reforzado la identidad cubana, aún cuando ha habido una pérdida notable, en la segunda generación, del uso del idioma español.
—En la identidad de los pueblos –acotó Rogelio Martínez Furé–, es vital tanto la memoria como su complemento, el olvido. Los pueblos recuerdan lo que quieren recordar y olvidan lo que les conviene olvidar. Así otro matiz fundamental es la autoconciencia asumida. Hay personas cubanas de nacimiento, pero no quieren ser cubanas y no asumen su condición, sueñan con ser suecos o esquimales.
—La identidad no se decreta –proclamó Carolina de la Torre–. Nadie por concepciones teóricas ni ideológicas, puede decir que este pueblo es así o que tal o más cual elemento de esta identidad es importante. La gente vivencia, recuerda, percibe y siente su identidad donde la siente, la percibe y la vivencia, por decreto no se impone. Se hereda y se adquiere. Cada generación la recrea.
—La identidad también se construye –reveló Pedro Pablo Rodríguez–. Según que rechacemos o eliminemos al contrario, al mismo tiempo lo estamos incluyendo. Por eso me gusta la metáfora con que Martínez Furé define la identidad, «es como un río de aguas renovadas; que permanece, pero que al final afluye en el mar de la humanidad». Solo es posible ese río, que es herencia y tradición, y presente y pasado, y también futuro, en la medida que lo miremos en toda su riqueza.
HECHO EN HOLLYWOOD
Huelga decirlo: la cubanía, lo cubano y los cubanos tampoco fueron palabras de primavera. El profesor miró a otro lado. Era como un pequeño Dios con una palabra. Alma Mater comenzaba a impacientarse. Y volvió sobre Ser cubano: identidad, nacionalidad y cultura, el libro de Louis A. Pérez Jr., el profesor de la Universidad de Carolina del Norte nacido de padre cubano en los Estados Unidos.
—Cuba se convirtió en un lugar muy diferente después que finalizó el dominio español. Las películas norteamericanas saturaron el mercado. Las estrellas de cine asumieron dimensiones superiores a la vida. La venta de sus fotografías se convirtió en un negocio. Las películas americanas sugerían el cambio e indicaban posibilidades diferentes a las cotidianas. Los cubanos veían en la pantalla representaciones de formas alternativas de existencia, la posibilidad de nuevos hábitos.
Los cubanos encontraban en las películas puntos de comparación para contemplar sus vidas. Los medios para presentar y entender la realidad estaban determinados por fórmulas americanas. Las cintas de gángsteres fueron populares, e influenciaron en el estilo cubano de violencia política. Así influyeron los filmes en los patrones de aspecto personal. La belleza idealizada de la criolla era de formas llenas y cara redondeada. Los tiempos cambiaron. El Instituto Cubano de Belleza Física pregonó: «La delgadez es el símbolo de la verdadera belleza.» Las imágenes tenían la capacidad de inducir al descontento con la condición de cubano.
La capacidad de la publicidad americana de forjar un carácter nacional en función del mercado, tuvo efectos en Cuba. El impacto de las películas y la publicidad fue fuerte. Al producto se le presentaba como parte del «modo de vida americano», condición que alcanzaba quien lo consumiera. Los hechos tuvieron gran repercusión en las mujeres. No era que lucieran diferentes, sino que actuaran diferente. 
Las líneas que separaban las razas fueron marcadas con más profundidad, pues la discriminación racial de los norteamericanos era fuerte. Los residentes estadounidenses practicaron la discriminación de forma tan abierta y desvergonzada, que influenciaron a los cubanos. No sorprende que las instituciones criollas también buscaran solo empleados blancos. El turismo estadounidense aumentó y estuvo compuesto casi todo por blancos, esto ayudó a profundizar las divisiones raciales. Los prejuicios fueron transplantados al ambiente cubano y sirvieron de elemento racional para la discriminación. Los conceptos de civilización y modernidad evocaban una lectura familiar: rechazar a África cuando se formule el concepto de cubano. Así se rechazaba a la rumba como representación, porque evocaba precisamente a la negritud. La rumba implicaba lo primitivo, y lo africano.
CUBANIZAR TODO EL TIEMPO
Era como un Dios con una palabra. Y Alma Mater, como Mirta Aguirre en su poema Silencio, aún esperaba. Y he aquí que por fin el profesor rompió su mutismo voluntario: para tener una idea de cómo somos los cubanos, hizo una encuesta entre los partícipes del taller y compendió los resultados.
—Los alumnos interpretaron la pregunta de tres maneras diferentes. Unos consignaron cómo «somos» los cubanos; otros, cómo «son» los cubanos; y, terceros, cómo «nos vemos» los cubanos. Hallaron más rasgos buenos que malos: sensuales, sabrosos, sexuales, alegres, optimistas, decididos, valerosos, heroicos, titánicos, internacionalistas, solidarios, amistosos, sociables, cálidos, inteligentes, comunicativos, extrovertidos, cultos, instruidos, educados, emotivos, vehementes, creativos, etcétera. Entre los epítetos negativos colocaron los de exagerados, tremendistas, hiperbólicos, autosuficientes, alardosos, fanfarrones, escandalosos y bullangueros. De ahí hacia abajo, con poco consenso, ubicaron los epítetos de burlones, inconstantes, dados al choteo, chovinistas, pícaros, bichos, pillos y otros.
Era como un pequeño Dios con una palabra. Y por fin concluyó el profesor Rafael Hernández.
—No se desesperen si ven que no llegamos a acuerdos. No es que la idea de la autoconciencia, no forme parte de la problemática de la identidad, sino que ni la agota, ni restringe su construcción en el contexto histórico de relaciones sociales donde se mueve y halla en intercambio. Encontraríamos habaneros cuyas representaciones mentales están más cerca de las de compatriotas residentes en el exterior, que de coterráneos habitantes, por ejemplo, en el municipio de Yaguajay, lo cual ni les priva de su condición de cubanos, ni los hace peores; la cuestión está en cómo enfrentan, resuelven o viven los problema de su vida cotidiana...
Era como un pequeño Dios con una palabra, llevando dentro lo cubano... Envíanos, para publicarlos, tus juicios personales: Alma Mater aguarda.
1 Rodríguez Rivera, Guillermo. Por el camino de la mar o Nosotros los cubanos. Ediciones Boloña, La Habana, 2006, p. 72.
2 Ídem, pp. 115-117.
3 Ídem, pp. 120-123.
4 Ídem, pp. 123-124.
5 Torres-Cuevas, Eduardo. En busca de la cubanidad. Tomo II. Instituto Cubano del Libro y Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2006, p. 304.
6 Vitier, Cintio. Resistencia y Libertad. Ediciones Unión, La Habana, 2000, p. 48.
7 Ídem, pp. 48-50.
8 Ortiz, Fernando. «Los factores humanos de la cubanidad». En Ensayo cubano del siglo XX, de Rafael Hernández y Rafael Rojas, Fondo de Cultura Económica, México, 2002, pp. 86-90.
9 Ídem, pp. 90-92.
10 Valdés Bernal, Sergio. «Lengua e identidad». En La polémica sobre la identidad, de Georgina Alfonso González y otros, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1997, pp. 124-132.
11 Ídem, pp. 133-138.
12 Ídem, pp. 115-117.
13 Ídem, p. 138.
14 «Panel La discusión conceptual de lo cubano en Cuba y en el exterior». En Cuba: cultura e identidad nacional, Universidad de La Habana, 23-24 de junio de 1995, pp. 37-38.
15 Ídem, pp. 65-66.
16 Ídem, pp. 66-67.
17 Ídem, p. 68.
18 Ídem, pp. 69-70.
19 Pérez Jr., Louis A. Ser cubano: identidad, nacionalidad y cultura. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007, pp. 402-409.
20 Ídem, pp. 409-426.
21 Ídem, pp. 432-443.
22 Ídem, pp. 450-454.
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