La Revista Joven más antigua de Cuba

Nuestro Credo




EDICIONES ANTERIORES

Esperamos tus opiniones y sugerencias

 

 

 

 

LA FEU AL TECHO DE CUBA

Texto y fotos: Jesús Arencibia Lorenzo

ENERO 8: ECOS DEL NACIMIENTO

I

«Cuentan que a las 10:00 de la mañana, salió Carlos Manuel al portal de su casa. Dio la orden a Miguel García, que hasta ese minuto había sido su calesero, y este comenzó a tocar la campana. Luego del último repique, el «pleitista bayamés» arengó a la tropa:

—«Ciudadanos: Este sol que veis alzarse por la cumbre del Turquino viene a alumbrarnos el primer día de libertad e independencia para Cuba»…

«Y unos minutos después, con el ¡viva! de los presentes comenzó un fuego inextinguible».

Nosotros no presenciamos la escena, pero el relato vívido de César Martín, director del museo La Demajagua, nos trajo el eco de tanto rebato. Y dos de los vanguardias, pusieron flores debajo de la campana y otros sostuvieron la bandera de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), mientras la de Céspedes ondeaba insurrecta como en 1868.

Con odio miramos al mar, porque siete días después del levantamiento un cañonero español vino a demoler la llama. Pero supimos rápido que lo grande se salva, y respiramos tranquilos, pues un jagüey abrazó con sus raíces la rueda de la Historia.

Cuando ya se marchaba el grupo, supimos que César no había subido nunca al techo de Cuba. «¿Por qué no se va con nosotros, profesor?...» Unas horas más tarde, el grupo también contaba con un historiador de vanguardia.

II

Después del redoble en Manzanillo, partimos hacia la tierra de Media Luna, que da mujeres enteras. Una de ellas, rubia y menuda, nos esperaba en el patio de la casita verde. Ariadna, que así se llama la presidenta municipal de la FEU, junto a trovadores y la Directora de la casa museo, quisieron regalarnos pétalos de la infancia de Celia Sánchez.

«Yo siempre me emociono contando estas cosas», dijo la Directora. Pero los más emocionados fuimos nosotros sabiéndonos en el patio donde jugó, corrió y tal vez amó por vez primera aquella mujer de pueblo.

Dentro de la vivienda conocimos de la austeridad del padre, el doctor Manuel, que con la ayuda de la abuela materna dio vergüenza y pan a ocho hijos. Vimos los anaqueles originales con más de mil volúmenes y nos encontramos una y otra vezla mirada de la heroína.

Rodeada de obreros, junto a Fidel, cortando caña, en eventos culturales, sonriendo. «Ella llevó al Palacio de la Revolución la humedad de la Sierra Maestra», asegura Maritza, la directora. Además nos cuenta que luego de una vida sin más tiempo que el combate, Celia comenzó a estudiar Ciencias Sociales en la Escuela Superior del Partido. Estaba en cuarto año cuando falleció. También era universitaria.

III

Por la tarde los integrales de la FEU desembarcaron de una viejo ómnibus en Niquero. Fue cerca de Playa Las Coloradas, pero no exactamente allí, sino en Los Cayuelos, sitio antaño prácticamente impenetrable por el que entraron sin embargo los expedicionarios que dieron nombre a esta provincia.

El historiador del municipio, Alberto Debs, nos señala el largo camino de concreto que avanza mangle-historia adentro hasta casi el punto exacto donde quedó varado el yate Granma. Por ahí transitamos, y las raíces de mangle y los cangrejos y el olor a salitre vuelven a empaparse de sangre nueva.

«Fueron mil 366 metros, los que tuvo que caminar la tropa de Fidel, con el agua y el fango a 1,40 de altura», afirma Alberto. En tanto, nosotros aseguramos la mochila y levantamos el armamento para que al llegar a tierra, donde aguarda la bala para uno o la vida para muchos, comience el combate.

ENERO 9:

LOS MOSQUETEROS DEL TURQUINO

Con cuatro palabras impublicables se armó una conga para espantar el miedo mientras el camión recorría el tramo desde el campismo La Sierrita hasta la estación de Flora y Fauna que sirve de entrada a la ruta del Turquino. Fue invención de Elieser, un guantanamero que estudia Medicina y canta de todo un poco. Eran casi las cinco de la mañana cuando dejamos atrás el cartel de un pueblito llamado Providencia.

Santo Domingo, la región inmediata que atravesamos, de santo no tiene nada. Óigame, esa loma que el camión bajó casi milimétricamente es de espanto. Pero Yoselis, una granmense que ya acumula cuatro picos, dice que la peor elevación es la que ellos llaman «z».

En la estación nos demoramos más de lo esperado. «¿Dónde está el guía? Necesitamos un guía…». Luego de casi dos horas, aparece Yunier, un muchachito soñoliento y risueño que nos va a conducir. Nos tiramos la foto oficial de aquel sitio y subimos otra vez al transporte.

Ahora sí venían lomas. Siete kilómetros de una pendiente que rondaba los 45 grados y en sus últimos cien metros, la famosa «z». El Kamaz se aferraba a las estrías del pavimento como un animal en peligro. Del motor, de los diferenciales y hasta de los focos salía un humo de cansancio insostenible. Cada minuto mirar atrás se hacía más aterrador. Cada segundo era más agónico aquel ronquido metálico. De pronto se paró el camión. Y la respiración solo volvió cuando la primera velocidad multiplicada reinició la subida.

Al fin, «El Alto del Naranjo». Hasta aquí, una plataforma de hormigón a 950 metros sobre el nivel del mar, llegaba la máquina. A partir de ese punto, solo el hombre, la mochila y el trillo compartirían el rigor de la escalada.

Pronto se hicieron los subgrupos —por afinidad y rapidez— para llegar a la Aguada de Joaquín. Eran 8 kilómetros que debíamos vencer en un tiempo menor a las 4 horas si queríamos completar el plan de subir hasta el Turquino y regresar a dormir en la Aguada. El reloj pasaba de las 9:00 de la mañana.

El guantanamero salió disparado. Detrás Yasser, el discípulo de David Calzado que aportó Ciudad de La Habana. Rosa, granmense experimentada en estas lides, marcaba el paso suave pero seguro. Y Mompié, profesor habanero, caminaba de forma peculiar.

En la primera depresión del trayecto, el caserío La Platica. «¿Cuánto falta para el Turquino?», preguntamos a una señora que tomaba el café. «¡Ahhh! ¡Muchísimo! Y si siguen a esa velocidad no llegan». Sin embargo, el ritmo no se detuvo.

Al paso nos salió el Tibisi, bejuco cortante que defiende la vida silvestre. Subimos, subimos y subimos los peldaños sin pasamanos hasta el camino de Palma Mocha. Recorrimos la cresta de una elevación desforestada conocida como «Loma del León». Atravesamos el «Bosque de la Siguapa». A sol y sombra. Bajo curujeyes y majaguas, trepando… Y ni Joaquín ni su Aguada querían aparecer.

Ya lo que estaba medio aguado era el ánimo de algunos. Pero había que seguir. Aunque cada dos pasos pesaran más la mochila, los zapatos, el cuerpo. Senén, espirituano certero; Yaismel, del Secretariado Nacional; y otros aligeraron la carga femenina. El matancero Deinniel, tendió un estímulo perenne al veterano historiador. El Cienfueguero de las trencitas, el callado Oslai y algunos más asumieron las libras de comida colectiva. Empujando, queriendo, agotándose y reviviendo… ¡llegó la Aguada!

Los cronómetros indicaron récord olímpico. Alrededor de la 1:00 p.m., casi la totalidad de los turquineros había vencido los 8 mil metros. Se impuso un breve descanso. Salchichas, pollo, dulce y mucha agua fría de la entraña de la loma.

Pero la travesía desgastadora aún esperaba. Los que se decidieran tenían que subir los 5 kilómetros hasta la cumbre martiana y regresar antes de que oscureciera. Algunos prefirieron quedarse; entre ellos el flaco de Santa Clara, que no estaba para que la noche lo sorprendiera en esas lomas.

Arrancó otra vez la caravana. El Pico que da nombre a la Aguada fue el primer obstáculo. ¡Ay, Joaquín! ¡Qué pico! Más tarde nos enteramos de que el Juaqui y su compañero Regino —elevación contigua— fueron dos campesinos de la zona que ayudaron a un científico sueco a transitar la Sierra. A continuación, el Paso de los Monos, donde la extrema pendiente obliga a bajar como nuestros antepasados. Finalmente, la última escalada hasta lo más alto de Cuba.

La humedad se acrecienta. Emerge la roca viva con el musgo que la abraza. Los helechos evocan el tiempo prehistórico y dan un verde incomparable al camino. Mientras, la respiración se entrecorta por la altura. Y subes un pie y el otro sientes que no llega te estremeces, resbalas, tiemblas y miras al frente, a un lado, al otro, los pulmones se aprietan, el cuerpo es un plomo, pero vamos a llegar, yo viro, cómo vamos a virar si ya está ahí, quién me mandaría, te agarras de las piedras, te empujas, no vuelvo, arriba, arriba, no puedes, hay que poder, escuchen ya llegaron, yo también ...

Solo 15 minutos de descanso. Solo 15 minutos con este Martí desde donde no se ve nada y se ve todo. Y el tiempo tan corto alcanza para un poema, los suspiros, los vivas, los abrazos. No más, que el regreso apremia. Subimos a una velocidad asombrosa pero queda bajar antes de que anochezca y ya son más de las 4:00 p.m.

Bajando

Parte un grupo de avanzada. El otro, va un poco más lento, pues se mueve unido para no dejar a nadie. Queda poco tiempo de sol. Ahora hay que invertirlo todo: Paso de los Monos para arriba y Regino y Joaquín para abajo. Es una carrera desenfrenada contra la oscuridad.

Los primeros llegan a salvo en la Aguada. La temperatura desciende. Todos allá abajo deben estar preocupados. Quedamos 10. No nos separamos. A lo último de esta retaguardia vienen Javier con un pie lesionado; Ercy, rubia granmense; Néstor, médico de estas tierras, el Guía y Ediunys, inquieto anfitrión. Yosvany, el informático; el intrépido guantamero; Yasser, el de la Charanga; Karel, noble galeno; y el periodista, son la punta delantera.

Comenzamos a bajar Joaquín. Unos 600 metros nos separan de la Aguada. «¡Hay que aflojar el paso, que se retrasan los últimos!»Y cuando volvemos a caminar apretados ya no se ven ni las manos. La Sierra se volvió maciza. Todo se une en negro mientras la temperatura sigue bajando. «¿Qué hacemos?» «A ver, caballero —dice Guantánamo— cada uno quítese uno de los pulóveres para hacer una soga y no separarnos. Esto es a paso de cangrejo. Tanteando con los pies y las manos para no caerse».Todos le seguimos, pero se avanza poco. «Vamos a gritar». «Allá abajo tienen que oírnos». Gritamos. Un alta voz que Ediunys trajo multiplica el grito.

«¡Miren! ¡Son dos luces!» «¿Qué luces de qué, viejo? Tú lo que estás viendo son cocuyos» «¡Que son luces, chico!» Efectivamente, lo eran. Poco a poco se fueron acercando. Y la alegría del grupo, por mucho que se escriba, nadie podría narrarla.

—Unos turistas que estaban en la Aguada nos prestaron estas dos linternas y subí a buscarlos, dijo Yosbel, el santaclareño. Vamos a apurarnos, que ya está la comida.

ENERO 10 Y 11:

MELLA, BAYAMO Y ADIOSES

Sucios, extenuados, después de una incómoda noche de hielo, con los músculos chirriando, pero entusiastas —siempre la FEU—, llegaron al fin los integrales a su acto de premiación. Antes descendieron los iniciales 8 kilómetros y subieron al Pico Mella. Allí comprendieron por qué para andar entre montañas hay que mantener ese perfil de retador constante.

Una vez más, evocando al que «más hizo en menos tiempo», se leyeron las razones y compromisos de este premio. Y en el Alto del Naranjo, muchas familias que no estuvieron también llenaron el pensamiento. En las mochilas de trepar nubes siguieron camino los galardones por tanto empeño. Pero bueno, allá abajo está el campismo. A divertirnos que mañana nos vamos.

Sin embargo, «mañana» no nos fuimos, porque recorrer el bulevar bayamés; comprobar que en esta ciudad donde cada piedra tiene historia ahora cada calle tiene arte; pasar entre el padre de los sueños y el que puso himno al combate, visitar las instantáneas de «Fidel entre nosotros» o es escuchar a las 12:00 m «La bayamesa», es una forma de quedarse. O mejor, de que Bayamo se quede en la vanguardia.


artículos relacionados...

...UNA ESCALERA GRANDE Y…

 


Portada

© Alma Mater 2007

Subir


 

 

Actualizada: 9 de febrero/2007