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Sección Ciencias

 


¿PREPARAR EL FUTURO?

Por Jennifer Piñero Roig

A. B. Butler pudo probar su inocencia de un cargo de violación cuando, luego de 16 años en la cárcel de Tyler, Texas, supo de las novedosas pruebas de ADN. Como estaba al tanto de que la policía conservaba una muestra del semen del violador, solicitó una comparación del código genético de ambos. Tres laboratorios confirmaron que el ADN del preso no coincidía con el del verdadero culpable. Butler pudo librarse de una condena de 99 años.

El avance de la ciencia salvó a Butler en 1999. Pero en 1984 a Fae, una recién nacida con problemas cardíacos, se le trasplantó el corazón de un babuino y murió quince días después. Con su muerte inauguraba el debate sobre la ruptura de la barrera entre las especies, con los beneficios y perjuicios que trae al considerar las enfermedades que pueden provocar epidemias y los implantes de órganos y tejidos animales en humanos que pueden salvar vidas o mejorar la calidad de estas.

Los debates alrededor de los progresos científicos se tornan más ricos y controversiales. Cada innovación acarrea polémicas entre defensores y detractores. Y es que la ciencia moderna ha remodelado nuestra visión del mundo. La revolución científica nos ha hecho pasar de un terreno de certidumbres, seguridades y paternalismos a un mar de dudas y cuestionamientos.

La tercera revolución industrial, basada en la era de la información y en la introducción de las nuevas tecnologías a todos los ámbitos de la vida, está dando al mundo una dimensión verdaderamente planetaria. Federico Mayor, antiguo director general de la UNESCO, avisaba en vísperas del tercer milenio sobre los cuatro desafíos que se planteaban para el futuro cercano: la conservación de la paz, el enfrentamiento a la pobreza y los desniveles sociales, el de la gobernabilidad de los Estados y por último, el de un desarrollo sostenible en conjunto con una gestión sana del Medio Ambiente.

Cada uno de esos cuatro puntos implica interrogantes que no pueden ser resueltas desde la exclusión del otro. Las respuestas solo logran dilucidarse a partir del consenso y el balance entre las necesidades comunes y el riesgo tanto para los habitantes del presente como para los del futuro. Es así como un saber de carácter racional y práctico debe acudir a otra rama del conocimiento para buscar sus límites y fronteras. La Ética se entronca con la Ciencia para discernir el curso a tomar.

Así surge la concepción de la ciencia como una institución regulada por normas y valores. R. K. Merton, precursor de la Sociología de la Ciencia, definió en sus trabajos durante la década del 40 en Estados Unidos, las normas y valores que deben regir el estudio y la praxis científica: Escepticismo organizado, Universalismo, Comunión y Desinterés.Conceptos extraídos del libro La Ciencia y la Tecnología como procesos sociales, de Jorge Núñez Jover.

El Escepticismo Organizado es un mandato metodológico e institucional que induce al investigador a no distinguir entre lo sagrado y lo profano, todo debe ser objeto de discusión.

El Universalismo refiere que las pretensiones de verdad deben ser sometidas a criterios impersonales. Importan las pruebas y los argumentos, la confirmación del conocimiento o la adecuación a la experiencia, no el origen social, raza, sexo, ideología u otros factores.

La Comunión indica que los hallazgos de la ciencia son producto de la colaboración social y por tanto son asignados a la comunidad. Son una herencia común; el derecho del productor individual debe quedar limitado al reconocimiento por el aporte.

Esta norma presiona al científico a publicar los resultados de sus investigaciones e innovaciones. Gracias a esto se expande el conocimiento que conduce a una evolución y a escalar peldaños en el progreso y los descubrimientos.

De esta norma se desprende otra, el Desinterés. La ciencia debe destinarse al beneficio de la comunidad y no al de una parte de esta. Su finalidad original es pública, no privada.

Sin embargo, este último principio es el más perjudicado en el contexto actual. Varias circunstancias atentan contra el mismo y se afectan las rutas de experimentación y aplicación científicas. Esto se origina a partir del debilitamiento de la iniciativa estatal ante las empresas privadas. Actualmente, la ciencia funciona esencialmente al servicio del mercado, pero ¿no se corre entonces el riesgo de privar a las mayorías de los aportes y hasta hacerlas víctimas de las secuelas?

La instauración de las patentes devino arma de doble filo. Ciertamente, protege al autor de falsificaciones, plagios y robos, pero con el establecimiento del derecho exclusivo a la explotación de un invento durante un período por un individuo o entidad específica, ha alimentado el crecimiento de monopolios y transnacionales. Monsanto, compañía estadounidense dedicada a la bioquímica y Novartis, gigante suizo de la industria farmacéutica, son solo dos ejemplos de corporaciones que han hecho una gran fortuna gracias a las patentes.

Por otra parte, eleva un muro de silencio alrededor de los científicos. El miedo a la consulta de ideas se impone por el miedo a que otro llegue antes al mismo descubrimiento que lo puede enriquecer. Pero cualquiera que tenga algo que ver con la práctica o el pensamiento científico sabe que muchos de los descubrimientos que significaron un avance definitivo en la calidad de la vida humana, fueron producto de la discusión entre los investigadores. Además, ¿hasta qué punto puede un único individuo o la junta directiva de una empresa discernir los alcances del empleo de un producto novedoso y las consecuencias de ciertos experimentos? ¿Cómo decidir cuándo los peligros inherentes al progreso científico dejan de ser democráticamente aceptables?

Ilya Prigogine, Premio Nobel de Química, intentaba una respuesta cuando aseveró que si bien «no podemos prever el futuro, al menos podemos prepararlo». Es deber colectivo intervenir en la orientación de las investigaciones científicas. Desde detalles micro hasta asuntos macro, cada uno puede desempeñar un rol. Los profesionales de la ciencia deben estar en más estrecho contacto con el resto de la sociedad. Las naciones más privilegiadas precisan encaminar sus esfuerzos también a la ayuda de los países más pobres.

Una máxima habla de esto: «no es la ciencia la que plantea problemas, sino sus aplicaciones».


Conceptos extraídos del libro La Ciencia y la Tecnología como procesos sociales, de Jorge Núñez Jover. Conceptos extraídos del libro La Ciencia y la Tecnología como procesos sociales, de Jorge Núñez Jover.

 

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Actualizada: 1ro. de octubre/2007

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