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CIRCOS
Por Yuris Nórido
Transcurrir de los días, uno detrás del otro detrás del otro detrás del otro, el lunes parecido al martes y el martes al miércoles y el miércoles al jueves, serena monotonía de los pueblos pequeños, levantarse el viernes bien temprano, ir a la escuela con tu mamá, encontrarse en la calle con la misma gente, con los mismos vecinos que no se acababan de aprender tu nombre, qué tal, qué grande está el niño, está hecho un hombrecito, ¿cómo siguió tu tía?, ¿sabes si habrá llegado algo a la placita?; entrar a la escuela, escuchar el timbre, cantar el himno, ir a las aulas, uno dos y tres para decir el lema, sentarse, abrir el libro y la libreta, y de pronto, inesperadamente, ver por la ventana que pasa un camión bien grande, y otro, y otro, y una guagua llena de colorines, y dos rastras más, y la caravana se estaciona en el terreno grande de pelota que está a una cuadra de la escuela, ya no caben dudas, qué felicidad, ha llegado un circo.
Los niños se ponían a gritar de alegría, a saltar y aplaudir, a pedirle permiso a la maestra para que los dejara ir a ver cómo arman el circo, y la maestra que no, que se callen la boca, que hay que dar la clase, pero qué clase se va a poder dar con semejante estado de excitación, si hasta los maestros se ponían contentos, porque un circo no llegaba todos los días y tú los veías, a los maestros, hablando entre ellos, ¿qué circo será?, ¿será el Areíto?, ¿será el Arco iris?, ojalá que sea el de Camagüey, que tiene leones y los payasos son más graciosos.
Mientras, el circo iba creciendo ante nuestros ojos, primero los grandes mástiles, las cuerdas, la cubierta de lona por fin, los martillazos, los banderines, salía un carro con un altoparlante anunciando las funciones, ni falta que hacía, que a esa hora ya no había nadie en el pueblo que no supiera que había llegado el circo. En fin, que a las doce se acababan las clases, por la tarde llegaban los padres, más temprano que de costumbre, a buscar a sus hijos, y los hijos: papi, ¿compraste las entradas?, ¿me vas a llevar ahora a ver a los leones? Si el papá decía que sí —mi papá siempre decía que sí— allá iba uno, pero casi nunca podía ver los leones porque las jaulas estaban tapadas, y el papá decía: no te desesperes, vamos a la casa a bañarte y a comer que ahorita como quien dice comienza la función; y el hijo decía: yo quiero venir los tres días; y el papá que sí, que ya compré las entradas. Llegaba la noche, te vestían bien bonito, te perfumaban, te peinaban, nos íbamos para el circo.
Comenzaba la función, por fin. Terminaba. Regresábamos a casa y el sábado era otro día de excitación, merodeando por los alrededores de la carpa, hasta que llegaba la noche y se repetía el rito. El domingo era el día triste, porque se sabía que sería el final. Ya antes de que se acabara la función comenzaban a desmantelar la carpa y el saludo final de los artistas, muchas veces, se hacía en medio del ajetreo de los obreros. Uno se iba a la casa y al otro día, bien temprano, cuando pasabas frente al terreno de pelota, rumbo a la escuela, ya no veías nada, solo la marca redonda del circo sobre la hierba, una huella que desaparecería con los días, con el transcurrir sereno de los días, lunes igual al martes, igual al miércoles, igual al jueves, hasta que un viernes cualquiera, inesperadamente, aparecía otro circo.
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