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Karen Planas es estudiante de Informática en la Universidad de las Ciencias Informáticas (UCI). Con este cuento mereció medalla de oro en el XVIII Festival Nacional de Artistas Aficionados de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU). |
COMO FLOR EN MI MEJILLA
Por Karen Planas Peña - UCI
¡Qué frustración, la gorda aquella no se podía quedar con nada por dentro, era lo más grande del mundo! Esa noche después de tantos deseos reprimidos, porque el queso la consumía, ya se estaba poniendo verde. Hasta que llegaría lo hora del explote, la hora del reviente, la hora, en que ya los gusanos la devorarían. ¿A quién recurrir? Era difícil saber, nadie la podía ayudar, a no ser aquel muchacho, o claro, ella misma. Pero ya estaba cansada de hacerlo ella misma.
Cuando más fundida y deprimida estaba, buscaba entre sus discos el The Wall de Pink Floyd. Ahorraba las baterías de la discman, que le había traído el padre de aquel primer y último viaje, para esas ocasiones. Colocaba los audífonos en sus delicados oídos a todo volumen, y sacaba un cigarrillo de aquella cajita verde que guardaba con tanto recelo. Lo prendía con su vieja chesca de magneto, y se disponía a resolver el problema de matemática más difícil que encontrara en su libro de texto. Cuando terminaba sus sesiones antidepresivas y levanta-muertos como ella las llamaba, estaba renovada por completo y hasta podía ser que conversara un ratico con sus compañeras de cuarto. ¡Qué bien le asentaba la matemática a la gorda! Era más bien un don que poseía, lo único que ejercía con pleno gusto, era su hobby, su vicio y la aplicaba en todo, hasta para comer...
Amigas no tenía ninguna, nos encontramos por casualidad, una grande y afortunada casualidad que nos fue convirtiendo en camaradas. La primera vez que nos comunicamos fue a través de e-mail. La incluí sin querer en una lista de distribución, me respondió que debía ser un error pero que de todas formas me conocía de vista y le gustaba mi pinta, así que si deseaba podía seguirle escribiendo... Quedé un poco sorprendida e intrigada, la busqué enseguida en la base de datos. ¡Ya, pero si es la gorda fea esa que siempre anda sola! La tipa a ojos vista parecía tremenda pesá y como no se llevaba con nadie, pensé que era otra de las tantas crogmañonas que habitaban en nuestra polémica ciudad. Después me desengañó la propia relación que entablé con ella. Tenía amigos, sí, y de los buenos, los únicos que le hacían encontrar sentido a todo cuanto vivía allí dentro.
Su mejor amigo, que fue la primera persona con la que intercambió y compartió palabras, ideas y gestos en aquel lugar, me gustaba y mucho. Pero él parecía tan embelesado como yo y como todos los que la rodeaban, que eran bien pocos, con la sabiduría de la gordona. Ella cariñosamente lo llamaba "pollo", creí que lo moteaba así porque era tremenda pestífera, y que cualquier día con lo famélica que andaba siempre le pegaría una mordida histórica. Nunca lo hizo, y después me contó que le puso ese nombrete porque le recordaba al pollito de unos dibujos animados que le gustaban mucho. Bueno, el “pollo” era de lo más agradable, bonito, gracioso y nunca me hizo caso, al menos era la impresión que me daba. Era un eslabón importante en nuestro círculo, quien mejor la conocía y el único capaz de controlarla cuando se emborrachaba.
¡Qué espectáculo ver aquella masa deforme beoda! Cómo lloraba, gritaba, le quería dar besos a todos. Más de una vez la tuvimos que duchar, que abofetear, que hacerla entrar en razón, porque en esos momentos de ingravidez no creía ni en su madre. Y lo más bonito del caso era que se volaba con solo olerlo. No es que fuera alcohólica, era que la bebida le hacía daño. Por eso, para el bien de todos, fumaba…esos cigarrillos…
La gorda era fea, claramente fea, puramente fea, tenía los dientes manchados de tanto fumar y mucha pero mucha peste a cigarro, en todos lados, en el pelo, en las manos, en la piel. Un olor muy desagradable pero casi imperceptible ante su conocimiento; con el tiempo y la costumbre me fui adaptando, fui formando parte de su propia peste. Los ojos chiquitos, apagados y opacos, el pelo rizado, castaño claro y largo. La piel asquerosa, áspera, escamosa. Vivía arrascándose porque era alérgica a todo; además asmática y decía con mucha hombría que habían dos cosas en el mundo sin las que no podía vivir: “El cigarro y el aparato de asma”. ¿Qué sarcástico no? Pero la gorda era así: sarcástica, sencilla, muy inteligente para unas cosas; fea, gorda, incluso burlona, y para colmo de males, virgen.
Para mí su peor defecto era que hablaba mucho, yo diría que demasiado. ¡Coño que testaruda era! Mira que se lo dije mil veces, que se controlara la boca, y ella seguía soltándole a la gente la primera mierda que le viniera a la mente, tenía una lengua que se la pisaba…
Cuando pasó lo que pasó, yo lloré y pensé mucho en ella, la extrañe… Escondía, a pesar de todo, tanto horror y tanta belleza que sin discusión podía ser un protagónico en cualquier film de Almodóvar. La gorda era un geniecillo enlatado, sin alas, sin poder ver más allá de sus ojos, y creyendo que con todo lo que sabía le bastaba para vivir. La virginidad era una traba. El sexo caso cerrado para ella. Tanta lectura le sembró la idea fija y utópica del príncipe azul. En el final la comprendí, de alguna manera vivía bajo la falda retrógrada de la abuela, bajo el sucio calzoncillo embarrado de falsa libertad del padre que era un artista plástico frustrado, y bajo el militarismo de una madre obcecada por las tradiciones. Comprendí que sabía elegir su mundo, como el mundo no la había elegido a ella. Y que no siempre valía eso de que lo esencial era invisible a los ojos. Era para todo el mundo que no la conocía, un espantapájaros, útil, pero espantapájaros al fin.
Estuvimos casi un mes viviendo juntas, trabajando extra para ver si nos ganábamos algún dinero. Al otro día ya se terminaba el plazo y debíamos marcharnos. Esa noche salimos de juerga, bailamos, bebimos, fumamos… Ella estaba como nunca, alegre, dispuesta, jodedora, que sé yo, por primera vez percibí un brillo distinto en su mirada, sudaba, sonreía... Cuando de momento me tomó por el brazo y me arrastró entre la gente hacia el baño. ¿Gorda qué pasa? ¿Qué quieres? le grité en vano tratando de soltarme del brazo que fuertemente me apretaba. Ven, ven, necesito hablarte, logré leer en sus labios. La música y la bulla de la disco eran el túnel entre sus palabras y mis oídos.
Todo sucedió tan rápido que casi no lo puedo recordar, sumándole los tragos que ya tenía en mi cabeza. La gorda me metió al baño y trancó la puerta, me tiró contra la pared y comenzó a besarme, me babeaba la cara, el cuello, el pecho, me alaba el pelo a la vez que metía sus asquerosas manos en mi entrepierna. Me tocaba las tetas y el culo y yo sin fuerzas trataba de zafarme. ¿Pero qué haces, estás loca? En el último intento le di un empujón y una bofetada que de momento la paralizaron. Sí, estoy loca por ti, respondió irónicamente mientras se dirigía como avalancha al rincón donde yo comenzaba a gritar.
Me atacó de nuevo, me aguantó las manos y ahogó mis gritos con un segundo beso, su lengua resbalaba por mis orejas y mis impotentes lágrimas se fundían con su saliva. Me gustas desde siempre, desde el primer día en que te vi con ese vestidito de flores, que tan bien dibujaba tu cuerpo. Me gustas porque eres linda, porque eres puta, porque le gustas a todos y al pollo que es mío.
Aquellas palabras me provocaron una mezcla de ira con impotencia. ¡Qué ganas de arrancarle gritos de dolor y morderla hasta verla sangrar! que odio, que gorda tan descarda, tan cínica. ¡Asquerosa, cochina, gorda enferma, loca! Eran tantos los insultos que se atropellaban en mi mente que no lograban salir de mi garganta.
Le grité, la escupí, le mordí el cachete de manera tal que deje mis colmillos marcados como tatuaje en su cara. Reaccionó, me soltó y comenzó a mirarme de arriba abajo. Tenía la expresión de un diablo y soltó una carcajada estrepitosa, se reía de mí, de mi debilidad, se burlaba de la que había sido su única amiga. Tras unos segundos comenzó a llorar, un llanto desgarrador y desesperante, se tiró en el suelo. Llevaban buen rato tocando la puerta, los golpes se hacían cada vez más intensos. Los mocos de la gorda corrían por su barbilla y yo temblaba de miedo y odio. La puerta ya había soltado un par de tornillos y antes de caer por completo la gorda se me tiró encima, me apretó la cara con una mano y con la otra cogió una de las mías. De la gorda nadie se burla, a la gorda fea nadie la rechaza, me dijo con un tono de voz grave a la vez quemaba la palma de mi mano con su vieja fosforera de magneto.
Mi grito se confundió con el estruendo de la puerta al caer. Lo último que vi esa noche fue la cara del pollo.
No hubo amanecer, la mañana gris y húmeda, mi cuerpo un despojo humano, adolorido hasta el último hueso, mi mano vendada y una resaca terrible. Sentí ajetreo y voces en la habitación contigua. Ella siempre quiso robarme mi lugar, era detestable, la odiaba desde el primer momento, sabía que te gustaba, que sin motivos la amabas en la oscuridad de tu cuarto, y a mí no dejabas de mirarme con ojos de lástima. Tú y el otro maricón y el otro, todos detrás de ella y la gorda que se joda, que se muera con telarañas en el culo, con toda su sabiduría, su matemática y su mierda.
Eso no es así, cálmate, sabes que te quiero muchísimo y que te conozco como la palma de mi mano, pero explícame que fue lo que sucedió, por qué pelearon, anda, toma este calmante y recuéstate un poco. Ya te dije que la bonita intentó besarme, mira, todavía tengo su mordida como flor en mi mejilla, se volvió loca y yo me defendí. Ahora ya no importa, yo la perdonaré, tú eres el que importa, ven, acércate un poco…
El dolor que me provoca el recuerdo me impide describir con exactitud lo que sucedió del otro lado de la pared, el pollo y la gorda lo hicieron una y otra vez, sus gemidos retumbaban en mi cabeza y me hacían estremecer de rabia, dolor y asco. Yo esperé, y esperé, una hora y otra, hasta que la claridad que entraba por la rendija de la ventana se apagó junto con los suspiros de aquellos dos. Me levanté, caminé a tientas hasta la cocina y hurgué en la gaveta de los cubiertos. Encontré un cuchillito de lo más chiquito él, casi sin filo, que comprobé con mi pulgar. Entré al cuarto, cuarto de tantas historias, de tantos “porrazos”, de tantas risas y que ahora olía a almizcle y manteca. Allí estaba la gorda desnuda y a su lado el pollo con el miembro exhausto. Los dos gozaban de un sueño profundo y descansaban después del amor. ¿Después del amor? Lo único que dejé intacto fue aquella mordida para perpetrar por los siglos la osadía de una gorda sabia. Por mucho tiempo viví con la pesadilla de aquel reguero de sangre caliente y pegajosa, aquel olor nauseabundo, aquellos gritos lastimosos, patéticos... A la mañana del día siguiente… no hubo sol.
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