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LA SOMBRA
Por Amalia Santos
Tras una fuerte discusión con mi esposa, preferí salir durante un rato; el portazo retumbó en la sala. Caminé sin rumbo mientras el fresco de la noche hacía por calmar, sin conseguirlo, aquella rabia insensata. Necesitaba saciar los deseos de violencia maltratando a alguien. Solo mi sombra alargada avanzaba por las calles huyendo de los pies que, vanamente, intentaban darle alcance. Me hubiera gustado pisotearla, pero ella, habilidosa, escapaba a cada paso, con lo que aumentó mi mal humor.
De un establecimiento próximo salían voces, risas fuertes y música. El tugurio parecía repleto con media docena de personas. A la escasa luz, adiviné una barra y varios hombres sentados delante; en la esquina, una banqueta aburrida parecía estar reservada para mí. Pedí dos líneas de ron que tomé sin apuro; después, otra más. Me sentía mejor, relajado, y pensé que era suficiente.
A la salida busqué mi sombra; quizás debía pedirle disculpas, ella no era responsable de nuestros altercados matrimoniales. Ahora quedaba detrás, me seguía. Pensé que tal vez pretendiera vengarse y atacarme cuando no lo esperaba. Giré, pero al observarla pareció no ser la mía. Recorrí la figura con la vista. En efecto, no lo era. La percibí enjuta, cargada de espaldas y con pelo largo. ¿Qué diablos...?
Tenía que pensar; mirando hacia otro lado respiré hondo varias veces, y de nuevo hice un viraje. Allí estaba ella: la que no me pertenecía. Volví sobre mis pasos y pude contemplarla con detenimiento mientras me aproximaba al cuchitril. Cerca de la puerta aguardé pacientemente a que salieran los parroquianos, observando la silueta que proyectaba cada uno, pero no di con la mía. Por último, al marcharse el cantinero, mi esperanza, muy debilitada, se desmayó.
Por la mañana, pensé que todo había sido un mal sueño, pero junto a la soleada acera aquella sombra desconocida esperaba y se adhirió a mis pies. No salí a trabajar en toda la semana, y cada noche iba hasta la cantina con el afán de hallar lo que perdiera tan absurdamente. Llegó el momento en que tuve que afrontar la realidad y solo divisé una solución.
Durante un tiempo fui el primero en llegar al trabajo y el último en irme, hasta que perdí peso, creció mi cabello y adopté la costumbre de redondear la espalda.
Mención en el Concurso «La Barranca de Todos», Casa de la Cultura de San Agustín, La Lisa, 2004.
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