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EL RECEPTOR ESPÍA
Por Yoandy Castañeda Lorenzo
«Muchos creen que tener talento es una suerte; nadie que la suerte pueda ser cuestión de talento».
Jacinto Benavente
El tiempo ha sepultado pedazos de la historia. Personajes rarísimos, curiosos, desalojados de la memoria por caprichos del azar, o acaso de un tirón maquiavélico, a medida que la humanidad se concentra en levantar repetidas estatuas ecuestres a legendarios caballeros, héroes fortuitos y Sociedades benefactoras.
Morris «Moe» Berg, receptor de las Grandes Ligas Norteamericanas de 1923 a 1939, encaja perfectamente dentro de la definición anterior y sostiene una biografía increíble. Anémico bateador —243 como promedio ofensivo en toda su carrera— pero excelente defensor del plato, avalado por guiar sabiamente el pitcheo en pos de la victoria, militó en las asociaciones Brooklyn Robins, las Medias Blancas de Chicago, los Indios de Cleveland, los Senadores de Washington, y las Medias Rojas de Boston.
Berg, hijo de inmigrantes Ruso-Judíos, escogió el Béisbol en contra de las creencia de su familia, primero porque lo consideraban un inepto, segundo por las tradiciones de su padre, quien veía este deporte como algo ridículo y sin futuro. Sin embargo, «Moe» — como le llamaban por tener un parecido a uno de los «Tres Chiflados»— amaba dos cosas, el béisbol y los idiomas (Llegó a dominar siete a la perfección). Estudió en Sobornne, París y más adelante se graduó de la Universidad de Columbia.
De pronto la vida pareció cambiarle en un segundo y de receptor se convirtió en espía al servicio del prepotente Estados Unidos. El 29 de noviembre de 1934 se apresta para su primera misión en Tokio, Japón. Un equipo «Todos Estrellas» del Béisbol rentado se disponía a visitar el Japón para tratar de integrar la calidad de este deporte en el Oriente.
Estrellas como Lou Gehrig, Charlie Gehringer, Jimmie Foxx, «El Bambino» Babe Ruth resaltaban entre el grupo de jugadores. Berg se presentó en el aeropuerto con sus bártulos y sus compañeros se quedaron con la boca abierta preguntándose el porqué de su inserción, pues su rendimiento distaba mucho del pelotón principal.
En Japón, Berg solicita una habitación con vista panorámica de la ciudad. A la mañana siguiente se vistió con un «Kimono» y salió al balcón de su cuarto para filmar películas de los alambiques de Tokío, de las instalaciones del puerto y de los buques de guerra en la bahía.
Al día siguiente se fue a caminar como turista y tomó fotos de las plantas de producción de Tokío, particularmente en las que fabricaban armas y municiones. Todo lo cual sirvió para el expediente usado para el ataque por aire en 1942 a la ciudad de Tokio, el primer contraataque americano de la Segunda Guerra Mundial.
Un año antes, en 1941, estuvo atareado en misiones exploratorias en América Latina Su trabajo como espía fue tan efectivo que el General Guillermo Donovan, lo recluta para las filas de su organización de contraespionaje.
En la Noruega ocupada localizó una instalación de agua secreta que los Nazis la utilizaban para construir armas nucleares y la información que suministró guió a los bombarderos británicos para destruirla. Sus aventuras se extendieron por Europa y brindó valiosos datos para el Ejército aliado.
En 1944 se presenta como estudiante suizo de física y asiste a una conferencia en Zurich del primer físico atómico de Alemania. El plan consistía en asesinar a Werner Heisenberg si hablaba algo acerca de una bomba atómica Nazi. Berg llevaba una pistola y una tableta de cianuro. Para de consumarse el hecho poner fin a su vida de manera voluntaria para no ser arrestado e interrogado con las técnicas más siniestras. Pero para suerte del fornido atleta, el científico solo habló de puntos sobre física básica. Un rato más tarde, durante la cena cubrió su identidad como agente americano.
En la postguerra Berg fue condecorado con la Medalla Americana al Mérito, la decoración más alta dada a un civil, mas este hombre pensando librar a la humanidad del holocausto fascista, sentó bases para el exterminio de millones de personas a manos del imperialismo yanqui. Nunca tendrá una estatua ecuestre o un puesto en el hall de la fama, Moe el estelar receptor y el tremendísimo espía.
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