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Sección El Cuento

 

 

FIESTA DE HOMBRE

A la memoria de mi abuela,
que en verdad quedó reducida en este cuento.
A mamá y pepello
que no son ni mucho menos espejos de mi relato
.

Por Jenny Mirabal Gómez,
estudiante de la Facultad de Humanidades
de la Universidad Central Marta Abreu
de Las Villas

Hoy mamá me despertó temprano para felicitarme, después soltó un billete de veinte sobre la almohada y dijo en voz alta como para enterar a todo el pueblo: Ya eres un hombre. Sí, porque mamá dice que en su época los hombres se formaban a los once, que a los once ya todo les había madurado. Mi tío Roque piensa lo mismo. Cree que esta ya es edad para tener pelos en la cara y el empeine y para tirarse alguna noviecita; que en ese tiempo ya casi había dejado de ser virgen. Él también llegó temprano con su esposa, me puso en mis manos otro billete azul y me dijo: ¡Para que veas que tu tío sí te quiere!

Yo no estoy de acuerdo con ellos en eso de ser un hombre tan pronto, abuela tampoco lo estaba. Abuela murió hace cuatro meses y todos parecen haberse conformado, pero yo la extraño tanto que le hablo cada noche, hasta puede que me escuche, todo es posible y aunque mamá y tío Roque lo nieguen, me falta mucho para ser adulto.

Abuela discutía cada vez que se daba la oportunidad y decía que eso de brincar etapas era realmente cosa de ignorantes, (ella sí que conocía mucho de la vida). Siempre me defendía ante los regaños de mamá y después en un tono de voz muy dulce me hacía ver donde estaba mi error y el porqué de aquellos enfados sin límites, y nunca me faltaron sus besos. Abuela ya no está y por eso mi fiesta no es de niños. Hubiera preferido estar todo el día jugando con mis amigos y tener un cake grande para embarrarnos toda la cara de merengue como hacía abuela y después lavarnos con agua del pozo, el agua que nos dejaría niños para siempre según ella contaba; pero parece que la magia se la llevó no sé adonde, porque hoy he tenido una fiesta aburrida que más bien se parece a una de esas reuniones en que los adultos quieren arreglarlo todo.

Mamá y tío Roque se han pasado todo el día celebrando que pronto aceptaré mi total crecimiento y llenaré la casa de chiquillas. Sí, porque a mamá le haría feliz que yo anduviera en trajines de novizqueos, «mira, no puedes parar igual a Carlitos, que ahora camina con la mano derecha caída y la izquierda sobre las nalgas». Me ha comentado varias veces.

Tío Roque me hizo probar mi primer trago de aguardiente delante de los vecinos, él dice que los hombres de verdad se tragan el aguardiente como el mismo jugo de las frutas, a la verdad yo no pienso lo mismo, fue tan desagradable experiencia que me he prometido jamás volver a hacerlo, esta vez lo hice para no deslucirlo porque después de todo es mi tío.

Abuelo nunca opina, siempre se ha interesado sobre todo por la política y la economía, lee y relee los espacios de la prensa para luego comentármelos como si yo entendiera lo que habla.

Después que murió abuela, abuelo prefiere apartarse del ajetreo, por eso hoy separó su butaca y está en un rincón de la sala. Él también piensa que estoy acabando de estirarme y por la mañana fue el tercero en sacar de su bolsillo otros veinte pesos que puso en mis manos acompañados de una frase extraña: —Eres un hombre afortunado, con este aporte tu PIB ha crecido en un cincuenta por ciento—.

A veces pienso que abuelo se nos está volviendo loco.

Ahora es casi de noche y todos están medios mareados en la sala menos abuelo que sigue en su rincón. Las voces son más enredadas y yo estoy en mi cuarto sin comprender aún, por qué se empeñan en apurar mi madurez. Ah, debe ser por eso de papá que mamá nunca me ha explicado, jamás supe nada de él y ella dice que de esas cosas solo los hombres entienden, seguro que por eso quiere hacerme crecer rápido para un día de estos contármelo todo. Pero hay cosas que mamá parece no querer decirme, por ejemplo, de cuántos han pasado por su vida, de sus últimas aventuras con Pedro, el de al lado, que ahora está sentado en el sofá con su mujer. Después de todo, el empeño de mamá y tío Roque me ha hecho ver ciertas cosas que antes no veía. Ella no imagina todo lo que yo sé de sus escapadas para casa de Pedro mientras su mujer trabaja, pero yo prefiero que no lo imagine, que al menos por esa parte me siga creyendo un niño.

Ya es tarde y yo pienso en abuela, sesenta pesos no ha sido suficiente para hacerme feliz. Abuela simplemente me hubiera regalado un libro, y muchos besos, como siempre.

En la sala resuena la voz gruesa de tío Roque que cuenta una tras otra sus mil historias sobre Angola. Yo miro a través de la cortina que abuelo repasa otra vez la prensa para comentármela luego, mientras mamá con furia disimulada, mira de reojo como Pedro le acaricia la espalda a su mujer, que aún descansa tranquilamente sentada sobre sus muslos.

Con este cuento obtuvo medalla de oro en la pasada edición (la decimoctava) del Festival de Artistas Aficionados de la FEU.

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Actualizada: 31 de mayo/2007

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