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Sección El Cuento

 

 

TAREA DE HOMBRE

Por Héctor Reyes Reyes

Gerardo es santiaguero y de San Luis. Con un porte envidiable y la fortaleza que le dio el central en su oficio de obrero y el tira y jala de piezas y herramientas.

Mi novia afirma que es bello. Yo la miro incrédulo y luego a Gerardo de reojo (cosa que molesta a Gerardo) y en el fondo le creo (a Roxana, mi novia).

Pero él es uno de estos tipos que nacenen el momento, el lugar, la actitud, y el oficio, equivocados; hace veinte y tantos años, en San Luis, con una aptitud empírica para las emociones del sentimiento ¡y para colmo obrero de un central!

Yo no sé mucho del talento para las artes de la danza, y en eso él me llevaba tremenda ventaja para con mi novia, que es tremenda bailarina y fan al melado de caña.

Celoso, sí. Estuve celoso casi todo el tiempo de filmación en San Luis.

Siempre sospeché de algún secreto encerrado en aquellos ojos orientales y expresivos del obrero. Más, mis dudas se disiparon pronto.

Un día de filmación (filmábamos una versión del cuento Último acto, de Pablo de la Torriente Brau; publicado en Batey en 1930) la actriz que interpretaba la protagonista no llegaba al set. Con peligro de perder la luz y arruinar la escena. El obrero (del cuento) ya estaba en el acto en que llega a su casa para descubrir que el administrador del central está adentro solo con su mujer.

Los técnicos, los extras, todos y yo mismo estábamos preparados. Y la actriz no llegaba nunca de una finca entre dos montañas, que a lo lejos parecían burlarse de nosotros.

Busqué la solución entre las mujeres presentes, pero que va; no había una mulata en todo aquello. ¡Caballero y en San Luis!, aquello le roncaba.

Mi novia encontró la solución

—Nene —me dijo con voz suave— usemos a Gerardo, tiene el mismo tono de piel que Daimí (la actriz).

Lo vistió en unos minutos a puertas cerrada en el trailer, y pese a que el personaje (la mujer) debía ser algo sencilla, lo que salió del aula, seguido de la mirada cómplice de Roxana… fue tremenda mulata.

Los técnicos habaneros y yo acostumbrados a pasar por la Avenida 23, el cine Yara, y otras «zonas de tolerancia» nos quedamos boquiabiertos.

—¡Bueno, bueno a filmar —concreté llamando al orden.

—Último Acto. Escena 18, acto segundo. Plano 5— anunció la claquetista.

La cosa salió a pedir de boca. Regresamos a La Habana a hacer la postproducción y presentamos hace unas semanas con tremenda acogida del público y la crítica.

¿Y Gerardo dice usted?

Lo vimos en el estreno. Al concluir la filmación en San Luis, dejó sus herramientas de obrero del central debajo de la colombina donde tenía la maleta. Esa noche le dimos unaventón hasta La Habana.

Usted podrá encontrarlo cualquiera de estas noches en la Avenida 23, frente al cine Yara, cuando se tope con una mulata de esas de un porte envidiable y le parezca bella, más que su novia. Pero si descubre su secreto nuncalo mire de reojo; no sea que se olvide de su nueva condición de hembra, y se acuerde de la fortaleza que le dio el central en su oficio de obrero con el tira y jala de piezas y herramientas.

 

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Actualizada: 8 de octubre/2007

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