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Sección Cultura

 

 

Cafés literarios

CORTADOS Y NO CON LECHE

Por los estudiantes de Periodismo: Estay Martínez,
Dayán García, Yasiel Cancio, Abel Oliveras.
Tutor: Hilario Rosete Silva

Cafés Literarios

De pronto las opciones de distracción no están en los lugares esperados. La juventud añora espacios acordes con sus casi nulos ingresos monetarios. Muchos bares, cafeterías, discotecas, villas turísticas y otras empresas recreativas, siguen cobrando en pesos convertibles, mientras las ofertas —y aspecto y ambiente—, de las que recaudan en pesos cubanos, bien permanecen deprimidas o bien continúan siendo impropias para los débiles bolsillos juveniles.

En consecuencia, la dirección de la Unión de Jóvenes Comunistas en la provincia de Ciudad de La Habana, junto con el gobierno provincial, emprendieron, una vez más, hará cuestión de dos años, un proyecto destinado a reanimar varios centros gastronómicos, mayormente de la capitalina calle 23, y a generar sano esparcimiento, pero considerando la economía de los más jóvenes.

Entre otros aspectos, la génesis del plan retomaría el rito del café, no solo entendido como casa pública donde se sirve esa bebida, sino como peña y tertulia, espacio cultural o zona de juntura entre artistas, intelectuales y hombres de a pie. Así renacieron aquí los cafés literarios: con la apertura del G-Café, a fines de 2005, en la esquina de G y 23, en el Vedado.

¿Una cafetería sin café?

A la zaga de este, abrirían varios establecimientos de su tipo en la ciudad, todos con afluencia de jóvenes ávidos de leer el libro deseado, escuchar la música preferida, fuese trova, jazz o rock ligero, y sobre todo, de poder invitar a un amigo a un café: ¡los precios se lo permitirían!

La idea de relanzar los cafés literarios apostaba entonces a una alternativa, a un uso diferente, enriquecedor para la cultura y el espíritu, de la recreación y el tiempo libre, en un ambiente que, por su frescor o informalidad, resultaría sugestivo.

Las empresas Malecón, Campismo Popular, Doña Yulla, y Gastronomía y Comercio de Plaza de la Revolución, brindarían su apoyo financiero para subsidiar las ofertas gastronómicas, y el Instituto Cubano del Libro, a través de su Centro Provincial, proveería los libros y revistas que garantizarían las ventas y los préstamos. Esta misma institución contribuiría con doilys, portavasos, dibujos de pintores cubanos y fotos y textos de premios nacionales de literatura, a la creación de la imagen corporativa. Con esa buena voluntad, arrancaron los cafés.

La calidad del servicio y el trato eran aceptables, se respiraba aquel ambiente sano, informal, y los clientes estaban satisfechos, pero, ¡siempre los peros!, con la práctica de cada día, la idea comenzó a desvirtuarse, de primera instancia por G-Café, el establecimiento insignia, el mejor ubicado en la geografía urbana.

Primero se perdieron los doilys de las mesas, y luego el Havana Club de los mojitos; el stock de libros de préstamo no ha sido renovado; a los consumidores, máxime a los lectores, se les recorta cada vez más el tiempo de estancia en el café; y a menudo se torna imposible poder «libar el néctar negro» en horas de la noche, negligencia que sería comparable, por ejemplo, con el hecho de que se vendieran rositas de maíz en un cine que no exhibe películas...

¡Cultura sí, lucro no!

Al inicio, con el ánimo de averiguar «las causas de las cosas», centramos el estudio en los problemas de G-Café, quizás por su índole de «buque madre», para hacerlos contrastar con la supuesta «altura» de otros «locales tipo», como son La Rampa (Pabellón Cuba) y 23 y 12. Después comprendimos que los juicios no podían guardar relación solo con nuestra manera propia de pensar o sentir las experiencias vividas en una instalación: igual debían referirse al trabajo en sí mismo de cada una y a las vivencias que otros habrían tenido allí.

Cualquier asiduo de los cafés que lea estas líneas, cotejará sus experiencias y las nuestras. Uno se atreverá a afirmar que en G-Café, además de los altos precios, se adoptan medidas represivas. «Hay que mantenerse consumiendo, aún cuando afuera no haya nadie esperando». Para el dependiente, el cliente solo tiene una opción: o se mantiene consumiendo, gastando a mares, o abandona el local... Otro señalará que La Rampa empezó bien, pero los suministros empezaron a escasear, y de pronto cierra más temprano... Un tercero hasta ponderará las bondades de 23 y 12, pero lo acusará de pequeñito, incapaz de dar entrada a tanta gente... Lo que le pudo suceder a este consumidor en un local, le sucedió a aquel en otra de las casas.

La realidad que permanecería inalterable, sería la del concepto de café literario, idea que para Nancy Velásquez, encargada de la venta de libros en 23 y 12, designa a unas instalaciones que brindan un servicio distinto, diferente, donde la juventud puede lo mismo «aumentar sus conocimientos leyendo un libro, que reunirse o tomar un café». La trabajadora tiene claro que «la esencia del proyecto es sobre todo cultural, no lucrativa».

Rectificar en público

Ahí radica el intríngulis de las deformaciones de la concepción inicial. Ya en G-Café, ya en La Rampa, ya en 23 y 12, cada vez que se privilegie el consumo gastronómico en detrimento de aquel uso enaltecedor, para la cultura y el espíritu, de la recreación y el tiempo libre, cada vez que se enrarezca el ambiente de informalidad, se estará cometiendo un desatino.

Cuando escribíamos este trabajo la nómina de G-Café reunía a 21 trabajadores, con salarios comprendidos entre 225 y 300 pesos, y una pauta de recaudación fijada en 6 mil pesos diarios por su Empresa de Gastronomía y Comercio. El incumplimiento del plan impediría que a los empleados pudiera estimulárseles, el día del cobro, con un por ciento extra, por consiguiente los dependientes trabajan a como dé lugar para cumplir la norma, aún a costa de advertirle al cliente, esté leyendo un libro u hojeando una revista, que deberá abandonar el café si no se mantiene consumiendo. Es una paradoja que el plan de ganancias de G-Café en el año 2006 se cumpliera al 128 por ciento: «Con un plan de dos millones 396 mil 214 pesos, se alcanzó una cifra real superior a los tres millones», dijo David Cuevas, subdirector de la empresa. A buen entendedor con pocas palabras basta: encima de que desvirtúan la naturaleza del proyecto, las regulaciones del tiempo de consumo serían injustificadas incluso para quien las mirase desde una óptica mercantilista.

Alguien nos informó que, a tenor de las dificultades, G-Café cerraría sus puertas durante julio y agosto de 2007 para someterse a una remodelación. En el fondo nos alegramos de que hasta ahora esto no hubiese sucedido. Cerrar, en vacaciones, un servicio que, por su esencia, se granjeó la simpatía del joven, vendría a ser lo mismo que botar el sofá.

Justamente con esto queríamos terminar. A pesar de los doilys y Havana Clubs perdidos, a pesar de los libros que no se renuevan, a pesar del tiempo —de estancia— que se les recorta a los consumidores, a pesar, incluso, de los altos precios, y hasta de la mismísima falta del café, el proyecto tiene aceptación: defiende un espacio informal, consustancial al joven, que bien no es común en su medio o bien no se halla a su alcance, y que el muchacho necesita para vivir y relacionarse, para escuchar y ser escuchado, para compartir con los demás.

El supuesto desconocimiento de los propósitos del café literario, los mismos que animaran a sus autores intelectuales a relanzar el proyecto, no es excusa para que mal funcionen. Sus trabajadores, en especial los administrativos, asumirían la responsabilidad si se apartasen de la ruta. Estas instalaciones no merecen contagiarse con cierta enfermedad accidental transitoria, que ataca al mismo tiempo, en una zona determinada, a un gran número de establecimientos: la mentalidad del no servicio. No se concibe que una epidemia de este tipo pueda seguir «cobrando vidas» en un sistema de esencia humanista.

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Actualizada: 24 de agosto/2007

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