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UN MADRIGAL EN LOS 20 AÑOS DE FERNANDO PÉREZ
Por Elizabeth López Corzo
Foto: Internet
Hay otra Habana además de esta que vemos. Existe otra ciudad en una extraña dimensión donde reinan la música, los sueños, el sexo y el dolor. Más allá del malecón, el mítico Capitolio y los escenarios a los que estamos acostumbrados en las películas cubanas, Madrigal, la más reciente realización de Fernando Pérez, nos muestra un mundo de artificios donde se confunde la vida real y la representación (el teatro y la literatura). Un mundo en el que se confronta la verdad absoluta con la verdad-otra: la de cada cual.
La insuperable fotografía de Raúl Pérez Ureta y el acertadísimo diseño de la banda sonora por Edesio Alejandro son los complementos justos para crear esa atmósfera no realista que el filme propone. Encantadores edificios de La Habana Vieja irrumpen en la pantalla grande como descubriéndose, renaciendo del gris de sus calles, por donde hemos transitado un montón de veces sin saber que estaban allí; sin mirar tras el cristal de las ventanas que esconden infinitas historias de amor y soledades.
Pero más allá de la riqueza visual y sonora de Madrigal (excelente binomio al que nos tiene acostumbrados Fernando), la película ha causado gran polémica en Cuba y el extranjero por su tesis un tanto abstracta y muy simbólica; por lo cual no pocos opinan que esta es una obra para minorías. Eso no es extraño en el cine de este autor.
Madrigal es una película que aspira a dejar una inquietud en los espectadores ha dicho en varias ocasiones su director. Y realmente es una obra desconcertante, partiendo de su estructura con dos historias cinematográficas, lo cual es un gran reto dramatúrgico; pues la segunda comienza cuando aparentemente la primera ya ha acabado, además de estar inspirada en un texto de ciencia ficción, elemento no común en el cine cubano.
Se trata de una ciudad imaginaria, de la cual todo el mundo quiere salir. Es el mundo de Eros, donde el sexo es obligatorio, donde se pierde la intimidad y la comunicación más espontánea. Esa era la última ciudad y era igual a las demás. Es como la ruleta rusa: tienes que esperar a la última oportunidad.
Fernando no dice las cosas de la realidad sino la realidad de las cosas, y en este mundo hay tantas realidades posibles como personas que las vivan. Precisamente ahí surge uno de los mayores conflictos (internos y externos) de la cinta, que explora la ambivalencia (distinto de ambigüedad) en la vida del ser humano.
Gran parte de la trama transcurre en un set de teatro donde se representa la obra Los ciegos, del belga Maurice Maeterlinck, uno de los principales exponentes del simbolismo, y cuyos personajes están en la oscuridad, no pueden ver. De eso se trata Madrigal, de la comunicación, de alcanzar a ver lo invisible.
Sin dudas, la película muestra el mundo interior de un creador, mediante el personaje masculino protagónico: Javier, que además de actor, intenta ser escritor. De ahí el carácter artificioso de la cinta, al que se ha referido Fernando. La exploración de este joven (encarnado aceptablemente por Carlos Enrique Almirante) en la literatura lo lleva a convertir todo en materia artística. Los momentos felices o tristes, todos son fuente de inspiración para él.
Entonces el espectador puede perder la pista en la confusión entre representación y realidad. Se difuminan las fronteras del conflicto clásico de las historias de ficción: ¿quién es bueno o malo?, ¿qué es verdad o mentira?... ¿y qué pasa si la mentira se vuelve verdad, o si persigue un «buen fin»? Este es un cuestionamiento eterno.
Llena de intertextos y analogías estamos frente a una obra de arte, sin prejuicios telúricos, cubanísima y universal a la vez, respondiendo a esa constante búsqueda existencialista del ser humano y su identidad. ¿Quién soy, Dios mío, quién soy? No estaría mal decir que es un lugar común en la filmografía de Fernando Pérez, pero aquí logra su máxima expresión. Yo diría que infinita.
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