La Revista Joven más antigua de Cuba

Nuestro Credo




EDICIONES ANTERIORES

Esperamos tus opiniones y sugerencias Contáctenos

 

 

 

 
Sección Cultura

 


English version

Ilustración de Eric Silva

VIAJE AL CENTRO DE LA VIEJA

Capítulo I


PARA ENTRAR EN CASA AJENA HAY QUE PEDIR PERMISO

Ilustración de Eric Silva

Por Yuris Nórido
Ilustraciones: Eric Silva

Cuando por fin estuvieron frente a la casa donde vivía la vieja, Casandra y Roberto se miraron asombrados, pues no habían imaginado que fuera tan grande y tan vieja. Casandra comprobó una vez más la dirección, se arregló un poco el pelo y estaba a punto de tocar el timbre de la inmensa puerta de madera tallada cuando de la nada saltó un gato negro tuerto que fue a caer justo en su cabeza.

Ilustración de Eric Silva

—¡Solavaya! —gritó Casandra mientras intentaba quitarse al animal de encima—. ¡Haz algo, Roberto, que me va sacar un ojo!

—¿Qué quieres que haga? A lo mejor si dejas de moverte decide bajar por su propia voluntad.

Pero el gato, con inesperada y terca vocación de sombrero, no tenía la menor intención de abandonar la cabeza. Es más, cuando Casandra dejó de sacudirse, se estiró, bostezó y se acomodó entre los rubios rizos, con los que combinaba perfectamente su negro y brillante pelaje.

Pasaron quince segundos en los que el felino, sin tener en cuenta el creciente nerviosismo de Casandra, se dedicó a dormir tranquilamente, hasta que Roberto, que ya no podía evadir la mirada angustiada y suplicante de su novia, lo tomó por el cuello y por el rabo y  trató de derribarlo de un tirón.

El gato se aferró a la cabeza con todas sus uñas y Roberto, desconcertado por tan porfiada resistencia, siguió halando con todas sus fuerzas. El pugilato se prolongó por unos segundos, sin que nadie alcanzara clara ventaja, hasta que Casandra cayó de rodillas, presa de la histeria y el dolor, y el gato, notando la inestabilidad de su posición, propinó un arañazo a Roberto e inició una retirada táctica, moño abajo, hasta que por fin desapareció entre las malangas del jardín.

Entonces, lenta y pesadamente, comenzó a abrirse la puerta.

Desde el interior de la casa les llegó un aire frío, como de estancia refrigerada, que los estremeció. La habitación que se abrió delante de sus ojos, un gran salón con una escalera al fondo, estaba en penumbras. Apenas podían vislumbrarse algunos muebles de estilo antiguo y las siluetas de unas estatuas femeninas que sostenían grandes lámparas apagadas.

Reinaba un silencio espeso y solemne, solo interrumpido por el chinchín de la lluvia y la respiración entrecortada de Casandra y Roberto, que casi habían olvidado el episodio del gato ante la extraña circunstancia de una puerta que se había abierto sin que aparentemente hubiera nadie detrás.

—Buenas noches —se atrevió a mascullar Casandra.

—Hola, ¿hay alguien aquí? —alzó un poco más la voz Roberto.
Por toda respuesta, recibieron una bocanada de aire gélido y ocho campanadas de un reloj.

—Mejor nos vamos. Esto no me gusta nada —dijo Roberto cuando desapareció el eco de la última campanada.

—¿Irnos ahora? ¿Con todos estos paquetes y con lo malas que están las guaguas? ¡Ni loca! Yo no he recorrido La Habana de una punta a la otra para tener que regresar con las manos vacías.

—Pero tampoco podemos quedarnos toda la noche en este portal, sin que nadie salga a recibirnos. Mejor nos vamos para la beca y regresamos mañana por la mañana.

—¡Nos quedamos y se acabó! Mi prima me dijo que la vieja vive sola y que está medio inválida. A lo mejor abrió la puerta con un mecanismo y nos está esperando dentro de la casa.

Sin pensarlo dos veces, Casandra sacó del bolso una pequeña linterna y entró en la habitación. Con el débil círculo de luz alumbró primero el piso de mosaicos, que de tan limpio y pulido le devolvió el reflejo casi con la misma intensidad de un espejo; después el juego de muebles: butacas, poltronas y sofás de estilo, tapizados de damasco dorado, dos mesitas esquineras con sendos jarrones de porcelana y una mesa de centro que servía de escenario a una bucólica escena protagonizada por pequeñísimas y multicolores figuras de biscuit.

Todo estaba muy bien conservado, o al menos eso parecía. Cuando se cansó de admirar las figuritas —le gustó particularmente una dama que vestía un gran miriñaque rosa y se cubría del sol con una sombrilla del mismo color— Casandra dirigió la luz al techo, que en realidad era más alto de lo que le había parecido al principio. Apenas pudo distinguir la ornamentación y una lujosa araña de cristal, que arracimaba decenas de bujías, cuentas y motivos florales.

Ilustración de Eric Silva

Recorrió entonces una de las columnas de mármol, del capitel a la base y se detuvo en la cara de la primera escultura de la derecha, una diosa o algo por el estilo, de más o menos dos metros de altura, bella y serena, que sostenía con el brazo derecho una lámpara con forma de antorcha.

Deslizó el haz de luz por todo el cuerpo de la diosa: cuello delicado, hombros caídos, senos pequeños y puntiagudos, abdomen algo abombado que se perdía, justo antes de que apareciera el pubis, entre olas de seda fundida.

Remontó las curvas de las caderas, que le parecieron demasiado pronunciadas para ser de una diosa griega, se detuvo un segundo en la cintura, se desvió por el brazo izquierdo y alcanzó la mano, cuyos largos dedos apresaban delicadamente —Casandra se acercó un poco para comprobarlo— una apetitosa mandarina madura, una mandarina de verdad.

—Eso parece brujería —dijo Roberto, que se había acercado silenciosamente.
El sobresalto hizo que Casandra alumbrara otra vez la cara de la estatua y entonces se asustó un poco más, porque le pareció que la expresión del rostro ya no era la misma.

De hecho, la diosa parecía mirarla ahora fijamente, interrogante, como tratando de averiguar por qué se atrevía a examinarla con una linterna.

—Roberto, ¿no te parece que esta estatua me está mirando?

—Será lesbiana –dijo Roberto, burlón.

—Déjate de boberías. Ahorita me pareció que miraba para otro lado, para el frente, qué sé yo… Y tampoco tenía esa cara… Es como si me quisiera preguntar algo.

—Seguro quiere preguntarte quién nos mandó a pasar.

Roberto le arrebató la linterna a Casandra y se fijó en la fruta.

—¿Quién le habrá puesto una mandarina en la mano?

—¿Quién va a ser? La vieja. Aquí no vive nadie más –dijo Casandra.

—Parece que la señora tiene sentido del humor.

—O a lo mejor está medio loca y ni se da cuenta de dónde pone las cosas.

Casandra recuperó la linterna y escrutó nuevamente el rostro de la estatua. Mirándola más detenidamente se convenció de que la diosa, en realidad, no se había movido un centímetro. No había cambiado su expresión ni la había mirado fijamente a los ojos ni miraba para ningún lado. La estatua era un objeto, ente inanimado cuyo único cometido en el mundo era sostener una lámpara.

—¿Tú estás segura de que esta señora nos está esperando? —dijo Roberto—. A lo mejor tu prima no le dijo nada.

—¿Cuántas veces te tengo que decir que ya todo esto está arreglado? ¿Tú piensas que yo soy tan irresponsable como tú? Ya te dije que mi prima se ocupó de todo y que todo está clarito. La vieja se puso de lo más contenta. Nos está esperando con los brazos abiertos.

— De todas formas, y por si acaso, yo creo que nosotros deberíamos…

Roberto no llegó a terminar la frase. En ese instante se encendieron todas las luces: las ocho antorchas de las estatuas, las bujías de la gran araña, los apliques de las paredes, las lámparas de las mesitas y las consolas… Ochenta bombillos se prendieron al mismo tiempo, sin transición; un violento fogonazo que hizo que Casandra y Roberto se taparan y restregaran los ojos desesperadamente. Cuando por fin pudieron abrirlos sin demasiado dolor, el asombro no los dejó articular palabra.

Ilustración de Eric Silva

 




continúa...

Ilustración de Eric Silva

Recomienda esta página a un amigo


Portada
© Alma Mater 2007

Subir


 

 

Actualizada: 13 de diciembre/2007

Informaciones sobre los cinco heroes año 2007

Sitio de granma sobre los cinco héroes
Sitio de granma sobre los cinco héroes


Enlace