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Ilustración de Eric Silva

VIAJE AL CENTRO DE LA VIEJA

Capítulo I
- 2da. Parte

PARA ENTRAR EN CASA AJENA HAY QUE PEDIR PERMISO

Ilustración de Eric Silva

Por Yuris Nórido
Ilustración: Eric Silva

Ilustración: Eric Silva

El salón iluminado era indescriptiblemente bello. No de una belleza serena, contenida, de una belleza fácilmente asimilable. El salón era exuberantemente bello. Hasta el punto de que costaba imaginar que fuera real, que no fuera el escenario virtual de una película de Disney, de un cuento de hadas y princesas filmado por Tim Burton. Costaba admitir, sobre todo, que tras la fachada descolorida y mustia de la mansión, tras los muros de ladrillo que habían perdido buena parte del repello, pudiera esconderse este salón magnífico.

Los grandes espejos de las paredes, enmarcados en arabescos dorados, prolongaban las luces hasta el infinito, dando la sensación de que no eran decenas, sino centenares las lámparas que iluminaban la estancia.

El piso, de tan reluciente, parecía mojado. Los muebles estaban distribuidos a ambos lados de un pasillo central, flanqueado por las columnas y las estatuas, que terminaba a los pies de una escalera de mármol.

Quince escalones más arriba había un rellano, rematado por un gran reloj de esfera marfilada que marcaba las ocho y diez minutos.

A partir de ahí, la escalera se bifurcaba y se perdía entre columnas.

Las ocho estatuas, fundidas en bronce patinado, cuatro a cada lado del pasillo, parecían idénticas a primera vista. Pero Casandra notó que se distinguían por la expresión del rostro. La que ya había examinado con la linterna miraba hacia la puerta, serenamente, sin denotar ningún sentimiento; la que estaba detrás, fruncía el seño; la tercera tenía cara de asombro; y la cuarta, al pie de la escalera, parecía a punto de llorar.

La primera diosa de la izquierda (por el peinado y la majestad de la pose, Casandra ya estaba convencida de que eran diosas, a pesar del exagerado volumen de sus caderas) se mordía los labios, atormentada por la preocupación; la segunda sonreía con cierta displicencia; la tercera tenía expresión de niña curiosa; mientras que la última se carcajeaba sin recato.

Todas sostenían con una mano la lámpara en forma de antorcha, y con la otra, apresaban delicadamente grandes mandarinas maduras.

—¿Quién encendió la luz? —preguntó por fin Roberto, algo temeroso.

—Tiene que haber sido ella —respondió Casandra todavía medio confundida por la sorpresa. —A lo mejor es que ya viene para acá.

—¿Tú estas segura de que esta vieja vive sola? —preguntó Roberto, deslumbrado por tanta limpieza, lujo y organización.

—Eso me dijo mi prima.

—Pues yo te digo que hacen falta por lo menos diez personas para mantener así una casa como esta.

—A lo mejor la vieja contrata a alguien para que haga limpieza de cuando en cuando.

—Para que haga limpieza todos los días, querrás decir, porque no hay una partícula de polvo en ninguna parte.

Casandra avanzó unos pasos. Se detuvo a la altura de la segunda pareja de estatuas y comenzó a mirar en redondo.

—¿Cuánto dinero hará falta para conservar todo esto tan bonito?

—No tengo ni la menor idea, pero seguro que es infinitamente más que el que la Seguridad Social le da a esta vieja. A mí me extraña que esta vieja necesite ayuda, como nos dijo tu prima. ¿Tú estás segura de que ella quiere que nosotros vengamos a vivir para acá? ¿No querrá cobrarnos un alquiler?

—No, muchacho. Ya te dije que lo que tenemos que hacer es ayudarla con las cosas de la casa y hacerle compañía por las noches.

—Pero yo sigo pensando que nosotros deberíamos hablar con más calma con tu prima antes de hacer cualquier cosa.

Sin hacerle demasiado caso a Roberto, Casandra se acercó a uno de los juegos de muebles. Pasó la mano por el espaldar de una butaca, se miró la yema de los dedos y se sentó. Roberto se le acercó un poco amoscado.

-Mira, Casandra, ya yo me estoy poniendo nervioso. Todo esto está muy raro. Mejor salimos y esperamos afuera. Si aparece la vieja, bien. Si no, nos vamos y regresamos mañana.

—Ay, Roberto, por favor, cállate la boca, me tienes mareada. No te adelantes a los acontecimientos. Ya te lo he dicho muchas veces: vive el momento.

Como para apoyar sus palabras, abrió los brazos de par en par y suspiró profundamente.

—Tráeme el té, Roberto, por favor —bromeó, aflautando la voz.

Pero Roberto no estaba para bromas.

—No entiendo cómo puedes entrar en una casa que no es tuya y sentarte tan tranquila sin que nadie te invite a hacerlo. ¿No te extraña que la vieja no dé señales de vida?

—Mi prima ya me había alertado de que la vieja era algo extraña. Ya aparecerá, no te preocupes… Mira —Casandra se levantó de un tirón, tomó la fruta de la estatua cariacontecida y se la lanzó a Roberto—, cómete una mandarina.

En ese momento se escuchó un ruido ensordecedor, como si un rayo hubiera caído a pocos metros de la casa. Casandra y Roberto gritaron al unísono, las luces parpadearon, tintinearon las cuentas de la araña, rechinaron las bisagras y la puerta se cerró de un golpe.

—¡Nos vamos! —exclamó Casandra y cogió a Roberto de la mano.

Corrieron hasta la puerta del salón y lucharon un poco con la cerradura. Después de unos segundos lograron abrirla, empujaron una de las hojas y se encontraron frente a frente con la vieja, que sonreía humildemente desde la semipenumbra del portal.

—Buenas noches —dijo la vieja.

—Miau —saludó el gato negro tuerto que se había acomodado en su cabeza.
Casandra y Roberto gritaron otra vez, más fuerte.

Ilustración de Eric Silva





Capítulo II...

...1ra. parte- Capítulo I

Ilustración de Eric Silva

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Actualizada: 28 de diciembre/2007

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