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NOTAS DE CLASE
Por Randy Saborit Mora
Cada noche el profesor dormía en paz. Soñaba con las reflexiones que sus alumnos servían a la mesa del saber en el espacio, íntimamente público, del aula. El profesor «Ye»—variable en su forma de enseñar, pero constante en sus conceptos— notaba y anotaba al margen de su clase lo que los estudiantes «Equis», variables en el estilo de preguntar y precisos en las respuestas, le donaban. Él enseñaba y aprendía. Aprendía y enseñaba.
Lección UNO: La amistad no se vende en el mercado
AULA MATER, HOY —Después de mucho pensar el maestro decidió el cómo estrenar la clase, justo cuando cruzó la frontera del aula. Dio los «buenos días», sonrió y guardó silencio. En la pizarra dejó grabado: Los hombres no tienen tiempo de conocer nada, compran las cosas hechas en el mercado. Pero no hay mercado de amigos. Los hombres no tienen amigos. ¿Qué hay de falso o cierto en estas líneas? ¿Cómo atender a nuestros amigos si escasea el tiempo?, preguntó.
Los estudiantes desempolvaron su archivo neuronal y esculpieron sus criterios. Paula dijo: Cuando uno de nosotros está desconsolado, repartimos la tristeza. Cuando alguien está contento, compartimos la alegría. Si uno está aburrido, nos empeñamos en sacarlo del tedio.
No debemos perder la capacidad de hacer amigos, porque llegará el día —si a muchos no les ha llegado ya— en que caminaremos solos por el mercado con la cesta llena de productos, pero vacía de amistad, defendió Lidia desde la primera fila. —Profe, ¿y las palabras de la pizarra de dónde salieron? Preguntó uno.
—Del corazón de un hombre que maduró sin traicionar al niño que llevaba consigo. Esas líneas de sabiduría las puso el francés Antoine de Saint Exupèry en boca de El Principito. Si tienen tiempo inviértanlo en ganar un amigo a través de la lectura. Gracias por hoy, mañana continuamos.
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