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Alas y años del Ballet Lizt Alfonso
VUELTAS QREDRADAS DE TENACIDAD
Por Hilario Rosete Silva
Fotos: Nancy Reyes
«¡Ay! Mamá Iné;/
¡ay! Mamá Iné,/
todo lo negro tomamo café...»,
Tarareábamos alegre e inconscientemente el tango-congo de Eliseo Grenet eternizado por Rita Montaner, mientras recorríamos, poco después del mediodía, en dirección este, el tramo de la calle Luz que va de Monserrate a Compostela, en La Habana Vieja.
«¿Dónde queda el “Lizt Alfonso”?», cortamos la charla de dos lugareñas. «Doblando la esquina», respondió la mayor, «frente al portón del templo», y ahí concienciamos que avanzábamos a lo largo del flanco izquierdo del convento e iglesia de Belén (1718), el mismo nombre que le diera Mamá Iné a su inquietante hija, y que tan solo por el sitio que ocupa, en el corazón del barrio homónimo, el Ballet Lizt Alfonso parece llamado a recobrar y exaltar, si bien en otra esfera, la tradición cultural cubana de toda una época.
La espigada compañía, con otros dos ballet amateurs, el infantil y el juvenil, y un elenco cantera que aporta sangre joven al grupo puntero, reside en el No. 659 de la susodicha arteria de Compostela, en el añejo edificio de Seoane y Fernández Impresores, remozado y equipado con todas las de la ley, frente al antiguo colegio de Belén, centro donde se instruyeron, entre 1854 y 1925, millares de cubanos ilustres.
Tan pronto como pisamos el umbral nuestra tesis comenzó a evidenciarse. Mientras las bailarinas se alistaban para las reposiciones de febrero y marzo previstas para el Gran Teatro de La Habana y el Terry, de Cienfuegos –según el programa de Alas, brillante espectáculo del 2006, los directivos cuidaban el arranque del XIII Concurso Coreográfico de Danza Española, certamen abierto a personas jurídicas y físicas del que ya se iniciaban los registros. Cual colofón, poco antes de que dejáramos la residencia, principió a inundarla una marea de campanitas blancas y rojas, mariposas, marpacíficos, jazmines y otras muchas flores, con arreglo a los nombres de los grupos de niñas y jóvenes, entre seis y 16 años, alumnas de los talleres vocacionales, veta dorada de los ballets infantil y juvenil... ¡Una imagen vale más que cien palabras!
Nancy López, de Relaciones Públicas y Promoción, nos recibió en el mezanine, mayormente dedicado a la gestión administrativa. Gracias a ella conocimos, tres semanas atrás, que la Asociación de Artistas Escénicos de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) le otorgó a Lizt Alfonso el premio de coreografía por su labor en Alas. Nancy fue la asistente que, tras mostrarnos todos los rincones del inmueble, nos condujo hasta la directora artística y general, cabeza visible del «bien-pensado-y-de-verdad-funcionando-en-la-práctica» proyecto cultural. ¡!
«Traemos en el recuerdo», le comentamos a Lizt en cuanto se asomó a la puerta, «los trabajos que con motivo del estreno de Alas publicamos en La Jiribilla, la revista digital de cultura cubana (no. 256, La Habana, 1-7 de abril de 2006), y nos preguntamos si a los efectos de este diálogo con Alma Mater aquellas glosas guardan validez.»
Ella no se lo pensó: «¡Ya lo creo! Como buenos espectadores, ustedes se dejaron llevar por la función, y recibieron todo y más de lo que nosotros queríamos transmitir; por eso escribieron aquellos trabajos tan actuales: ¡el sentimiento nunca pierde vigencia!»
«¿Sería pues indicado seguir hablando de Alas?», echamos el anzuelo y ella lo mordió: «Es nuestra obra reciente y aún perdurará. Si guardamos en el repertorio espectáculos como Sinceramente, FGL, dedicado a la vida y la obra de Federico García Lorca en el centenario de su nacimiento, 1998; Fuerza y compás, que bajo el nombre de Siluetas nació en 1999; y Elementos, gala fechada en el 2002 donde la Tierra, el Fuego, el Agua y el Aire le dan vida al Hombre, ¿cómo vamos a “cortarnos las Alas” que nos nacieron prácticamente ayer?» Creídos en esta fe de Lizt Alfonso echamos a volar...
PLUMAS EN MOLDES ROTOS
¿Por qué debimos esperar un año para «reabrir las Alas»?
No es que nosotros no hayamos querido reponer antes el espectáculo, sino que el hecho de que nos programen para bailar en los teatros a veces se torna difícil, máxime cuando no todas las salas se hallan en buen estado; algunas están deprimentes, se deterioraron con el uso y el abuso; esperamos que se vayan rescatando; este año deben cerrarse, para su reparación, la García Lorca del Gran Teatro de La Habana, y también el Mella. Con todo, Alas fue un caso singular; se bailó durante tres fines de semana; nunca nos dieron tanto espacio. Claro, si hubiese sido por nosotras, habríamos seguido haciéndolo mientras hubiera habido público. Por eso lo repondremos entre febrero y marzo: las ocho funciones que brindamos en aquel entonces no saciaron el interés del respetable...
OTRO TANTO SUCEDERÍA CON 15 AÑOS EN LA ESCENA.
Con él festejamos «los quince»: avisamos que sería una sola función, el sábado 14 de octubre en el Karl Marx, pero las entradas se agotaron en un soplo, y la dirección del teatro nos propuso que la repitiésemos el domingo. Es un espectáculo de dos horas, muy abarcador: roza la historia de la compañía, emplea elementos y equipos multimedia e involucra a artistas invitados: Raquel Hernández, Eduardo Martín, Síntesis, el Conjunto Folclórico Nacional, no pueden ser muchos, si la función se alarga, el público se agobia.
Se dijo que Alas, obra por la que usted ganó el premio de coreografía UNEAC´06, es un ¿«compuesto de experimentos»?
Lo nuestro siempre fue así: el «Lizt Alfonso» es un gran ensayo. Empezamos siendo un colectivo que profundizaría en el folclore, en la estilización de las danzas españolas, no obstante, habría que conocer cómo fue mi propia formación para comprender el quid de los caminos, rumbos y medios que adoptamos para llegar hasta aquí.
Comencé en la Escuela de Ballet Alejo Carpentier, fui a la Escuela de Baile español del Gran Teatro de La Habana y participé del grupo folclórico de la sociedad Concepción Arenal, pero además, estuve cerca de los actores y bailarines del Ballet Teatro de La Habana, me involucré con el Centro Promotor de la Danza (Pro-Danza) y asistí a cuanta función tocara estos géneros. La tesis con la que me gradué de teatrología (1990) por el Instituto Superior de Arte (ISA), estudió el postmodernismo en la danza cubana de los ochenta, década de la explosión o surgimiento, a partir de los grupos madre existentes, de elencos como el propio Ballet Teatro de La Habana (1986), de Caridad Martínez; Danza Teatro Retazos (1987), de Isabel Bustos; DanzAbierta (1988), de Marianela Boán; o un poco más acá, la Compañía de Narciso Medina (1993). En ese entorno nació el «Lizt Alfonso» (1991), y si bien deseábamos ahondar en el folclore español, después nosotras mismas no nos podíamos reducir a moldes, teníamos que romperlos, salirnos de la regla, si queríamos llegar a algún lugar.
RECODOS DEL CAMINO
¡Tampoco ustedes eran —ni son— gitanas, andaluzas u orientales!
Quienquiera que desee bailar flamenco igual que en Andalucía, tendría primero que haber nacido allí, respirando el ambiente gitano. Es lo mismo que querer tocar o bailar rumba: cualquiera que se lo proponga tendrá que venir a Cuba y frecuentar el solar. Ni el flamenco ni la rumba son ante todo bailes, sino filosofías de vida conducentes a una expresión cultural. El «Lizt Alfonso», permeado de aquellos elementos formadores, fue traspasándolos a su proyecto, por eso nos consideramos un experimento. Durante estos 15 años, la preparación de nuestras bailarinas transcurrió por etapas. Les dimos clases de flamenco, escuela bolera, ballet, y eficiencia física. Así les impartimos lecciones de folclore cubano, lo mismo de raíz afro que española, actuación, maquillaje, todo con distintos profesores. ¿Resultado? Una gran experimentación, una mezcla interesante.
La bailarina del «Lizt Alfonso» no viene graduada de la Escuela Nacional de Arte, ni de la Escuela de Ballet, ni de la Escuela de Danza y Folclore: ¡se forma aquí!, debe ser capaz de encarnar múltiples vertientes, pero tendrá en la fusión el eje de sus giros. Su ductilidad debe permitirle asimilar una extensa gama de matices, pero de forma integral. No se trata de que alguien observe, digamos, que ejecutó una serie compuesta por tres pasos de flamenco, dos de Yemayá, y un trabajo de suelo típico de la danza moderna. Lo primero es que su arte impresione por el efecto del todo, y aprehender, interiorizar, lograr esa mezcla, esa sensación de coherencia y sencillez, cuesta tiempo y esfuerzo.
¿Adónde llegó el «Lizt Alfonso» con estas Alas?
Alas sería, al presente, el punto más alto de nuestro experimento. En adelante iniciamos un nuevo período, pero tampoco olvidaríamos que si bien tenemos derecho a continuar la búsqueda, de la misma manera los futuros ensayos deberán arrojar frutos. Nadie podría pasársela experimentando y experimentando, cobrando un salario tan solo por experimentar, sin obtener resultados artísticos. La experimentación no tendría que desembocar, sí o sí, en el logro de la perfección, pero cada una de las nuevas etapas, cada nuevo corte, evidenciaría un adelanto, una aproximación al resultado ideal.
¿Alas sería una revuelta, un cambio de dirección en la ruta del «Lizt Alfonso»?
No es que se nos hubiesen agotado los recursos para continuar el derrotero anterior, o que hubiésemos caído en un callejón sin salida, cerrado por un extremo, sin escape. Simplemente desechamos ese itinerario, cambiamos de rumbo con cabal conocimiento de lo que hacíamos y de sus posibles efectos. No nos interesaba seguir esa trayectoria, queríamos trocar la imagen de una compañía que imita las danza españolas, queríamos ser más auténticas, y a esa autenticidad es a lo que le llamamos fusión, mezcla, fruto que tal vez un día reciba otro nombre, más propio, menos genérico.
MANÈGES Y MENEOS
Cada vez que estamos frente a usted sentimos ese aire de mezcla: ora grácil y fina, ora aguda y sutil, se nos abre y se nos cierra como la vuelta quebrada...
Nunca me hicieron reparar en eso, es muy interesante. Nuestra interpretación de la vuelta quebrada devino en logotipo de la compañía. A usanza del «Lizt Alfonso», en el quebranto de esa vuelta hay buena dosis de fusión. Es una forma de girar que nosotras innovamos a partir del paso propio, homónimo, específico del flamenco, y decimos «nosotras» sin ninguna duda: toda compañía es el producto de mucha gente, siempre hay una cabeza, un líder, alguien que lleva la voz cantante, mas, por ejemplo, si yo hacía la vuelta, yo misma no podía verla, necesitaba tener a una bailarina delante para decirle, «hazla así, ahora repítela y pon este brazo aquí, y este pie pásalo por acá, mientras haces esto con el pie de apoyo»...
Antes de seguir con la vuelta, otro aire del enigma de Lizt se esconde en cierto rasgo de su rostro, incluida la mirada, que tiende a enervar o confundir.
Sobre ese particular sí me llamaron la atención –aceptó el juicio de valor–. Alguien me hizo notar que durante la extensa gira, de dos meses, por Estados Unidos, estoy ahí en las fotos, pero con cara de ausente, como si vagara por otro lugar. Eso me sucede con frecuencia, la mayor parte del tiempo mi mente va a otros sitios, reedifica, reelabora. Se diría que estoy distraída, pero estoy atenta, absorta, no concentrada, que la concentración denota esfuerzo, sino centrada en lo que de verdad me interesa. Y claro, el hecho de que me lo señalen a veces me asusta: me preocupa que las personas lo confundan con desinterés.
Más susto se llevarán sus interlocutores
¡Oh, las personas cercanas lo sufren a diario! Juan Carlos (Coello), mi compañero (y representante del «Lizt Alfonso») me dice, «regresa, mi amor, regresa, no te vayas». Él tiene una imagen muy gráfica en relación con esto; dice que él camina y me lleva a mí aquí (hace un gesto como quien sostiene con los dedos de la mano cerrada el hilo de un globo a la altura del hombro)... «Vas volando», me dice, «en las nubes...» Voy del brazo suyo, con la seguridad de una ciega guiada por su lazarillo, mirando pero sin ver, con los ojos y la mente en lo que en realidad me importa en ese instante.
La innovación de la vuelta quebrada —cerremos el capítulo— es un fruto experimental de la compañía, signo de su autenticidad. ¿Hay otras señas de la fusión «liztalfonsina»?
Hay varias, pero igual son elementos sobre los que resulta difícil construir un concepto, detalles que se percibirían por el público no avezado solo como información subliminal, sin que tenga conciencia de ello. El espectador los ve, nota la diferencia, los ubica en su contexto, pero ni puede expresarlos ni explicárselos. Decimos, «hagamos un manège (voz aplicada a pasos o saltos ejecutados en un círculo), pero quebrándonos», y cualquiera se preguntaría, «¿cómo es eso?». El secreto está en la postura corporal, en la forma. El manège es un paso de ballet, un salto típico en las variaciones de ballet, y nosotras lo singularizamos con un modo sui géneris en el dominio del torso, los brazos y la cabeza. Es el mismo manège, pero quebrado, diferente. Por esta particular manera de hacer recibimos un cumplido de Alfredo Carrión, director del Departamento de Artes Escénicas y Musicales de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE): «Vosotras no copiáis», nos dijo el amigo español, «vosotras ¡sois!»
BAILES DE PERSEVERANCIA
Con toda probabilidad, el «Lizt Alfonso» es un conjunto «raro», excepcional.
Con frecuencia nos dicen que somos una agrupación atípica, y por estos días yo estuve pensando mucho en eso. Me pregunto qué nos habría sucedido si nos hubiésemos regido por orientaciones o directivas de algún organismo de la cultura, como podría ser, por ejemplo, el Consejo Nacional de las Artes Escénicas, centro que, con todo respeto, rige la danza en el país. En tal caso nunca habríamos podido hacer lo que ya hicimos, habríamos debido ser bien una compañía de folclore o bien un conjunto de ballet o de danza contemporánea, nunca hubiéramos podido convertirnos en ese colectivo atípico, en esa fusión o mezcla «rara», excepcional.
La excepción se asocia con la creatividad y la singularidad. Dicen que en toda creación hay una dosis de locura. A Lizt Alfonso y ballet, ¿igual le asiste un «toque»?
¡Nooo! —sonrió con su risa de niña—, más bien soy una persona centrada, temeraria, osada, arriesgada, con deseos de hacer; siento que llevo todo eso conmigo, la convicción de que la vida no puede pasar por pasar, hay que crear. Siempre me gustó la coreografía, deduje que este era mi camino, y he sido arrestada, decidida, perseverante. Ayer supe de una persona que abandonó uno de sus sueños, y eso no es así, no podemos abdicar a la primera; se lo repetía a mis bailarinas: hay que perseverar. Leí la biografía de la cantante y actriz estadounidense Barbra Streisand y aprendí un mundo. Ella confiesa que cuando se estrenó en Broadway el musical Funny Girl (1964), no sabía ni cómo actuar, pero no se dio por vencida. Bien lo dice el dicho, «el que persevera triunfa», y claro, también requerimos una pizca de talento. Tal vez en mí coincidieron otras «agravantes»: la gente me sigue, logro aglutinarla, le hago pensar que «sí se puede».
RABOS POR DESOLLAR
Tanto o más que deseos de hacer, las suyas serían necesidades, y necessitas caret lege (la necesidad carece de ley), es decir, lo que hacemos a impulsos de una necesidad ineludible no se nos puede inculpar...
¡Gracias por la atenuante! —volvió la sonrisa infantil—. Hay una anécdota: en cierta ocasión una profesora nuestra oyó a un joven artista hablando mal de mí; ella cuenta cómo un adulto que se encontraba en el lugar, aún sin conocerme, le dijo al muchacho, «no sabes lo que estás diciendo; a Lizt Alfonso y ballet nadie le regaló nada; todo se lo ganó con su trabajo; el profesionalismo, la disciplina que ella exige y que tú le criticas, es la que debía de reinar en todos los lugares». Cuando el joven se hubo marchado, el hombre le dijo a la maestra: «Estoy seguro que la Alfonso es tan entregada a su trabajo, que en un momento de intimidad con su esposo, sería capaz de decirle, “mi amor, espérate un momento, tengo una idea”.» He ahí una necesidad ineludible... (Ahora reímos en trío: Lizt Alfonso, Nancy López, testigo de vista y oídas, y Alma Mater.)
Una última pregunta, ¿por qué no hay hombres en la compañía?
Las mujeres tienen preponderancia, pero en la escuela ya empezamos a aceptar varones, desde el pasado año. La nueva idea, la pensé por el camino, cuando ya el «Lizt Alfonso» cosechaba logros, es poder hacer una compañía semejante a la de las mujeres, pero solo con hombres; esta también sería una experiencia interesante, aunque difícil; si mantener una agrupación ya cuesta mucho, ¡cuánto habría que esforzarse para empujar las dos! Con todo, ya estamos trabajando en eso, poniendo las primeras piedras, recibiendo a los niños; quizás nosotras no podamos ver cumplido el sueño, hay empresas para las que hacen falta muchas vidas, porque una sola, aunque sea entera, no les alcanza; pero otros vendrán después, estoy segura, y el fin coronará la obra.
¿Y mientras?
Seguiremos convocando a los niños para que vengan a aprender, aunque luego se marchen con su baile a otra parte. ¡No importa!, lo verdaderamente necesario es que el talento no se pierda: ese es nuestro modo sencillo, callado, tenaz, de hacer Revolución.
«Belén, Belén, Belén,/
adónde etá tú metía/
que po to Jesús María/
yo te buscá y no te encontrá...»
Tarareábamos conscientemente el tango-congo, mientras recorríamos, al atardecer, hacia el oeste, el tramo de la calle Luz que va de Compostela a Monserrate.
«Yo etaba en casa e Li´Alfonso/
que ayer me mandó a buscá/
en el casón de la esquina/
para aprendééééééé a baiiiiiiilááááááá...»
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