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Sección Entrevista

 

 

UN LIBRO EN LA CORNISA

“La imagen la tomamos de Federico Mayor Zaragoza, el primer entrevistado del libro por orden de aparición —dice Hilario Rosette—. Hacia el final del diálogo Federico nos recuerda que en la vida de los seres humanos hay muy pocas certezas (yo después aprendí que hay solo una, la de que pasaremos a mejor vida) y muchas incertidumbres, así que nuestra existencia transcurre «en la cornisa, frente a la bruma»”.

Por Jorge Sariol

Escribir un libro entraña riesgos. Cuando por fin sale a la calle, es como si uno estuviera en una cornisa y se lanzara al vacío. Unos se desploman en el pavimento, otros logran planear por algún tiempo, para terminar también en el asfalto; pero los hay que planean, remontan vuelo, y como un vademécum suben y bajan, consultados y vueltos a consultar, porque en ellos hay memoria viva.

La obra El hombre en la CornisaCasa Editora ABRIL, 2006de Hilario Rosete Silva y Julio César Guanche pudiera ser de estos últimos, y catalogarse como la obra-de-todas-las-vidas, aunque en él se recogen solo 18 existencias que se han encontrado a sí misma en su tránsito por este mudo.

No es un libro de entrevistas recopiladas en un volumen —que tuvo a El Toro por los cuernos como una suerte de primea parte—, para perpetuar la memoria de gentes que ya están marcados para dejar impronta por sus vidas vividas.

Sus autores reúnen en un volumen entrevistas—publicadas en la revista Alma Mater—a personalidades cubanas como Alicia Alonso, Ricardo Alarcón de Quesada, Roberto Fernández Retamar, Diosdado Pérez Franco, Mario Coyula… entre otros; sin embargo la presencia de la bailarina, el político, el poeta, el profesor o el arquitecto no es solo por la excelencia de sus perfiles. Es sobre todo por su compromiso —consigo mismos y con los demás—en el transcurso por esos perfiles. Así ocurre con todos los entrevistados, por demás, a todas luces, gustadores del arte del diálogo.

Dos extranjeros se reúnen también en el libro: Federico Mayor y Hebe de Bonafini, pero quien escribe estas líneas sabe que pudieron incluirse otros más, o que bien pudieron hacerse dos libros; con los de aquí y los de allá.

El saldo primero para los autores es que las entrevistas cumplan el cometido de servir de referencia o al menos de hallazgo para el que las lea, y que el libro, desprendiéndose de la cornisa, vuele; pero uno de los entrevistadores, Hilario Rosette Silva, compañero de batería en la redacción de la revista Alma Mater nuestra de cada mes,confesó  otro pecado, que no todos se atreven a dejar explícito: “Es difícil no emocionarse cuando uno le oye decir a Federico Mayor aquel viejo refrán, «Nunca hay buen viento para quien no sabe a donde va»; o cuando Hebe de Bonafini explica cómo la Asociación de Madres de Plaza de Mayo «socializó la maternidad»; o cuando Ricardo Alarcón afirma que el hecho de que Carlos Manuel de Céspedes haya liberado a los esclavos «no tiene gracia»; o cuando Alicia Alonso, sin hablar, tantea la superficie de la mesa a la que estamos sentados, para buscar y oprimir el «play» de un reloj parlante, escucha que ya es la hora, y se aplica ella misma unas gotas de colirio en sus ojos, delante de los nuestros...”

Por todas estas razones —y por las ocho que vienen a continuación—, Hilario no pudo negarse a que le aplicara la sentencia de que «a quien de entrevista vive no puede padecer de un reportaje». Esto, en espera de que al otro «culpable» —Julio César Guanche— pueda yo tenderle una emboscada.

El Hombre en la cornisa suena como a título cauteloso… por si acaso.

La imagen del hombre en la cornisa la tomamos de Federico Mayor Zaragoza, el primer entrevistado del libro por orden de aparición. Hacia el final del diálogo Federico nos recuerda que en la vida de los seres humanos hay muy pocas certezas y muchas incertidumbres, así que nuestra existencia transcurre «en la cornisa, frente a la bruma».

Como yo aprendí, poco después, que hay solo una certeza, la de que pasaremos a mejor vida, admito que comenzamos a ser felices el día en que comprendemos dicha gran verdad: solo entonces dejamos de auto engañarnos y nos libramos de la autocompasión.
                                   
¿La entrevista es tu violín de Ingres?

Hilario Rosete Silva

En el francés coloquial, la expresión «le violon de Ingres», significa un pasatiempo que se ejecuta con brío y pasión. La entrevista no deja de ser para mí un pasatiempo que realizo así, con resolución y energía, pero, ¡ay!, también es deber, obligación, responsabilidad y compromiso. Mis entrevistas son combates, sobre todo conmigo mismo, luchas en las que me veo forzado a vencer mis propios límites. Además, por misterio y misericordia divina, durante los últimos 9 y medio años la entrevista fue para mí un tratamiento antirretroviral de efectividad milagrosa.

¿Cuál es  la media que existe entre el dulce entrevistador y el ácido inquisidor?
¿Vas a una entrevista totalmente preparado, siempre dejas margen a la improvisación o no dejas que la conversación siga su rumbo?

A lo primero, sería la paciencia la media (el arte de esperar), mas por mucho que cualquiera lo comprenda ¡el estilo es el hombre!
Al principio iba, creía yo, totalmente preparado —¡Señor, qué pretencioso!—, pero entonces mi paciencia tendía a cero y debía hacer esfuerzos para que el entrevistado no me notase mi vocación de inquisidor.
Con el tiempo dejé de considerarme un entrevistador, y hoy deseo con todas las fuerzas de mi corazón, convertirme en un buen conversador, así que empleo mis mejores esfuerzos, durante la entrevista, en escuchar con paz y, sobre todo, con mucha atención.

¿Luego? En la redacción, cuando ya no tengo delante al entrevistado, salta de nuevo la fiera oculta del entrevistador y selecciono, edito y redacto el material sencillamente como me da la gana, pero, ¡lo juro por Dios!, con respeto absoluto, verdaderamente inusual, del espíritu de la conversación.
En esto último consiste mi único talento.

Para este trabajo, cual fue la pregunta que no hiciste.

Esta pregunta tuya me supera. Para ser auténtico tengo que dejarla sin respuesta. Otra cosa sería ponerme a inventar.

De acuerdo… cambiémosla. ¿La pregunta que nunca harías?

Para ser coherente con aquello de que deseo convertirme en un buen conversador —te estoy revelando un secreto profesional—, «cada vez más… pregunto menos», así que las preguntas que nunca haría cada vez van siendo más: si me pongo a relacionarlas el listado, al presente, sería voluminoso.

Hoy por hoy provoco a los entrevistados —intentando que no me descubran— con palabras, gestos o acciones, y entonces se ponen a hablar, sin yo haberles preguntado nada. Eso es, más o menos, lo que tú has hecho aquí conmigo. Presiento que, o te pasaste todo el día preparándome este cuestionario, o nunca confeccionaste uno tan rápido como este (me inclino por lo segundo): tiene cara, porte evidente de provocación, por eso te lo he contestado con mucha seriedad. Podría decir que contigo caí, con gusto, en mi propia trampa. Por favor, que no se enteren nuestros futuros entrevistados. Pobre del entrevistador al que el interlocutor lo pesque provocándolo: se le cae el cartelito de buen entrevistador:

¿Cuál de todas las entrevistas te dejó como niño con zapato nuevo?

Hilario Rosete Silva

Dije que mis entrevistas son combates. Con frecuencia me veo precisado a batallar con mi propia emoción. Los entrevistados tienen la culpa: ¡salen con cada cosa! Todas las entrevistas reunidas en El hombre en la cornisa me dejaron como niño con zapato nuevo, de lo contrario no habrían sido seleccionadas estas 23, de entre unas 80 que publiqué en las páginas centrales de Alma Mater en los últimos 10 años, para entrar en el libro.

Es difícil no emocionarse cuando uno le oye decir a Federico Mayor aquel viejo refrán, «Nunca hay buen viento para quien no sabe a donde va»; o cuando Hebe de Bonafini explica cómo la Asociación de Madres de Plaza de Mayo «socializó la maternidad»; o cuando Ricardo Alarcón afirma que el hecho de que Céspedes haya liberado a los esclavos «no tiene gracia»; o cuando Alicia Alonso, sin hablar, tantea la superficie de la mesa a la que estamos sentados, para buscar y oprimir el «play» de un reloj parlante, escucha que ya es la hora, y se aplica ella misma unas gotas de colirio en sus ojos, delante de los nuestros...

Todas estas entrevistas me dejaron como niño con zapato nuevo, las guardo como oro en paño.

Intuyo entonces que algo habrás arrancado de ti mismo  —para bien o para mal— en El hombre en la cornisa.

Gracias a él hoy soy más paciente, tolerante y un «tin» más humilde. Así que él me libró de muchas impaciencias, intolerancias y soberbias. Yo le di, sin pensarlo dos veces, las mejores riquezas de todas las que, en mi década de los cuarenta, produjo en mí el efluvio del Espíritu. Él no tuvo piedad. Yo le serví con complacencia, aunque a veces protesté, con dolor, y debí sacar el extra.

Si el Toro… fue la primera de la saga, ¿habrá una tercera parte?

El toro por los cuernos (2000) reunió 8 entrevistas. El hombre en la cornisa (2006) reunió 23, pues varios de sus 18 protagonistas fueron entrevistados más de una vez. Me gustaría poder reunir otras tantas en un próximo libro. La idea no es nueva, la tengo fría y alevosamente calculada. Ya hice la selección. Tengo una propuesta de título para cerrar la trilogía: La cornisa del toro corrido.


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Actualizada: 31 de mayo/2007

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