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CUANDO UN AMIGO SE VA
Por Mario Vizcaino Serrat
La muerte del periodista cubano Eduardo Jiménez, a los 36 años de edad, reaviva la vieja tesis popular de que los buenos se van primero que los malos, nacida ante la desazón que genera la pérdida de personas llenas de virtudes.
La creencia es falsa y nace de la impotencia porque los malos también mueren, pero parece la verdad más rotunda del mundo ante el adiós de un colega como Jiménez, que se fue cuando más deseos tenía de vivir, trabajar y revolver el ambiente.
Era uno de los periodistas más lúcidos de su promoción. Llegó a la carrera, en la Universidad de La Habana, por vocación y aptitud, como solo se puede ser bueno en un oficio que ejerció con intensidad y rigor durante los 13 años que la vida se lo permitió.
Polemista por naturaleza, Eduardo era una suerte de provocador con causa que tenía en la sangre el germen de la discusión, y un amante de la verdad y la justicia, que defendía con esa vehemencia que los pusilánimes llaman inmadurez.
En sus 13 años de trabajo fecundo, Jiménez llegó a formarse un nombre en el sector periodístico de Cuba y a tener lectores que lo buscaban en Juventud Rebelde, Bohemia, o lo escuchaban en la radio o lo veían en la televisión, generalmente entre debates y polémicas, como respirando su mejor aire. Llegó a ser uno de esos profesionales que cualquier director con dos dedos de frente quisiera tener en su plantilla.
Por eso, el día que llegó a Alma Mater a pedir trabajo, a mediados de los 2000, me vi ante un dilema como director de aquella revista: cuál de las dos plazas más importantes, ambas vacantes, le ofrecía: jefe de redacción de la versión impresa o editor de la digital. Creo aun que fue una decisión acertada darle la web, pues estaba desnuda, pidiendo a gritos que alguien talentoso le armara su columna vertebral.
La versión en Internet tenía entonces casi mil visitantes mensuales. Cuando Eduardo se fue de allí, tras dos años de trabajo diario, contaba con unos 15 mil lectores asiduos, la mayoría residentes en Estados Unidos, y la otra parte repartida entre países de América Latina. Recuerdo que durante varios meses bromeamos con la cantidad de visitantes ubicados en Virginia, el Estado donde radica la CIA, y nos preguntábamos si era posible que agentes estadounidenses estuvieran monitoreando Alma Mater.
La adaptación digital, mal hecha y aburrida hasta ese momento, comenzó a cambiar en seguida que él entró, a llenarse de aire polémico, de secciones nuevas y a exhibir el espíritu inquieto e imparable de quien la editaba y la convertía, poco a poco, en un sitio con energía. En la competencia por tener más lectores que establecían las versiones digitales de las seis revistas de la editorial donde trabajábamos, la nuestra fue la de más visitantes en algunos de los cierres mensuales, resultados que elevaban el ego profesional de Eduardo y le daban nuevos impulsos para hacer una revista mejor.
Lector furibundo, con un amor por la buena literatura inculcada seguramente por sus padres, -su papá, profesor universitario- insaciable en la búsqueda de información –para consumo propio y como materia prima para su trabajo- Eduardo sabía discernir entre los géneros periodísticos y explotar cada uno sin confundirlos. Dominaba sus reglas y escribía con vigor, elegancia y sobriedad, tres de las cualidades que ha exigido el periodismo en sus 300 años de evolución como normas infalibles a la hora de conseguir atención de los lectores.
Con defectos, como todo el mundo, opacados ahora por la admiración y la nostalgia, Eduardo Jiménez fue también un buen amigo, un amante inspirado, un hijo amoroso, deseoso siempre del equilibrio familiar.
Hoy, tras meses de ingreso con un cáncer de pulmón, como el fumador empedernido que era, nos preguntamos por qué él y no otro -aunque sea una actitud egoísta- ante su indeseada despedida, sorprendidos incluso porque creíamos que no se iría sin volver a casa a almorzar con sus amigos, como solía hacer y como me dijo que haría cuando lo llamé por teléfono a su cuarto del hospital, donde batalló hasta el final con un ánimo y una fuerza que ya quisiéramos muchos de quienes, hasta hoy, creemos estar saludables.
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