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Zenaida Romeu
EL SONIDO DE UNA DIRECTORA
Por Hilario Rosete Silva
Fotos: Erick Coll e Internet
«Marchando/ vamos hacia un ideal/ sabiendo/ que hemos de...»
—Las marchas y los himnos conformaron la primera banda sonora de la Revolución, fueron el pan de los años sesenta, se oían por todas partes, a toda hora.
«Adelante,/ adelante la heroica guerrilla,/ guerrillero adelante...»
—Yo era una niña, así que no podía participar directamente en la epopeya, la seguía por la televisión, eran hechos dinámicos, singulares, en ocasiones violentos, ¡todo se removía!
«Y se acabó la diversión,/ llegó el Comandante/ y mandó a...»
—El setenta por ciento de mis congéneres emigró, no había patrón para evaluar la ética naciente, porque todo el comportamiento humano y, por supuesto, el sistema de valores, eran el reverso de la moneda, de lo que el país había visto y vivido hasta entonces.
Zenaida Romeu, directora de la Camerata que lleva en el nombre su apellido, figura en la tercera descendencia de una célebre estirpe de músicos cubanos. Por segunda ocasión en diez años, compartimos opiniones con ella.
«El silencio del monte va/ preparando un adiós/ la palabra que...»
—Las marchas y los himnos, y muchas piezas de valor patriótico y social, precedieron a otro gran fruto, la Nueva Trova. Conocí a Silvio por los días en que, a punto de ser desmovilizado del Servicio Militar, y trabajando él como caricaturista, comenzó a visitar a mi prima Belinda, quien también empezaba a componer. Recuerdo el intercambio entre él y mi tío Mario Romeu, director de la Orquesta de la Televisión: «¿Esas canciones son suyas?», le preguntó al novio de su hija. Y Silvio, desde entonces irreverente: «¿Usted lo duda?» En 1967, con el apoyo de mi tío, Silvio Rodríguez debutó en televisión, en el programa Música y Estrellas que dirigía Manolo Rifat.
«Yo he visto a un niño/ llorando su suerte/ y me pregunto...»
—La segunda banda sonora de la Revolución quedaría integrada por esos textos lúcidos de la Nueva Trova, que aún sigue vigente, con otros nombres, y con altas y bajas en sus promociones. Hoy la trova tiene su propio espacio para la creación, y también para la divulgación, gracias a esa institución maravillosa que es el Centro Pablo.
No estamos, como la vez primera, en el entorno de la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís, la sede de la Camerata Romeu, allá en La Habana Vieja, frente a la Lonja del Comercio. Hoy, la presidencia del acto, está a ras del suelo del jardín de este ecléctico palacete que, entre 1925 y 1927, el magnate criollo Juan Pedro Baró mandara a construir para regalárselo a su bella esposa, Catalina de Laza. Unos doscientos dirigentes estudiantiles de todas las universidades de la Isla se han reunido aquí, junto a esa arteria aorta del Vedado que es la calle Paseo.
«La era está pariendo un corazón/ no puede más,/ se muere...»
De nuevo la FEU celebra un Consejo Nacional. También son invitados Alfredo Guevara, el fundador del ICAIC y presidente del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana que, en lugar de cineasta, prefiere autodefinirse como revolucionario socialista; «El Chino» Heras, mentor del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, autor de Los pasos en la hierba, el libro de cuentos que en 1970 obtuviera mención única del premio Casa de las Américas, y Julio César Guanche, nuestro copiloto en El hombre en la cornisa, director de Alma Mater entre 1998 y 2000, jurista devenido ensayista. La FEU les ha pedido reflexionar, en el octogenario palacete, actual Casa de la Amistad, herencia del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, sobre el ideal de joven revolucionario. En próximos números volveremos, por separado, con cada uno de ellos: este es un viaje de circunnavegación de las palabras de Zenaida.
«Belén, Belén, Belén,/ adónde etá tú metía/ que po to Jesús María...»
El auditorio remonta el tiempo. Zenaidita, con cinco años, se para en jarras frente a Zenaida Romeu madre: «¡Conque dándole clases de piano a todo el mundo y a su hija no!» Los alumnos de Zenaida madre se examinaban en el Conservatorio Internacional, donde hoy está la Manuel Saumell. En 1967, Zenaida hija se graduó allí de profesora de teoría y solfeo.
—Tuve que decidir entre ingresar en la universidad para estudiar Psicología o seguir en la música. Mi conciencia me llamó a capítulo: «¿Qué vas a hacer en la Psicología, si tienes una familia que lleva cien años defendiendo la música?». Ingresé en la Amadeo Roldán (nivel medio), pero hacían falta profesores en la García Caturla (nivel elemental), y para que mis prácticas no coincidieran con las clases que recibía, trasladaron mi matrícula hacia otra escuela de nivel medio, la ENA, reservada, preferentemente, para educandos de otras provincias. Aún no existía una Universidad del Arte en Cuba, lo máximo era la ENA, la escuela que había creado Fidel al triunfo de la Revolución. Una vez le oí decir que las escuelas de arte habían sido para él como la novia de la adolescencia. Él siempre tuvo una visión muy amplia sobre la necesidad de contar con una escuela de arte nacional, a la que tuviesen acceso todas las capas de la sociedad.
«Siboney,/ de mi sueño,/ te espero con ansias/ en mi...»
—La vida me ha propiciado varios encuentros con el Comandante. El primero fue en 1989. Yo había dirigido, al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional, el Concertoratorio que el compositor francés Michel Legrand, por encargo de F. Mitterrand, entonces presidente de Francia, escribió con motivo del bicentenario de la Revolución francesa. El ICAIC decidió estrenar la obra en el cierre del XI Festival de Cine de La Habana, con el propio Legrand al piano. Después del concierto, Fidel nos recibió, a varios compañeros, en el Palacio de la Revolución. Yo no sabía qué decir, me había hecho un pelado muy bajito para ese concierto, todavía llevo el pelo así, y él me tocó la cabeza como si yo fuera un niño preguntándome sobre el concierto.
Los mármoles de Carrara, los cristales de Baccarat, y los interiores Art Déco de la casa, aguzan las orejas: si bien Zenaida ingresó en la ENA para ser instrumentista, también es cierto que a mitad de curso matriculó dirección coral con Agnes Kralowvski. De no haber sido por la Revolución, la Kralowvski, de origen húngaro, nunca habría estado aquí. Ella vino casada con otro de los privilegiados, de los enviados por el Estado cubano, en los años sesenta, a estudiar música a Europa, la cuna de Schumann, Bach, Brahms, Bartok...
«Cuba,/ corazón de nuestra América./ Miliciana radiante sobre...»
—Muchos de aquellos estudiantes estaban en «edad casamentera», y regresaron con sus parejas, y estas colaboraron con nuestra enseñanza musical. Tuve magníficos profesores, formados dentro y fuera del país, venidos de centros como el Conservatorio Chaikovski de Moscú: todos ellos compartieron sus conocimientos con nosotros, como si aquello, la transmisión de su saber, fuese lo más importante, la esencia de sus vidas.
La noche es húmeda y por lo mismo calurosa. La expectación crece. Graduada de la ENA, Zenaida fue derecho al ISA, instituto que en ese año estrenó su curso regular diurno, curso del que es fundadora y al que llegó cambiando leyes: ingresó en dirección coral, pero la Kralowvski, ¡de nuevo la Kralowvski!, la persuadió para que así matriculara dirección orquestal —con el profesor Gonzalo Romeu—. Está claro que allí no había antecedentes de alguien que hubiese estudiado dos carreras a la vez, pero ella lo logró.
—Fui una privilegiada y una afortunada: eso de que cuando terminé la ENA, se abriera el ISA, ¡el primer instituto superior de arte en América Latina!... Luego, todos sabemos que la dirección orquestal en Cuba siempre fue privativa de hombres, y que, además, nunca se había estudiado, como carrera, en ninguna academia del país. La profesora húngara creyó en mis posibilidades, y la Revolución me dio el espacio, ahí es donde personalmente yo sentí la Revolución, «de-verdad-de-verdad»: me dio la posibilidad de introducirme en esta profesión, la más abstracta, la más distante de la mujer en el mundo de la música.
«Tres,/ tres/ lindas cubanas/ si paso por Paso Franco,/ alma mía...»
«De-verdad-de-verdad», también Zenaida Romeu madre había sido directora de orquesta, empíricamente, quizás sin autoconsiderarse como tal ni ufanarse por ello. Los catálogos musicales hablan de su notable labor como «pianista acompañante», sin revelar que el tal acompañamiento, las más de las veces, no fue otra cosa que pura dirección. En tal sentido descuellan los estudios de la doctora Victoria Eli, musicóloga y profesora, trabajadora del Centro de Investigación y Desarrollo de la Música Cubana, y del ISA. Victoria le hizo honor a Zenaida Romeu la pianista, la mamá de Zenaidita, al aportar el dato al nuevo Diccionario de la música española e hispanoamericana (SGAE, Madrid, 1999-2002).
—Desde que el mundo conoció la dirección orquestal, la batuta la llevaron los hombres. Mi formación para esta profesión era un atrevimiento, pero la Revolución era atrevida, y les daba posibilidades antes inimaginables a las mujeres, a los campesinos, a los negros, a los marginados. Entonces dio igual la edad, el sexo, el color de la piel; solo importaron el deseo, la voluntad, la capacidad, el talento, para que cada cual fuese lo que quisiera ser, médico, músico, cineasta, veterinario, yo decidí ser directora de orquesta.
La creación de la orquesta femenina Camerata Romeu, es su mejor obra en defensa de la mujer cubana. La Camerata es una abanderada de nuestra cultura que, en su misión de buena voluntad, no necesita ni «trovas» ni arengas, le basta con ofrecer un concierto: ver actuar a las jóvenes músicas, les mueve el piso a los «incrédulos».
«Y como/ de matarme tratan/ se agolpan unas y otras/ y...»
—A mí me han cuestionando que nosotras no podemos saber quién fue el Padre Varela... Cómo no vamos a saber quién fue el que nos enseñó a pensar, y quién fue José de la Luz y Caballero, y cómo en el siglo XIX el pensamiento cubano fue cristalizando. También en la música ocurrió una fusión, gracias al genio de creadores como son Ignacio Cervantes y Manuel Saumell, precursor uno, iniciador el otro, de nuestro nacionalismo musical.
Zenaida recuerda que en Cuba también hubo un Amadeo Roldán y un Alejandro García Caturla, fundadores del moderno arte sinfónico nacional, donde se juntaron los valores aportados por las culturas de origen africano e hispano. Cervantes, Saumell, Roldán y Caturla, fueron innovadores, rompieron cánones.
—De la misma manera, cómo olvidar al Grupo de Renovación Musical, creado en 1942 en La Habana, bajo la guía de José Ardévol, grupo donde militó Harold Gramatges, hombre que está entre nosotros y que, como todo buen músico, ha vivido en el constante esfuerzo por desentrañar los sonidos de las cosas. ¿Alguien se ha preguntado, por ejemplo, cuál es el sonido de la Naturaleza, qué sonido tienen el valle de Viñales, o el de los Ingenios, el malecón de La Habana, qué sonido tenemos nosotros cuando nos divertimos o lloramos?
Todas las ideas que pueblan la mente y son expresadas por el hombre a través de la materia, la imagen, el lenguaje y los gestos, también pueden plasmarse mediante sonidos.
—Y es el músico, en tanto artista, el que se encarga de engendrarlos; el músico es un creador de realidades que no existen; Caturla, pongamos por caso, fue el primero que escuchó esos sonidos en su cabeza; su obra es una suma de nacionalidad y universalidad, de tradicionalismo y actualidad.
«Mamá ellos son de la loma,/ Mamá ellos cantan en...»
—Otro hito musical es el surgimiento de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, entidad de orientación ideológica socialista que, surgida en 1951, contraria al colonialismo cultural, agrupó a jóvenes interesados en el desarrollo del arte nacional. Muchos de sus miembros, ya en la Revolución, dirigieron o impulsaron los primeros proyectos culturales.
El tono de Zenaida es cariñoso, cordial, cortés y auténtico; de joven leyó mucha literatura, y entre los libros que hicieron mella en ella o en su generación distingue a Germinal, de Zola; Un hombre de verdad, de Boris Polevoi; y las obras de Alejo Carpentier.
—Por los libros conocemos la mentalidad del autor, su filosofía. Mas para conocer la obra de un compositor, precisamos intérpretes, estudios de grabaciones, soportes y equipos de reproducción. Ya no hay tocadiscos ni grabadoras de cintas; ya el disco de placa es obsoleto. El propio CD, inexistente cuando yo estudiaba en la ENA o el ISA, ya empezó a fenecer: ahora la gente desea un DVD, no solo quiere oír el concierto...
También pretende verlo, comprobar que el intérprete toca bien, fijarse en los gestos de los músicos, contemplar las locaciones, la reacción del público, las luces, la escenografía.
—Pero no todos tienen un lector de CD, o una grabadora de casetes, y menos un DVD, y, amén de los conciertos, esos son los soportes y medios con los que hoy se escucha y divulga la música. Hace poco hubo días y noches de libros (primero La noche de los libros en el Vedado y luego Lecturas en el Prado en el borde de La Habana Vieja), y cada cual compró los que quiso, pero, ¿y la música, cuántos llevaron música a sus casas?, ¿quién pudo oír una sinfonía de Beethoven?, ¿cuántos escucharon a Mozart?, ¿quién tiene un disco de Matamoros o de María Teresa Vera?
«¿Quién le dijo que yo era/ risa siempre,/ nunca...»
—Toda una zona de la música, por desconocida, permanece indefensa, y, por consiguiente, buena parte de los jóvenes está huérfana de instrucción musical. ¿Qué hacer para combatir dicho analfabetismo musical, para que nuestros jóvenes no continúen viviendo a expensas de los gustos de los programadores de radio y televisión? Hasta tanto no garanticemos el acceso de la mayoría a los nuevos medios y soportes, es preciso atraerlos a las salas de conciertos.
Los jóvenes aprecian la música bailable, pero debemos descubrirles otros géneros, música clásica, vocal, instrumental, darles la posibilidad de enriquecer su mundo sonoro, acercarlos a otros modos, hasta aquí no experimentados por ellos, de disfrutar la vida.
—No les voy a exigir que asistan todos los días, o todos los domingos, a un concierto, pero sí que incentiven esa zona de la cultura, ese universo interior, que se alimenta con sonidos; de manera que mi deber en este espacio, también es llamar la atención sobre las salas de conciertos que deben ser restauradas. Sepan ustedes que el ambiente, el ámbito del sonido, es misterioso. Aquí tenemos un micrófono, pero la música de concierto debe ser escuchada en salas que tengan una acústica especial: ciertas experiencias solo pueden vivirse si se asiste a un concierto en vivo, en directo, con los músicos tocando ahí, delante de uno...
Se impone investigar, examinar, debatir y hallar soluciones para superar la monotonía, la «monovalencia musical» en el seno de la sociedad contemporánea.
—Usted va caminando por la calle, y encuentra que este vecino tiene puesto un reguetón, y sigue caminando, y se topa con que otros vecinos, en cuadras adyacentes, están oyendo el mismo reguetón, y usted termina oyendo reguetón. Y el reguetón puede ser muy simpático, pero, me decía un colega, es como decir, «asere, qué volá». Y «asere, qué volá», aún dicho en un tono amistoso, reduce a su mínima expresión un lenguaje que podría ser diverso: el empobrecimiento del lenguaje también se está dando en la música, hay que asumirlo, pero no como la única variante.
«No lo van a impedir las soledades/ a pesar del otoño...»
—Cada uno debe negar el facilismo, hay una gama de posibilidades; hay que indicarles a los que están en derredor, que podemos, por ejemplo, sintonizar CMBF, una de las dos estaciones únicas en Cuba –la otra es Radio Reloj, única en el mundo–. Quizás estén transmitiendo un programa que no es afín con uno, pero escuchémosla en otro momento: CMBF brinda información interesante, personalidades de nuestra cultura han reconocido que le agradecen a la Radio Musical Nacional parte de su saber melódico.
El encuentro está por concluir. Los jóvenes consideran el estado del arte de la difusión y promoción musical en la Isla y se interesan por su destino. Zenaida, «sin perder la ternura», no aboga por la prohibición, y para ello enfoca la cuestión desde el pop.
—El término pop, aplicado a la plástica, denota el empleo de objetos cotidianos no propios del arte. Asimismo, dicha partícula está en la raíz de la voz latina popularis, popular. Sin embargo, la música pop cobró particular dimensión; en un festival internacional, las cantantes pueden ser de cualquier lugar, pero todas las canciones son del mismo corte, y este es el fruto de una globalización que nos está uniformando.
Es una realidad de la época. Pero el asunto no está en prohibir o denegar, sino en buscar y proponer otras fórmulas que enriquezcan al ser humano.
—El reguetón ocupará su espacio, su vida, tal vez le sucederá como a la lambada, que tuvo su boom, pasó y nadie la recuerda; lo que pasa es que simultáneamente tendrían que haber otras opciones, para que el hombre tenga de dónde escoger, según lo que le interese o convenga. Y claro, la cultura nace desde la cuna, desde que la madre entona para su hijo la primera tonada; el futuro del niño dependerá, en buena medida, de si la madre le canta a su bebé una nana o un reguetón; y de sus «seños» del círculo infantil, que a veces no son las idóneas, y les inculcan formas groseras de hablar o conducirse, próximas al llamado «perreo»... Si la institución, por la emergencia, emplea este tipo de personal, entonces la familia está obligada a ser más fuerte, para salvar la tradición y, con ella, nuestra cultura.
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«¿Dónde está la Ma’Teodora?/ Rajando la leña está/ Con su palo y...»
—Tratándose de la FEU, el Movimiento de Aficionados, que en una época fue muy pujante, podría ayudar; ese es un modo de acercarse, tener vivencias propias, enriquecerse. Una joven del Centro Universitario de Guantánamo nos contó sobre el esfuerzo que hizo para aprender a tocar el violín, la felicito: hasta personas de leyenda aprendieron a tocar un instrumento para su crecimiento espiritual individual.
Si los jóvenes de los sesenta tuvieron su momento épico, así los de hoy tendrían el suyo.
—Pero no solo desde la resistencia, sino también negando la papilla ideológica. No basta con alzar una consigna, estudiar en la universidad, ser de la FEU y recitar los contenidos. Si adquirimos conocimientos, es para convertirnos en sujetos activos, esa es la heroicidad a la que estamos llamados. Jóvenes de amplia cultura, seducidos por diversas expresiones artísticas, conformarán la más armoniosa y definitiva banda sonora de la Revolución. Sus necesidades no podrán ser las mismas de mi generación; ellos están haciendo su camino, su historia; no pueden aceptar como válidas, fórmulas que ya antes resultaron inservibles; tienen que persistir, ser creativos, hallar las nuevas soluciones para los nuevos tiempos. ¡No a la papilla ideológica!, ese es el mandato que les dejo para su reflexión.
«Marchando/ vamos hacia un ideal/ sabiendo/ que hemos de...»
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