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UNIVERSIDAD DE LA HABANA
BRAZO DERECHO DE TRABAJO SOCIAL
Por Hilario Rosete Silva
Fotos: Abel Ernesto
A fines de 2002, el Centro de Estudios Sobre Juventud celebró su 4to Taller de Resultados en la Escuela de Trabajadores Sociales de Cojímar, y Rubén Zardoya Loureda (La Habana, 1960), entonces director del plantel de formación emergente, al presentar el proyecto de Cátedra de Estudios Sobre Juventud de la Escuela, narró las circunstancias en que había nacido este programa y destacó los hitos de sus dos primeros años de vida.
Cuando Zardoya —así lo llama el mundo académico— concluyó su relato y salió de la sala, los redactores lo abordamos. «¿Y qué hicieron con aquella entrevista?», nos preguntó, recién ahora, cinco años después, el hoy rector (desde junio de 2006) de la Universidad de La Habana (UH), al recibirnos en el despacho del rectorado.
«Nada», confesamos de plano, «ya entonces presentíamos que publicaríamos los detalles cuando la historia llegase al clímax de afinidad con nuestro perfil editorial, y que quizás para esta fecha ni usted mismo recordaría los pormenores».
«Estaban en lo cierto», razonó el antes decano de la Facultad de Filosofía e Historia de la UH (entre 1995 y 2001), «y no solo porque si al presente oyésemos esa grabación, sería yo el que me pondría a tomar notas, sino también porque el pasado 4 de julio de 2007 recibieron sus títulos, en la persona de los alumnos destacados, los primeros graduados del programa de universalización de la enseñanza superior (en lo adelante, universalización), noticia que sería pan y miel para Alma Mater».
El rector de la UH, primero licenciado (1983) y luego doctorado (1987) en Filosofía por la Universidad Estatal de Rostov del Don, urbe del suroeste de la Rusia europea, llamó a esta graduación cubana la «primera de la nueva universidad»: «Entre el disfrute y el asombro, les entregué sus diplomas a dos jóvenes, una muchacha y un muchacho que fueron alumnos míos, que egresaron, en su momento, de la Escuela de Trabajadores Sociales de Cojímar, ¡vean si la historia no alcanzó su apogeo, y si no es tiempo de revisarla y recontarla!»
La Escuela de Cojímar se inauguró el 10 de septiembre de 2000. Días atrás, el 15 de agosto, el anterior rector de la UH, Juan Vela Valdés, hoy ministro de Educación Superior, había citado a los decanos de las facultades de Ciencias Sociales y Humanidades para imponerles sobre el nuevo programa. «¿Y cómo justificar», rumiaría el lector más rebelde, «que en el umbral del nuevo curso académico 2007-2008, período en el que la UH festejará su aniversario 280 (el 5 de enero de 2008), de pronto Alma Mater se aparezca hablando de las Escuelas de Trabajadores Sociales?»
«Fácil», alegaríamos en el acto: «Empleamos la voz Escuela, para señalar el centro docente y escuela, para nombrar la expresión metodológica, de ahí que quisiéramos no solo registrar el aún breve paso entre nosotros de las Escuelas de Trabajadores Sociales, de cuya fundación Zardoya es uno de los pioneros, sino que, en síntesis, deseáramos reconocer las más recientes luces de la escuela cubana de trabajo social y, con ellas, la salud de la universalización. A fin de cuentas, la aparición de las Escuelas, los últimos jalones de la escuela criolla de trabajo social —profesión que tiene otros antecedentes en la Isla—, y hasta la mismísima universalización, se deben a la existencia de una sólida universidad, institución que, encarnada en la UH, ya está en el año 280 de su edad».
Hija de la praxis
Usted aseveró —hizo rumbo Alma Mater— que los decanos de las facultades de Ciencias Sociales y Humanidades fueron convocados por el rector el 15 de agosto de 2000.
Se nos hizo saber que habíamos recibido un encargo del Comandante —confirmó Zardoya—, y luego, en la reunión, supimos que 21 días después se abriría una Escuela de Formación Emergente de Trabajadores Sociales, y que seríamos nosotros quienes concebiríamos los programas, elaboraríamos los textos y fungiríamos como profesores. ¡Ahí mismo concluyeron las vacaciones! La doctora Rita González, entonces decana de la Facultad de Lenguas Extranjeras, fue designada directora: su labor fundacional fue meritoria.
El análisis de los antecedentes arrojaría luz sobre el asunto.
Por iniciativa de Fidel, cientos de estudiantes universitarios habían visitado las casas de los municipios próximos a la Plaza de la Revolución, estimulando la participación del pueblo en el acto por el 26. Los hechos derramaron el pensamiento sobre la necesidad de hallar formas novedosas de atención, movilización y comunicación con las masas, y de lucha y combate contra las desigualdades y discriminaciones emergentes.
Poco después el propio Fidel tuvo noticias de que, por varias causas, mil 300 bachilleres de Ciudad de La Habana no habían logrado ingresar a la enseñanza superior. Con ayuda de la UJC, se decidió entrevistarlos y hacerles una propuesta inédita: podrían pasar un curso de Humanidades, de tres meses —en la práctica fueron cinco—, que los capacitaría para realizar labores como las efectuadas por los estudiantes en vísperas del 26, de modo que en el curso 2001-2002, ya como trabajadores-estudiantes, pudieran matricular una carrera sin hacer exámenes de ingreso. Casi la mitad de los jóvenes aceptó la oferta y con ellos se inauguró la Escuela. Las experiencias fueron positivas: se decidió organizar un segundo curso.
Entonces la idea no nació de una vez.
La idea tomó cuerpo con la vida. El segundo curso se diferenció del primero porque involucró a jóvenes bachilleres que llevaban tiempo desvinculados del estudio. Algunos se habían pasado hasta cinco años sin estudiar, y otros, por el estilo, ni siquiera tenían vínculo laboral y sufrían deformaciones de conducta. La labor educativa fue más ardua.
Imperio de persuasión
Ahí comenzó a hablarse de los 30 ó 40 mil graduados y se hizo evidente que las Escuelas de Trabajadores Sociales de nuevo tipo, habían llegado para quedarse.
Los cursos cobraron carácter permanente, extendidos a un semestre alargado, y el programa se generalizó. Las Escuelas de Santiago de Cuba, Holguín y La Habana, tendrían, cada una, capacidad para 2 mil alumnos, y la de Santa Clara, para mil 200. Las cuatro instalaciones garantizarían la formación de jóvenes de los 169 municipios del país. El tercer curso de Cojímar, realizado entre noviembre de 2001 y julio de 2002, acogió a mil 850 estudiantes del occidente de la Isla, y a 150 alumnos venezolanos.
¡Ese fue su bautismo como director!
Los cambios continuaron. En el lapso 2002-2003, extendimos el curso a dos semestres y les dimos prioridad a los estudiantes egresados de onceno: solo una cuarta parte de la matrícula de aquel cuarto curso estuvo formada por graduados de duodécimo (provenientes de Ciudad de La Habana). Los alumnos terminarían la Escuela con los títulos de Trabajador Social y Bachiller en Humanidades, y matricularían en las SUMs, como trabajadores-estudiantes, una carrera de Ciencias Sociales o Humanidades, de nuevo sin tener que realizar exámenes de ingreso. La opción resultó muy atractiva para los que, sintiendo vocación por el trabajo social, querían asegurar su entrada a la educación superior.
Concluido el cuarto curso, usted dejó de ser director de la Escuela.
El equipo de dirección también lo integraban la subdirectora docente, Marta Moreno, quien durante años fue vicedecana de la Facultad de Derecho, y otros destacados profesionales. A este mismo grupo directivo se nos dio la tarea de tutelar, de forma simultánea, la formación de jóvenes latinoamericanos en la esfera del trabajo social y, luego, de coordinar, en una primera fase, el nuevo programa de formación de médicos latinoamericanos.
Para cumplir tales mandatos, ¿de cuál patrón educativo se valieron?
Con un sistema de exigencias renovadas y progresivas, logramos eliminar el reglamento disciplinario para crear un modelo basado en el «imperio de la persuasión». Para eso contamos con un equipo de trabajo por cada grupo, integrado por el profesor guía, el instructor educativo, un cuadro de la UJC o la FEU, y los profesores de las asignaturas. Estamos hablando de una escuela de nuevo tipo, que tuvo su germen en la de Cojímar, y se perfeccionó con la formación de jóvenes latinoamericanos en la esfera del trabajo social y la coordinación del nuevo programa de formación de médicos latinoamericanos.
De Cojímar a Robinson
Hablamos de un nuevo modelo y de una nueva escuela ¿para la educación superior?
En la preparación de los trabajadores sociales cubanos de los últimos siete años —alumnos de las Escuelas de Cojímar, Santiago de Cuba, Holguín y Santa Clara—, distinguiríamos dos momentos. Al inicio ellos vencen un curso de formación preuniversitaria que los habilita para ejercer labores de trabajo social, y luego ingresan en la universidad (en las SUMs). Pero sería correcto enfocarlos como universitarios desde que entran en aquellas Escuelas, porque de la misma forma muchas universidades del mundo tienen facultades preparatorias, propedéuticos, entidades preuniversitarias. El nuevo programa de formación de médicos latinoamericanos también denota enseñanza superior. Mientras, en la formación de jóvenes latinoamericanos en la esfera del trabajo social, se mezclaron varios tipos de enseñanzas.
¿En qué detalle de estas experiencias quisiera usted que se fijaran los educadores?
En lo que denominamos atención diferenciada a cada estudiante. Es preciso creer que cada alumno representa un valor en sí, y que debe ser atendido y querido con su especificidad. Un cirujano interviene a un paciente, le encuentra un tumor, y no por eso lo desprecia o abandona a su suerte. Así un estudiante con problemas debe ser un reto para el profesor.
¿Cómo siguió la historia de las Escuelas, en especial la de Cojímar?
Presidido por Fidel, el acto oficial de graduación del tercer y cuarto cursos de la Escuela de Cojímar, se celebró el 21 de julio de 2003 en el Karl Marx. Los egresados cubanos, más de 3 mil 300, provenían de Pinar del Río, La Habana, Ciudad de La Habana, Matanzas y la Isla de la Juventud. Unos mil 700 eran del tercer curso y en esa fecha ya estaban enrolados en los programas de la Revolución. El resto venía de finalizar sus estudios. A los cubanos se les sumaron casi 170 jóvenes de Venezuela, a quienes se les envió un saludo, pues igual ya se encontraban trabajando en la Misión Robinson, la campaña de alfabetización que se abre paso en la hermana nación. Fue entonces cuando a nosotros se nos dio la tarea de coordinar la formación de jóvenes latinoamericanos en la esfera del trabajo social, pero, simultáneamente, todavía en Cojímar se organizó un quinto curso con carácter interno.
Fuego graneado
Tenemos por entendido que la Escuela de Trabajadores Sociales igual se «municipalizó», y que cobraron auge las figuras del tutor y las casas de estudio.
Se habla de que en algunas provincias las casas de estudio suman cientos. Esto habría que precisarlo con la actual directora de la Escuela de Cojímar, la doctora Norma Barrios, quien fuera vicedecana docente de la Facultad de Comunicación. Hace poco, ella realizó una impactante exposición en el Consejo Universitario. Los avances son grandes. Desarrollamos el concepto de que la mejor clase la damos en la localidad, en la cercanía del lugar donde surgen y se resuelven los problemas.
Estamos trabajando en la creación de una carrera de Trabajo Social. Notorios especialistas integran la Comisión de Carrera. También le damos los últimos toques a una especialidad que, por su nivel, equivale a una maestría, y no está lejos el momento en que tendremos un doctorado en Trabajo Social. Todas estas son tareas de la universidad; somos nosotros los que hacemos los planes, las guías, los libros, las conferencias... De muchas maneras continuamos allí, en esas Escuelas, «arterias coronarias de la universalización».
Ahora que la menciona, ¿de dónde proceden hoy los alumnos de la universalización?
Las fuentes de procedencia se diversificaron, son más de 50. Están los maestros primarios, los trabajadores sociales, y los cuadros de la UJC, grupos tributarios del curso académico 2001-2002, el «primero de la nueva universidad», a los que se sumaron, a partir del curso 2002-2003, con el estreno de las SUMs en todo el territorio nacional, los instructores de arte, los cuadros no solo de la UJC, sino de otras organizaciones políticas y de masas, los alumnos de los Cursos de Superación Integral Para Jóvenes (CSIPJ) y estudiantes provenientes del MINFAR, del MININT y del grueso de los Organismos de la Administración Central del Estado. Hoy en las SUMs no solo tenemos estudiantes de Humanidades y Ciencias Sociales, también los hay de Ingeniería Informática y Contabilidad, y pronto los habrá de Ingeniería Industrial. Desde el curso pasado se abrió la Educación a Distancia, que no tiene requisitos en términos de fuentes de procedencia. Solo los alumnos de los CSIPJ, que tienen el estudio como empleo y que por eso cobran un estipendio de 150 pesos mensuales, están aptos para pertenecer, de hecho pertenecen, a la FEU. El resto estaría sindicalizado.
¿Cómo califica los años en que dirigió la Escuela de Cojímar y guió la formación de jóvenes latinoamericanos en la esfera del trabajo social?
Fueron años de «fuego graneado», en los que adquirí experiencia y me adapté a un intenso sistema de trabajo, sin sábados ni domingos; una etapa hermosa, que recuerdo con «suave nostalgia». Sentía que éramos útiles, que estábamos a la vanguardia de la Batalla de Ideas. Con todo, hoy me han confiado el gobierno de una universidad que desde hace mucho pelea en el mismo frente y, en medio de nuestro sistema diversificado de instituciones públicas, es signo de cohesión de la enseñanza universitaria, de la academia y de la cultura del país.
Siempre de brazos abiertos
A propósito de la UH y de su cumpleaños 280: ella no solo ha existido en sí y para sí.
También se ha proyectado hacia la sociedad. Con el título de Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana, fue fundada por los dominicos en enero de 1728, en el otrora convento de San Juan de Letrán, en La Habana Vieja, en el mismo lugar (O’Reilly y Mercaderes) donde a fines de 2006 le nació su más reciente facultad, el Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana, sede de una nueva carrera: Preservación y Gestión del Patrimonio Histórico Cultural. Comenzó su traslado 174 años después de su fundación, en 1902, hacia el emplazamiento de su presente núcleo histórico, la colina de Aróstegui, de ahí que se le llame la Colina, y a la usanza de los castillos medievales, se rodeó de muros que hoy solo son un símbolo histórico: hace tiempo que los trascendió, en el orden físico, relativo al enclave de sus áreas docentes y de investigación, y en el plano ético y moral, referente a su espíritu de colaboración y a su proyección social.
La mayoría de las facultades y centros de estudios de la UH están fuera de la Colina.
Ya antes de la universalización, el campus universitario contaba con unas 140 instalaciones esparcidas por siete municipios de la provincia. A ellas sumaríamos ahora las 15 SUMs, desde la ESBU Juan G. Gómez, en el Cotorro, hasta la Escuela Manuel Bisbé, en Playa, y desde la Escuela Nadiezhda Krupskaia, en Habana del Este, hasta la ESBU Raúl Suárez, en Boyeros, por solo citar cuatro sedes.
Pero tan importante como la anchura física, es de por sí la labor de extensión universitaria, su valía cultural, y el aporte del claustro y el alumnado de la UH en múltiples misiones: socialización del conocimiento mediante programas de televisión como Universidad para Todos, Escriba y Lea o Vale la Pena; reingreso al estudio de personas de la tercera edad gracias a la Universidad del Adulto Mayor; impartición de clases en la Universidad de las Ciencias Informáticas y en los politécnicos; participación en la Revolución Energética, las campañas antivectoriales, las auditorías contables y otros sistemas de control; y, volvemos al inicio, capacitación —para la gestión comunitaria— y preparación —para el ingreso a la universidad— de los trabajadores sociales cubanos y formación de jóvenes latinoamericanos en la propia esfera del trabajo social. Luego, tampoco hay que olvidar que la UH ha sido y es un importante centro de actividad científica. Siempre se hallarán conexiones entre la UH y la mayoría de las instituciones académicas y de investigación de la Isla. La UH aprendió a vivir hacia adentro y hacia fuera. Eso también ha obedecido a las circunstancias de un país que poco a poco se convierte en una gran universidad.
Hay quien discute si la universidad cubana se multiplica o se fragmenta.
Hace siglos se discutía si todos los seres humanos tenían derecho a escolarizarse. Había quien decía que debían haber muchos analfabetos y pocos ilustrados. Hoy día se discute en el mundo si todos los seres humanos tienen el derecho de ingresar a la educación superior. Nosotros somos firmes partidarios de esta idea: la universidad debe ser un ámbito siempre abierto a todos los ciudadanos. Queremos hacer de cada espacio de la Isla, una universidad. Eso es lo que han sido las Escuelas de Trabajadores Sociales: por eso estuvimos, estamos y estaremos allí.
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