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EL BELLO PERIODISMO DE MANOLO
Por Randy Saborit Mora
«Ninguna muerte es buena, pero si me dieran a escoger, no dudaría en que me diera un infarto de risa, o que me llevaran ante un pelotón de fusilamiento y me dispararan carcajadas al corazón».
Confieso que las primeras clases de Periodismo las recibí antes de entrar a la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana (UH). Pudiera decirse que fue un curso por encuentros. Todos los sábados era la cita. Por solo veinte centavos recibía una lección impagable. Manuel González Bello (1949-2002) era el maestro a distancia. Él buscaba sus crónicas en la calle, las moldeaba en la redacción, y las enviaba a vivir entre la gente.
Desde que choqué con la primera Crónica del Sábado no pude dejar de leerlas. Por aquellos años de preuniversitario no recibía Juventud Rebelde en la casa. Sin embargo, lo perseguía por todos los estanquillos. Llegué a levantarme temprano para competir con los abuelos de la cuadra. Un reto, pero valía la pena.
Para suerte de los lectores, aquellas columnas sabatinas no solo son un conjunto de papeles amarillentos y «empolillados» que reposan en una gaveta o archivo. También existe un libro que recoge algunas de todas las publicadas entre junio de 1999 y noviembre de 2001 en el mencionado diario juvenil. Con una sonrisa de Ediciones Mecenas de Cienfuegos reúne unas cincuenta clases al natural de cubanía y periodismo. Bello, alumno aventajado de H. Zumbado, aprendió a «reflexionar», es decir a «tirar a dar con una sonrisa». Cada crónica es una fotografía sobre un país de carne y hueso.
Con humor de altos quilates y elegante ironía, cada crónica da fe de inteligencia e ingenio. Manolo sabía cómo sugerir y hacer pensar. De «sociolismos», «paradogmatismos», propiedad «privaestatal», «trabajadores por cuenta impropia», y otros términos que ruborizarían cualquier geométrico pensar, hablan estas 156 páginas escritas con pasión quijotesca.
Estamos ante un texto de Geometría. No de la Geometría de Tales o Pitágoras. Sino de la Geometría nuestra de cada día donde la cuadratura cerebral impide ver los distintos ángulos de solución. Levantar su columna durante poco más de dos años le dio muchos palos… periodísticos, además.
Cuando lean a Bello pensarán que escribía como por arte de magia. Pero condimentar cada crónica tenía su truco, su oficio: «Sí, porque la gente (…) imagina que levantar una columnita es fácil. Y hasta estás conversando en un grupo y te dicen: “Ay, compadre, escríbenos una croniquita ahí para entretenernos”», escribió en Tema el 2 de septiembre del 2000.
«Todo periodismo debe transmitir una carga humana, aunque se hable de hierros o de roca (...) Pero yo creo que lo más difícil en el periodismo es la crónica; requiere de una cultura de gigantes, de una sensibilidad innata, de una visión muy amplia del mundo, de un ojo observador muy especial, de una inteligencia para entender lo que se ve...», confesó en entrevista a la Dra. Miriam Rodríguez Betancourt.
Manolo tenía gracia para cronicar. «Lindo verbo ese: cronicar. Porque significa contar, dejar testimonio, exponer costumbres, y esencias. Es como narrar la vida pequeña; esa que es tan inmensa», apuntó en Turbados del 17 de marzo del 2001.
Si por casualidad logras emocionarte, reírte o asombrarte con la sustancia de este libro es porque Bello estudiaba la vida que se paseaba por las calles: «...Caminar por las calles (...) Enseña más que un tratado de sociología, informa más que un noticiero, alerta más que un parte meteorológico…
«Quien no camina por las calles se desayuna que la verdad que él suponía tiene una arruga en el ombligo, con que su realidad tiene celulitis en los muslos, con que sus pensamientos tienen los senos caídos. Caminar por las calles, qué escuela». Así refirió el 30 de septiembre de 2000 en Calles.
El desconocido historiador, filósofo y sociólogo, Dr. Manuel González Bello descansa en paz. En vida le quitó la paz a muchos, pero no le hizo la guerra a nadie. El Doctor Honoris Causa de La Real Universidad de la Vida confesó poco antes de abandonar el reino de este mundo que renunciaba a todo título rimbombante. Solo quería ser recordado como un periodista humano. Con una sonrisa.
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