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EL HASTÍO DE LOS DÍAS
Texto y foto: Waldo González López
Los premios Calendario otorgados, desde años atrás, por la Casa Editora Abril constituyen, desde su creación, un indudable estímulo para los jóvenes autores cubanos que se expresan en diversos géneros.
En el 2005 este certamen posibilitó la aparición de dos cuadernos de sendos poetas y narradores: Nocturnidades, de Ian Rodríguez Pérez (Las Tunas, 1973) y Salón de última espera, de Luis Yuseff (Holguín, 1975). Sobre el primero me referiré en esta, mi habitual columna mensual.
Ian —residente en Cumanayagua, Cienfuegos, donde es asesor literario— se vale de El guardián de la noche, texto del poeta peruano José Watanabe recientemente fallecido, para inaugurar su viaje por la noche, a la que hallará los subterfugios y trashumancias propias de esta época, hasta hace unos pocos años desconocidas en nuestro país.
De tal suerte, va descubriendo en su peregrinar las manchas (que «hasta el Sol las tiene», tal dijo Martí) de la nueva época, con las concomitancias sociales, éticas y de otros órdenes que ello impone. Así, en «A la salida del cine», asevera:
Con frecuencia, al salir de casa, /
evito las oscuras callejuelas de la ciudad /
que antes no me atormentaban. /
Soy uno más que viene y va, /
ahoga penas en los bares, tolera la música vacía, /
tropieza con desechos del alma, /
reencuentra su humildad en la prostituta, /
en el viejo que blasfema. //
Todos somos criaturas de la Vida: /
el pensamiento más puro /
se hace donde ella es menos casta.
Ian asume El Tatuador, ese personaje tan actual que escribe, hiende y fija en el cuerpo y la memoria —como el narrador y poeta cubano Severo Sarduy en varios de sus poemas y libros— las marcas del nuevo tiempo, solo que testificando el aquí y el ahora de hoy mismo, como para dar testimonio poético de ello. En el poema homónimo, deja escrito:
Mi vida depende de preservar lo transcendental, /
copiar incansable en truco sutil el rasgo tribal o kitsch /
que me permite el pan, fruto de mi trabajo. /
Qué preocuparse por la simetría de los animales bellos, /
vengan monstruos de la contracultura /
a hacer de mi tiempo el esplendor. /
Five dollars, dinosaurios, escorpiones, /
atravesadas por un puñal, /
agitadas nalgas al desnudo para ser punzadas /
por un trivial capricho. […]
Otros asedios, no menos puntuales, son testimoniados por el poeta, quien, en su poema Bar La Fernandina, deja entrever con su mirada crítica el ambiente de la noche cienfueguera y, ¿por qué no?, cubana:
La voz inmejorable de Enrique Iglesias /
en un Nocturno trasnochado, una cerveza caliente, y tú, /
tan efímera, floreciendo. /
Dos gays efusivos se saludan en El Prado, /
un niche al asedio de una bicicleta, /
acciones humanas ajenas a tu florecimiento, / comprometidas tal vez /
con la deplorable voz de otro cantante. /
Un trago que jamás ha refrescado, pero alivia, /
al menos eso pienso cuando te veo /
y sé que caminas tomando la mano de un sueño /
que te conducirá a bulevares parisinos. […]
Ese hastío de los días (que titula uno de sus mejores poemas) reaparece, como onda expansiva, abarcadora y trascendente en la mayoría de sus textos, para devenir sustrato del poemario.
Nocturnidades, a no dudarlo, evidencia mayor madurez en el aún joven poeta, quien, ya pasados los iniciáticos deslumbramientos formales de sus primeros tanteos —nada significativos en el esencial discurso de la auténtica poesía—, marca, como su alter ego poético El Tatuador, versos sino definitivos, definitorios como los de A Verónica:
Los barcos pasan y nos dejan su esplendor. /
Mueren peces plateados, se asustan los manglares, /
y alguien funda un regreso /
ahogado en su propia quimera, /
como quien lo posterga todo /
sin conocer de dolencias ni revoluciones. /
Yo no seré el horizonte, /
me basta al menos /
un abrazo que no conquiste.
Asimismo, en textos como A la profesora Lilia Martín, aparece la borrasca de estos años que, con talento, singulariza el poeta, tal se constata en el siguiente fragmento:
En contra de la voluntad de abuela /
decidimos vender la estatuilla art nouveau. /
¿Quién iba a imaginar que en 1994 /
seríamos tristes usureros? /
Otros, vendieron la puerta de su casa, /
y hubo quien se buscaba la vida /
con mermelada de plátano, /
quienes freían el huevo con agua. /
abrazados a la desidia /
conocimos desmoronamientos interminables, /
pero no conseguimos deshacernos del amor /
ni de la memoria.
En suma, con Nocturnidades no solo gana el concurso Calendario, sino también y, sobre todo, el poeta Ian Rodríguez. En horabuena para ambos.
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