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MÉLANGE FANTÁSTICO
Por Jennifer Piñero Roig
X es un ser extraño. Pretende convencer a todos de que es un escritor. Pero enfrenta obstáculos muy grandes. X escribe sobre mundos paralelos, androides, marcianos… En fin, X escribe ciencia ficción.
La ciencia ficción es un género menor cultivado por unos cuantos alucinados y fanáticos. Para la mayoría de quienes ocupan los espacios de poder literario –editores, crítica, catedráticos–. Sin embargo, grandes clásicos de la literatura mundial se incluyen en el género, entre otros, 1984, del escritor inglés George Orwell y La invención de Morel, del argentino Adolfo Bioy Casares.
Contrariamente a lo que dicta la main stream, Ediciones Sed de Belleza, de Santa Clara, incluyó en su colección Arca la antología Secretos del futuro, una compilación de cuentos de fantasía y ciencia ficción cubanos propuesta por Juan Pablo Noroña y Ricardo Acevedo.
Una de sus virtudes es que las diecinueve historias incluidas representan una variedad considerable de subgéneros. Lo mismo que la muestra de los autores reunidos es heterogénea y democrática: Michel Encinosa, Anabel Enríquez, Erick Jorge Mota, Eduardo del Llano y Yoss pertenecen a generaciones distintas y abordan de diversa forma las tendencias del género. Claro, no aparecen en todas el mismo nivel técnico. El diapasón de la calidad formal es tan amplio como los estilos y tratamientos del contenido.
Este compendio es un escenario donde cabe todo. Ninguno de los autores parece preocuparse por las polémicas actuales sobre la definición y las fronteras de una literatura nacional; sitúan sus historias lo mismo en New York, en una estación orbital que en los pasillos del ciberespacio. Sátira, analogía, tragedia, las historias varían en cuanto a intenciones, tono y posibilidades dramatúrgicas. «Nada que declarar», de Anabel Enríquez, evoca las Crónicas Marcianas de Bradbury; «La extraña muerte de Mateo Habba», de Fabricio González, centra su conflicto en las contradicciones filosóficas y teológicas de un hacker musulmán; «Flux», de Vladimir Hernández, cuenta el vértigo de un hombre atrapado en un limbo amnésico junto a una marciana de ADN alterado.
Algunas de estas lecturas pueden atrapar más por su carga de pensamiento reflexivo que por las peripecias de los personajes. «Motita y el agua», de Sigrid Victoria, es un texto que resalta en el conjunto por estar enmarcado dentro de la literatura infantil y por la metáfora inteligente que plantea.
Un elemento peculiar que salta a la vista desde el mismo principio, son las presentaciones «informales» de los autores. Al leerlas se desprende la sensación de que los antólogos, aunque siempre se remiten a una singularísima primera persona, conocen a cada uno de los escritores en carne y hueso. ¿Camaradería o manada? Lo cierto es que, probablemente gracias a las estrechas relaciones entre ellos y al interés compartido hacia la literatura fantástica y de ciencia ficción, haya sido posible la inclusión de este ejemplar en el catálogo de la editora.
En 2006, X sabe que escribe ciencia ficción. Por increíble que parezca, es cubano y escribe ciencia ficción. No está seguro qué tan buena sea pero, de todos modos, ¿quién entre los que se dejan torturar por la palabra lo está?
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