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Sección Política

 

 

EL MALECÓN HABANERO REGISTRA SU TEMPERATURA MÁS ALTA

PIEDRAS NO TUMBAN MURALLAS

Por Joel García León,
Foto: Tomada de Internet

Fidel Castro Ruz

Este trabajo apareció en las páginas de Alma Mater en febrero de 2001 (No. 373), en una edición especial que repasaba sucesos del siglo XX cubano. Ahora, cuando se aproxima el cumpleaños 85 de nuestra revista, lo retomamos para recordar aquel 5 de agosto de 1994 en La Habana.

I
Qué extraño. Eran las ocho de la mañana y apenas había niños en la Alameda de Paula. Nada de juego de pelota ni de muchachos empinando papalotes. Agosto de vacaciones, pero ese primer viernes del mes solo algunos viejitos caminaban por el antiguo paseo colonial. El tema del día del que todos querían comentar, cual noticia trascendental y de última hora: la muerte trágica de un policía la tarde anterior.

-Lo mataron en el muelle de Casablanca, mi hermana lo vio.

-No fue en Casablanca, Tomasa, fue en Regla. Ahora sí que la cosa se va a poner fea. Fidel no es bobo y ya aguantó bastante.

-Tres puñaladas le dieron. Por eso yo no monto la lanchita, prefiero esperar la guagua. Esa no la asaltan y nunca pierde el camino.

Julio salió temprano de su casa en la calle Salud. Su abuela ni siquiera le preguntó que rumbo llevaba, cuándo llegaría, si le preparaba el almuerzo; tal vez la costumbre de su nieto de no decirle nunca adónde iba. Sin embargo, una corazonada fatal le hizo saltar de la cama. Se asustó, pero ya era tarde.

-¡Ay, santa Bárbara!, protégeme a Julio. Él anda por malos pasos y no hace caso. Guíalo para el estudio o el trabajo. Esas amistades no son buenas, me lo dice el corazón… ¡Ay santa Bárbara!...

La oficina de Fidel permaneció prendida toda la noche. Habitualmente él empata el día anterior con las horas iniciales del siguiente. Dos días reunido en la Asamblea Nacional del Poder Popular no le impidieron estar atento a cuanto pasaba en los alrededores del Puerto de La Habana y en zonas del litoral capitalino. Chomy le mostró el informe sobre el asesinato del suboficial de la policía, Gabriel Lamota Caballero, que había enviado el Ministerio del Interior, con una nota adicional según la cual podía complicarse la situación de un momento a otro.

El consumo de té sobrepasó lo normal. Fidel solicitó, para primera hora de la mañana siguiente, toda la información sobre los acuerdos migratorios firmados por Cuba y Estados Unidos, e inmediatamente preguntó por otros asuntos como el viaje a Colombia, donde lo esperaban para la toma de posesión del presidente Ernesto Samper.

II

El Parque de la Alameda de Paula hervía con más personas de lo cotidiano. Pequeños grupos recostados a los bancos de cemento, a las rejas limítrofes con la calle, les daba mala espina a los agentes del orden público encargados del lugar. «La mañanita promete calentura y de la buena», murmura una pareja de ellos mientras les piden identificación a dos jóvenes sospechosos.

«Arriba caballeros, arriba, todos a los camiones. Esto es urgente. ¿No oyen la campana?», gritaban el secretario del Partido (Comunista de Cuba) y el de la Juventud (Unión de Jóvenes Comunistas, UJC) de la brigada 5 del Blas Roca, constructora principal del Meliá Cohíba. Los primeros 300 hombres de este contingente llegaron a la Alameda pasadas las 10 de la mañana del 5 de agosto.  Debían responder al mínimo incidente de subvertir el orden.

«Esto está tomando otro carácter, Alex», indicó Julio a su amigo al ver que indiscretamente aparecían trabajadores por doquier, «esta burda de gente debe ser de algún contingente o centro de trabajo cerca.» «Este tipo se lo huele todo. Mejor vamos caminando para la Punta a buscar a Hermes», propuso Alex.

A escasos metros del embarcadero de la utilísima lancha de Casablanca, nombrada La Coubre, los jóvenes se percatan de que algo pasa.  Un grupo de personas intenta cruzar el muro. Algunos individuos forcejean con los custodios del lugar.  Pelean. Julio y Alex cruzan rápido la Avenida del Puerto. «Si el lío es por llevarse una lancha nos metemos», aclaró Julio. «Mucha vista y poco mareo», advirtió Alex, «los fianas están pesados y se puede armar la de San Quintín. Nosotros queremos irnos, pero…»

El incidente se controló sin mucho contratiempo. Unos 20 hombres de la Brigada Especial silenciaron a los perturbadores que porfiaban por tomar una embarcación que ni siquiera tenía motor, que habían soliviantado en cuestión de minutos la tranquilidad de la zona.  La desesperación de algunos por navegar rumbo a Estados Unidos desembocaba en robos, secuestros, atropellos y disparates.

-Coño, qué estúpida es esa gente. Cómo van a formar el lío sin saber si la lancha camina.

-Cada loco con su tema, Julio. Además cuando las cosas no están pa´uno, no están pa´uno.  ¡Alégrate!

-Mira, vamos tumbando antes de que empiecen a  cargar a todo el que le parezca. Ya son como las 12 y quizás en la Punta tengamos mejor suerte.

Los tres Mercedes negros entraron al Palacio de la Revolución poco antes del mediodía. Mientras se dirigía a su oficina, Fidel preguntó por las nuevas en relación con lo del Puerto. Supo entonces que esta mañana habían intentado robarse otra lancha, pero intervinieron oportunamente la población y la policía y se acabó todo. La lancha estaba de baja técnica, no tenía motor.

Haciendo uso de la sabiduría que da la experiencia, el Jefe de la Revolución ordenó seguir muy de cerca todo el asunto, vigilantes de cualquier información proveniente de la policía o de guardafronteras. Sobre la mesa mostró las cartas que indican otra maniobra más del enemigo, empeñado en hacer perder la calma, en buscar escenas sangrientas que pusieran en peligro la estabilidad del país. Ante esa evidencia, advirtió que no se le podía hacer el juego.

“Anoche hubo un acto en Regla, donde las masas fueron llamadas a tomar las calles y enfrentar a los perturbadores, y la respuesta mayoritaria fue positiva”, le informó Felipe (Pérez Roque). En ese momento se estaban moviendo unidades de policía, incluso tropas especiales del Ministerio del Interior (MININT), para reforzar el orden en la capital, especialmente en la zona del puerto y los municipios de Regla, Guanabacoa, Centro Habana, La Habana Vieja y Plaza.

Aunque las cosas se habían puesto más serias, Fidel recurrió a la paciencia, su mejor compañía en momentos de tensión. Aconsejó enfáticamente evitar hasta el extremo la utilización de armas de fuego.

III

El Malecón ardía de sol y de gente cuando los relojes marcaron poco más de la una de la tarde. La tentación de darse un chapuzón en sus aguas contaminadas convocaba por inercia a miles de muchachos. Los carros se lanzaban a conquistar la avenida a supersónicas velocidades para terminar perdiéndose en lontananza. La rutina alterada, sobre todo por el número de individuos que se sumaban en la Punta, llamó la atención de inmediato a policías, contingentistas y algunos trabajadores del Comité Nacional de la UJC, alertas todos por los sucesos de días anteriores.

Julio y Alex estaban sentados en el Muro cuando ven llegar a Hermes agitado. Lo interrogan, aunque las respuestas nunca llegan. De ambos lados oyen gritos inquietantes y jamás escuchados por ellos tantas veces en un sitio público, menos en el Malecón. «¡Abajo Fidel!» «¡Abajo la Revolución!»  El asombro inicial de los que estaban en el lugar por un baño veraniego en las pocetas o una declaración de amor a la sazón del día duró apenas un minuto. «Cojan piedras del piso y empiecen a tirar», incitó violento Hermes a sus amigos.

Un fuego cruzado se abrió de repente. Los trabajadores del Comité Nacional de la UJC fueron los primeros receptores y al mismo tiempo contestatarios de aquel alocado y peligroso tiroteo porque en ese preciso momento se dirigían hacia la Punta para ver qué pasaba, por qué tanta gente reunida. Desde las azoteas de los edificios también llegó un aguacero de objetos, entre ellos, ladrillos, cabillas, maderos. Los oprobios contra el sistema ya eran coros. Las réplicas también. En el conocido Parque de los Enamorados pocas piedras sobrevivieron. ¡Qué coño se piensan esos tipos!, exclamó indignado un revolucionario mientras se reponía de un trastazo en la rodilla.

Cerca de la gasolinera de Prado y Cárcel, un ladrillo lanzado intencionalmente dañó la columna al campeón centroamericano en kárate de 80 Kg, Eliécer Peñalver, quien se había unido a un grupo de respuesta rápida de la UJC y además de enfrentar a los antisociales, cuidaba celosamente la vida de algunas mujeres, fieras igual en el enfrentamiento. Una de ellas fue apartada por él, segundos antes, del área del accidente.

-Corran por San Lázaro y no dejen de tirar piedras. Esto se jodió, así que a lo que sea.

-Alex, no seas comemierda y tira. Si nos metimos en esto vamos hasta el final. ¡Abajo la Revolución! ¡Libertad! ¡Déjennos ir!

-¡Abajo esta mierda! ¡Vengan a cogernos comunistas! ¡Viva la democracia!

Una horda de delincuentes y haraganes se mezclaron en la trifulca callejera. La desorganización, las ansias de destruir, la falta de claros líderes y un pensamiento vandálico se hacían evidentes. El ímpetu de la escoria disminuyó en la Punta.  La pequeña ola de gentes con claro anarquismo penetró entonces en los laberintos de La Habana Vieja y Centro Habana.  Cerca de las tres de la tarde, la algarabía y la muchedumbre frente al hotel Deauville desbordó la copa.

Un primer botellazo en las ventanas del lobby del hotel, piedras y palos contra los taxis parqueados, agresión verbal y física contra los empleados y coros de: «a la Oficina de Intereses» caldearon el ambiente de esa céntrica esquina.  El hotel fue atacado desde dos posiciones: una desde San Lázaro y Galiano, otra una cuadra más abajo, Malecón y Galiano. La aparición de los hombres del Contingente Salvador Allende, venían corriendo detrás de los lumpens, precipitó la retirada cobarde y la desbandada de estos, no sin antes destrozar buena parte de la fachada del Deauville.  Los turistas de la instalación mantuvieron seguridad máxima y hasta hubo quien filmó la burda y repugnante escena.

Algunos tomaron rumbo a Neptuno –entre ellos Julio- y volvieron a excitar la tarde. Ahora los blancos de su desfachatez  moral y sus fechorías fueron las tiendas Panamericanas de esa popular arteria. Las barreras humanas para defenderlas se levantaron frente a los saqueadores, algunas más efectivas que otras. Una antigua peletería perdió todas sus vidrieras, pero no hubo tregua ni impunidad barata con los provocadores.

«Te cogí hijo de p…, —y un fortísimo apretón por la espalda dejó inmovilizadas las dos manos a Julio—, ahora vamos a ver qué piedrecitas vas a tirar y qué cuento harás en la estación de policía», dijo molesto un policía al capturarlo.

El hospital Hermanos Ameijeiras se pertrechó al ver que dos de sus médicos fueron golpeados por algunos delincuentes en el parqueo del  centro. La intención de golpear en el coloso de la salud cubana terminó solo en eso, el intento. Minutos después, abrieron sus puertas para recibir a los primeros heridos del tormentoso combate contra la pandilla de facinerosos. 

IV

Ya no podía perderse más tiempo. Fidel lo intuyó desde su probada experiencia de estratega. Corrió hacia atrás su silla y dio un golpe seco en la mesa de trabajo de recia madera, larga y pesada. Miró al jefe de la escolta y le advirtió que ni un solo disparo, ninguna decisión sin una orden suya. Ducho en contragolpes certeros, ordenó partir.

Los jeeps se pusieron en marcha con la normal precaución hasta el escenario real de los acontecimientos. Un verdadero milagro al timón realizaron los choferes en la calle Colón desde San Lázaro hasta Prado. Cinco cuadras al mínimo de velocidad para no golpear a nadie. Balcones abiertos, repletos, saludaban al líder de la Revolución. Fidel se viraba en su asiento delantero y conversaba con sus compañeros detrás.  La calle Colón no era la misma de hacía un rato, daba un vuelco, se congestionaba; curiosos, niños, bicis, abuelas, jóvenes, en fin, personas humildes, caminaban, pugnaban y cuidaban al guerrillero legendario, otra vez en combate.

La intersección de Prado y Colón. La caravana dobla en dirección al Malecón. A los pocos segundos el Comandante manda a detenerla. Se baja. Eusebio Leal, historiador de La Habana antigua, viene a su encuentro y exclama: ¡Maceo! Apoteosis total. ¡Vivas y más  vivas!  Están a escasos metros del local de Prado 109, el mismo de la Ortodoxia en época de Batista, el vientre del Asalto al Cuartel Moncada en l953.

«El Comandante viene por ahí.»  En los inicios del Prado ya se conoce de la presencia de Fidel. Hay confusión pero también hierve la rebeldía, el orgullo, la patria, Cuba.  Al paso del Comandante se alistan ministros, líderes juveniles, periodistas, Armando Hart, Ricardo Cabrisas, Alfredo Guevara, Juan Contino, entre otros, quienes cuentan presurosos la experiencia vivida.

«Dame la F»… Sigue el paso garbo, despacio y erguido.  «Dame la I»…  Ya el Malecón está en sus narices.  «Dame la D»…  No se oyen consignas ignominiosas, ofensivas ni humillantes.  «Dame la E»… Han huido las piedras.  «Dame la L»… Hay una concentración de pueblo sin cita previa, sin convocatoria anticipada.  «¿Qué dice?»… La urgencia es salvar el sistema, los valores sembrados en más de 30 años. «Fidel, Fidel, Fidel…»  Una mujer negra, gruesa y vestida de blanco, llora de rabia y emoción.  Sus collares guardan directa relación con santos africanos, ya cubanos.  «Fidel, esta es tu calle y para quitárnosla hay que matarnos, y no nos vamos a dejar matar», vocifera desde una de las aceras para que la oiga.  El Comandante pide permiso a la seguridad personal y se le acerca.  La abraza, la besa.  «Gracias, viva Cuba, viva la Revolución», le reafirma al oído.

Nadie se para.  La multitud de personas se mueve por San Lázaro en dirección al hotel afectado. Se nota a simple vista una decoración distinta a la de hace dos horas, una hora.  «Al combate corred bayameses, que la patria os  contempla orgullosa… Marchando vamos hacia un ideal, sabiendo que hemos de triunfar…» los himnos estremecían la improvisada congregación frente al Deauville. Buena parte de la capital dormía la siesta en apagón –falta de combustible lo extendía hasta ocho horas—, por lo tanto, la radio no funcionó para movilizar. Quienes estaban allí no perdieron tiempo en reclamar, exigir, las palabras de su líder.

No apareció ni siquiera un altoparlante para ello, los pocos reporteros porfiaban por una exclusiva. «¿Qué pasará ahora, Comandante? ¿Cómo valora la respuesta de los capitalinos? ¿Es posible que les hayan pagado a estos antisociales para las acciones de hoy? ¿Cuál es la posición del gobierno cubano sobre estos hechos y lo que viene sucediendo hace unas semanas, es decir, la violencia por emigrar, por salir ilegalmente del país?»

El ruido, la efervescencia popular y las miles de teorías existentes sobre lo ocurrido imposibilitaron un análisis rápido y completo. Entonces el sudor le empapaban la frente a Fidel. El traje se humedecía con el fragor de la caminata. Un gesto de confianza a Felipe vino acompañado de una pregunta: «¿Por qué no vamos  para la Universidad, el pueblo junto a los estudiantes?» «Está cerrada, los estudiantes están de vacaciones Comandante, es agosto», le recordó de inmediato el ayudante.

La mente clara y certera propuso entonces acudir a la televisión esa noche para hablarle a la nación entera. Quería transmitirle por qué debíamos tener sangre fría y calma con nuestros enconados adversarios en esos casos; qué motivos y quienes estaban detrás de las escaramuzas de esa tarde. Pondría las primeras cartas sobre la mesa ante los Estados Unidos en el tema migratorio. Nuevas provocaciones y cruce de brazos eran antónimos consabidos de antemano.

V

La tarde, bien tarde se portó tranquila. La abuela de julio no sabía ya si pedirle a su virgen o resignarse a la locura de su nieto. La madre del joven quinceañero conocía la predilección de este por la música y los pantalones ajustados al cuerpo, distantes del inmaduro embullo por abandonar la tierra en la que se hizo doctora y lo parió con ganas. Cuanto sufriría después al escucharlo en declaraciones por televisión al verlo mentir diciendo que se drogaba con pastillas robadas a ella. Ese día la familia oprimía contra su pecho la conducta impúdica de Julio.  Las lágrimas no resolverían los sufrimientos, aquel trabajo amargo. Habría vida, ánimo y corazón para perdonar o condenar al nieto, al hijo.  «Tal vez si deja esas amistades y se le obliga a estudiar una carrera, cambie», sugirió entre sollozos la abuela.  «Una buena tunda de golpes por mentiroso, descarado, estúpido, inmaduro y no sé cuantas cosas más es lo que se merece.  De qué vale trabajar tanto para él si mira como te paga», concluyó la madre.

En los finales de la década, y después de haberse reincorporado a su familia y a la sociedad, Julio prefirió orientar su vida 90 millas al norte, aunque la duda pesa sobre el mar, los tiburones y la añorada suerte de los pies secos.  Nadie ha sabido más de él.

La Alameda de Paula está bien distinta ya, o mejor, está casi igual a la que tanto amó y recorrió Martí. La violencia no solucionó la barbarie de aquel 5 de agosto  del 94, tal y como postulan los preceptos del proyecto revolucionario cubano. Brilló el estadista al frente de su pueblo. Brillaron las gentes y las ideas humanas, nobles, soberanas, independientes.

-Las lanchas de Regla y Casablanca están bastante seguidas, Tomasa. Ya nadie habla de lo que pasó en ese mismo sitio 5 años atrás.

-Así mismo es. Aquellos que intentaron jugar con la seguridad y la felicidad de este país son agua pasada.

¿Qué piedras tumban muralla?

-Ningunas que yo conozca.

 

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Actualizada: 2 de agosto/2007

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