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«Poeta, sin embargo, no dejó de serlo nunca. Poeta nació y poeta morirá. Toda su vida no es más que un emocionante torbellino, un poema rico de sentido humano, de superior calidad trágica».
Raúl Roa
LA DECISIÓN DEL POETA
Por Boris Leonardo Caro
El 5 de octubre de 1927, en una de sus habituales Glosas del periódico El País, Jorge Mañach publicó el artículo Elogio a Nuestro Rubén. En primera instancia, el ya afamado ensayista manifestaba su entusiasmo por la colecta que, desde el Diario de la Marina, había promovido José Antonio Fernández de Castro con el fin de editar un volumen de poemas de Rubén Martínez Villena.
Antes de entrar en el verdadero motivo de su Elogio..., Mañach exaltaba el talento del joven poeta, «que ha sabido ser exquisito y solitario sin perder jamás de vista los dolores y anhelos del pueblo». Inmediatamente después reconocía «esa su doble aptitud misantrópica y apostólica, de poeta y de redentor, de hombre estelar y de hombre de barricada a la vez».
Sin embargo, las frases de encomio no tardaban en ceder paso a las agudas consideraciones acerca del «insólito» prestigio de Rubén. «Ciertamente», admitía Mañach, «las revistas han publicado no pocos de sus versos, de un lirismo transido de contemplaciones, estremecido de sensibilidad, desgarrado, a veces, en una espuma interior de escepticismo. Pero precisamente lo curioso es que el prestigio de Rubén Martínez Villena como poeta está, aparentemente, fuera de proporción con esa ejecutoria ostensible». Y para concluir señalaba: «A un observador demasiado objetivo habrá podido parecerle alguna vez que existía un mito en torno a «nuestro Rubén de Cuba»: que la indulgencia de la amistad le había puesto, con arbitrariedad cordial, un halo prematuro a su figura».
A juicio de la doctora Ana Cairo, la Glosa de Mañach tenía dos objetivos muy definidos: sabotear el reconocimiento público a Rubén, quien representaba a una vanguardia comprometida con los ideales revolucionarios; y sugerir que el pretendido homenaje respondía a razones extraliterarias, en este caso, el aprecio y la admiración de algunos intelectuales. Además, apunta Ana Cairo, la evidente comparación con Rubén Darío tenía el propósito de corroborar la idea de que las alabanzas recibidas por Villena, respondían esencialmente a su actuación política y no a sus dotes literarias.
Solo tres días más tarde, Rubén hacía pública su respuesta. En ella catalogaba el Elogio... de Mañach como «formidable artículo lleno de esquinas cautelosoas y recodos contradictorios».
A continuación escribía: «No habrá tal homenaje, no habrá tal libro (...) Si yo hubiera escrito un libro —no en versos pulidos, sino en números poéticos y ásperas verdades— demostrando la absorción de nuestra tierra por el capitalismo estadounidense, o las condiciones míseras de la vida del asalariado en Cuba, quizás aceptara y hasta pidiera que se editara por suscripción popular».
En cuanto a los comentarios sobre las indulgentes amistades que le habían puesto «con arbitrariedad cordial» aquella aureola mítica, Rubén dice: «...quiero confiarte el secreto de esa amistad sin tasa que me profesan casi todos los escritores del patio, porque él no está precisamente en esa amplitud de comprensión que me supones. El secreto de esa amistad, que llega a fabricarse un «misterioso prestigio», un halo tan refulgente, que casi conmueve, buen Mañach, tu curiosidad insobornable es muy simple...».
Y sigue la renuncia fulgurante a su poesía: «... yo no soy poeta (aunque he escrito versos); no me tengas por tal, y por ende, no pertenezco al gremio de marras. Yo destrozo mis versos, los desprecio, los regalo, los olvido: me interesan tanto como a la mayor parte de nuestros escritores interesa la justicia social. ¿Comprendes? No soy, pues, un competidor».
La polémica recoge otros dos capítulos: la réplica de Mañach el 17 de octubre en otra glosa titulada A Nuestro Rubén, Ironista, y la definitiva respuesta de Rubén dos días después en El País. Pero ya lo principal estaba dicho.
En rigor, la renuncia de Rubén a la poesía se había producido dos años antes, desde su Defensa al miocardio inocente no había vuelto a escribir.
En septiembre de 1927 Rubén ingresó al Partido Comunista. A raíz de esa decisión le había confesado a Raúl Roa: «No haré un verso más como esos que he hecho hasta ahora. No necesito hacerlo, ¿para qué? Ya yo no siento mi tragedia personal. Yo ahora no me pertenezco. Yo ahora soy de ellos y de mi partido». Poco después tiene lugar la polémica con Mañach.
«Sabía que los versos por los que me congratulaban eran no más que hojarasca y cenizas», cuenta Rubén, «perdonables quizás en un muchacho descontentadizo y simplón, inexcusables si el hombre que había elegido otro rumbo en la vida consentía en publicarlos. Yo no odiaba mis versos, no encontraba en ellos, aunque a veces, exagerando, así lo dijera, nada que pudiera cerrarme el camino escogido, que es todo cuanto un hombre puede exigir de su pasado. Yo los hubiera esparcido cuando los escribí, los hubiera enseñado a cada persona como si el único remedio para la soledad fueran las escasas palabras que dos hombres comparten y que ni la muerte ni el odio pueden destruir».
Entonces confiesa: «Ahora no significarían nada, solo un puñado de letras agrupadas sin tino, y sin que un rostro hubiera tras ellas para sustentarlas, porque quien las había escrito sobre páginas blancas, creyéndolas huellas en la tierra infinita, no existía más. Otro hombre yo era realmente, y otra voz tendría que alzar entre la gente para que entendieran lo que cargaba dentro, no mi soledad, no mi hastío, no mis decepciones, sino la verdad inflexible y esencial de la grandeza y la miseria de los hombres».
Al respecto véase el epígrafe Una polémica histórica: Rubén versus Mañach, en el libro El Grupo Minorista y su tiempo, de esta misma autora.
La polémica completa puede leerse en uno de los anexos del citado libro de Ana Cairo.
Véase la Tesis de Licenciatura Rubén Martínez Villena. Laspalabras secretas, de Juan Orlando Pérez González. (Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana, 1995).
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