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AL VÓRTICE DE LA MUERTE
Por Jesús Arencibia Lorenzo
Foto: Tomada de Internet
Quizás porque fue atleta, y los atletas sufren tensiones límite. Tal vez por su insaciable curiosidad periodística, siempre presionada por el ciclo vital de la noticia. O porque amó la poesía y uno de sus temas eternos es el fin de la existencia. No tendremos certeza para explicarlo, pero Pablo de la Torriente Brau (1901-1936), vivió y narró como nadie el acecho de la muerte.
“Yo recuerdo momentos emocionantes de mi vida…”, dice al inicio de una de sus crónicas. A continuación enumera cuatro instantes en que estuvo a punto de perderla. Entre estos aquel de la niñez, cuando vivía “cerca de Santiago, que el pitazo de una locomotora me llenó de pánico a mitad de un puente interminable…”. Y la “tarde, en que al saltar del ferry al muelle, en el emboque de Regla, me di cuenta en el aire, de que el salto no me iba a alcanzar y el ferry me iba a comprimir contra el espigón”.
El tema central del trabajo periodístico, sin embargo, no era ninguno de aquellos momentos. Se refería a otro que recordaba “con mayor intensidad” aún: La tángana estudiantil del 30 de septiembre de 1930. Ese día, la policía del presidente Machado se abalanzó como nunca antes contra la vanguardia universitaria. Y entre golpes, piedras y gritos, la calle Infanta vio caer sangrando al gigantesco Torriente. El estruendo que antecedió al desplome, no obstante, fue un disparo que no lo alcanzó a él. La víctima resultó Rafael Trejo.
Por la circunstancia de combate que envolvió su juventud, vio apagarse Pablo muchos otros amigos cercanos. En cada uno de ellos, y en la revolución misma que “se fue a bolina”, padeció el luchador un pedazo de muerte.
De Rubén Martínez Villena, conoció “el secreto inexplicable de su magnetismo”. “¿Quién como él, con su pequeña voz rota por la enfermedad, supo hacerla llegar más lejos…? A Gabriel Barceló, todo “decisión, vehemencia y constancia”, lo sintió oscurecerse sin remedio cuando la tuberculosis lo invadía. “Y como si fuera una visión de aliento para la lucha, nos pareció que en el afán agónico (…) se quejaba toda la clase obrera”.
A Carlos Aponte y Antonio Guiteras, “buenos para morir juntos sobre el suelo suave y dulce, dramático y sangriento de Cuba”, los recuerda como hombres imperfectos y perdurables. El venezolano, cuya vida “era la revolución, escribió el código de esta en el cañón de una pistola y fue tumultuoso y terrible”. El impulsor de los Cien Días de cambio después del machadato, “era como un hombre que despierto, quisiera realizar lo que había concebido soñando”.
Pero fue en la cárcel, donde sintió Pablo con mayor impotencia el filo de la muerte injusta. Por eso escribió uno de los libros más documentados y conmovedores sobre el tema. Lo tituló, irónicamente, como el propio penal: Presidio Modelo. “Allí estuvimos nosotros y casi dos años, asomados atónitos, al borde de aquel remolino de inmundicia que arrastraba en vértigo un clamor confuso de voces de espanto; aullidos de los locos aterrorizados; explosiones de los disparos homicidas; estertores angustiosos de hombres estrangulados por sorpresa (…) ¡Rumor estremecido de un mundo indescriptible, que dejó enferma de recuerdos mi imaginación!...”
Entre recuerdos y angustias, vendiendo “ice cream”, limpiando platos, pero ante todo creando y juntando fuerzas para la lucha en Cuba, dos veces fue Pablo al exilio norteamericano. Él, que no cambiaba el Empire por un bohío en las lomas de Oriente, soportó la mordida del enajenamiento. En carta fechada el 28 de noviembre de 1935, confiesa: “No puedo negar que esta vida dura y miserable ha infiltrado en mí un odio torpe, que, a veces, se escapa sobre las férreas concepciones políticas…”.
Sin embargo, nada más lejos del odio que la ilusión que lo embargó unos meses después, cuando estalla en la tierra de Cervantes la Guerra Civil... “He tenido una idea maravillosa: me voy a España, a la revolución española. Allá en Cuba se dice, por el canto popular jubiloso: ‘No te mueras sin ir a España’. Y yo me voy a España ahora…” “…A ser arrastrado por el gran río de la revolución. A ver un pueblo en lucha. A conocer héroes. (…) A estar junto al gran remolino silencioso de la muerte…” Con el mismo ánimo de estas líneas, al parecer, dirigidas a Juan Marinello el 6 de agosto del 36, quita todos los obstáculos para el viaje. El primero de septiembre, como corresponsal de la revista New Mases y el periódico comunista El Machete embarca hacia el viejo continente.
Una vez allá, entre el trueno de la artillería y el humo de la metralla, comprueba cómo “la muerte pierde su prestigio en la guerra. Porque se hace una prostituta barata”. Ve niños que juegan bajo las bombas a explicarse el combate, y escribe, y cuenta, pero le falta tiempo, le molestan las “veinticuatro horas miserables” del día.
Con libretas de notas y almacenes de sueños, con rabia inaplazable y certeza de que los fascistas ¡no pasarán! sobre Madrid, se convierte el periodista en Comisario Político. Dice que con la guerra acabó la sensibilidad humana, pero recoge un niño huérfano de 13 años, que lo acompañará hasta siempre.
Polemiza con el enemigo pero ante el barbarie solo responde con bala. Es frenético y temible, alentador y risueño. Concibe una línea recta para poner toda la vida. Y termina en la línea de fuego, poniendo toda la muerte. Viene a tierra en Majadahonda, acompañado del muchacho que adoptó. Luego de varios traslados, termina en fosa común, como diría un poeta, “hueso con hueso viajero”.
¿Cómo entender la sensación de fin que rodea a Pablo cuando es un hombre de tanto inicio? Pero… ¿dónde encontrarle el latido si lo cerca tanta calma? ¿Será que la “muerte”, no es lo que nos dijeron? De la Real España, que aún lo guarda simiente, llega una acepción aclaradora del vocablo. Muerte: Afecto o pasión violenta e irreprimible. Muerte de risa, de amor.
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