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En el 50 Aniversario del martirologio de Ramón Valdivia

EL MARTIROLOGIO DE RAMÓN VALDIVIA Y EL PACTO ENTRE EL MOVIMIENTO 26 DE JULIO Y EL DIRECTORIO REVOLUCIONARIO EN LA HABANA

Por Guillermo Jiménez

Este 29 de septiembre se conmemora el 50 Aniversario de la trágica muerte de Ramón Valdivia –trabajador telefónico y militante del 26 de Julio-, quien tras ser inhumanamente torturado por agentes represivos Fulgencio Batista, arrojaran su cuerpo mutilado en la escalera de un edificio, sito en la calle Habana esquina a Empedrado en el hoy Casco Histórico de la Habana Vieja, y donde, como culminación lo balearan y ultimaran alrededor de las 11 y 30 de la noche.

Tres horas antes, Valdivia, en unión de Mario Reguera –caído a su vez el 20 de abril de 1958- y del autor de este testimonio, ambos miembros del Directorio Revolucionario, había participado en un atentado contra Luis Manuel Martínez, dirigente de la sección juvenil del partido político fundado por Fulgencio Batista, de quien era un cercano colaborador, amigo íntimo y su vocero en la televisión.

El escenario de los hechos había sido la céntrica esquina de San Rafael e Industria, la cual, como todos los domingos a las 8 de la noche, estaba densamente concurrida tanto de paseantes como de miembros de la policía, pues en aquella zona la vigilancia era reforzada para desanimar las acciones revolucionarias en el perímetro de lo que constituía entonces el más importante centro comercial de la capital. En consecuencia, inmediato a su comisión se había producido un desigual enfrentamiento con el enjambre de policías que apareció por el lugar, en el que fatalmente resultaría apresado Valdivia.

Su trágica muerte fue determinada por la concatenación de varios hechos fortuitos. Su participación en aquella acción revolucionaria honraba los acuerdos recién alcanzados en la ciudad de La Habana entre organizaciones del Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario para coordinar estrategias y unir fuerzas contra la creciente represión del régimen. En aquel mes de setiembre de 1957, mientras el Ejército Rebelde en la Sierra Maestra mantenía la iniciativa, se apoderaba de la ofensiva e iba paulatinamente arrebatándole posiciones al enemigo, el movimiento clandestino en la capital, por el contrario, era abatido, diezmado; se encontraba en una riesgosa situación defensiva y, cuando lograba la iniciativa en el combate, pagaba un alto costo de valiosos combatientes y recursos difíciles de volver a acopiar.
Así, tras la fracasada huelga del 5 de agosto, derivada de la caída de Frank País en Santiago de Cuba y el frustrado alzamiento militar del 5 de Septiembre en la capital, la represión en La Habana se había intensificado. A la par, resultado de otros hechos, la Sección de Acción y Sabotaje del 26 de Julio había quedado descabezada. Con el ánimo de retomar la iniciativa entre las fuerzas clandestinas y pasar a una ofensiva que fortaleciera y reavivara la moral entre los combatientes, en mi condición de Delegado del Ejecutivo Nacional del Directorio Revolucionario en La Habana había concertado un plan de acciones conjuntas con las Brigadas del 26 de Julio, representadas entonces por Ramón Vázquez, sustituto del legendario Gerardo Abreu Fontán, y con Eduardo Otero (El gallego), así como con otros Capitanes de Milicias de La Habana.

La línea principal apuntaba a desatar, de modo coordinado, una serie de atentados contra figuras destacadas del gobierno, con vistas a lo cual se organizaron diferentes sistemas de información y chequeo sobre la vida habitual de varios de ellos. El plan se iniciaría ese mismo 29 de septiembre con un atentado que hubiese tenido amplia repercusión, pues su objetivo era el Dr. Rafael Guas Inclán, antiguo machadista y Vicepresidente de la República. La responsabilidad para su ejecución recaía en nosotros con la participación de Reguera, Tavo Machín –caído en Bolivia con las tropas del Che- y Jorge Robreño y cuyo chequeo en el lugar había estado encomendado a Raúl Romeu –ex presidente de la Asociación de Estudiantes del Instituto de Pinar del Río- en unión de Andrés Fornés. Suministrada por un chofer del Vicepresidente a nuestro compañero Pepito Domínguez –un destacado combatiente de la clandestinidad y El Escambray-, se disponía de información detallada sobre sus hábitos y los frecuentes sitios donde en ocasiones pernoctaba, en especial, la casa de una antigua amante en el reparto Casino Deportivo, o la consulta médica del Dr. Clemente Inclán, su primo, situada en la calle 21 entre E y F, donde se planeaba llevarlo a cabo.

Pero un hecho imprevisto impediría consumarlo, obligando a variar planes y sustituir el objetivo por otra figura de la que se dispusiera información como para efectuarlo aquel mismo domingo y de esa forma, casual y aleatoria, el designio derivó hacia Luis Manuel Martínez, condicionando fatalmente el destino de Valdivia. Un par de días antes, habíamos comisionado a Eloy Gutiérrez Menoyo, entonces jefe de acción del Directorio Revolucionario, el traslado de los alijos de armas con que contábamos hacia los puntos señalados en El Escambray para situar las primeras guerrillas, con el propósito de iniciar de inmediato un nuevo Frente Guerrillero, en cuya organización y preparativos veníamos trabajando desde junio. Por un error, Menoyo se llevó consigo las pistolas máuser de repetición a utilizar y, a la par, demoró su regreso más de lo previsto, impidiendo contar con el único auto disponible, imprescindible para la ejecución del plan.

Por tanto, hubo que improvisar. Antonio Sánchez, capitán de milicias del 26 de Julio en la Habana Vieja y mártir de la Revolución, proveyó la información sobre los hábitos dominicales de Luis Manuel Martínez y las personas y lugares que solía visitar en aquella zona de esparcimiento. Como no se disponía del transporte para asegurar la retirada, decidimos ocuparlo en el propio terreno de los acontecimientos, donde había una piquera de autos de alquiler; para conducir uno de ellos, Ramón Vázquez designó a Valdivia, a quien entonces conocimos. Un segundo antes de iniciarse la acción, acorde con el plan, él alquilaba el primero de los autos estacionados en la piquera -que prácticamente topaba con nuestra posición- y se sentaba al lado del chófer, pero este, actuando con mayor agilidad, había tomado la llave puesta en el arranque del auto antes de que Valdivia hubiese podido agarrarla, desalojarlo del carro y situarse al mando del timón para escapar los tres en él. Tras ejecutar la acción, Mario y el autor, que ya nos habíamos sentado en el asiento trasero -desde donde, además, hubimos de disparar-, observábamos como el chofer, agachándose, se escabullía en medio del tiroteo cruzado y con él nuestra esperanza de escapar con vida. Como si no bastara, la pistola de ráfaga que Mario portaba se había encasquillado, impidiéndole en un principio rematar y después ripostar durante todo el tiempo.

A una voz, los tres emergimos como un proyectil del carro y corrimos zigzagueando en dirección contraria a San Rafael, dándoles las espaldas a varios policías que nos disparaban, por lo que me detuve, giré y les riposté, lo que nos permitió alcanzar la calle San Miguel por donde doblamos, pero entonces dejamos de ver a Valdivia sin que pudiéramos retroceder en su búsqueda, porque estábamos rodeados por ambas esquinas. Mario y yo nos parapetamos y, guarecidos tras un carro, cambié el peine de mi pistola; se produjo un breve impasse, en que ni los policías de una y otra esquina ni tampoco nosotros avanzábamos. Aunque la pistola de Mario, a pesar de sus esfuerzos y blasfemias, continuaba sin disparar, ideamos un desesperado plan de dispararles por mi cuenta a los policías de la esquina más lejana, a la par que Mario amenazaba a los cercanos con una pistola inservible mientras yo lo apoyaba. Dio resultado, nos dejaron una brecha por donde salimos disparando, doblando dos o tres veces por diferentes calles y, favorecidos por el pánico desatado por los anárquicos tiroteos de los enloquecidos policías, logramos, confundidos con la multitud que corría, abordar una guagua desde donde continuamos escuchando disparos intermitentes durante una parte del recorrido.

Con posterioridad, sin separarnos Mario y el autor, procurando ayuda y otras tareas contactamos a Adalberto Pérez –quien generalmente actuaba de intermediario nuestro con otros compañeros clandestinos, al tiempo que nos trasladaba y escondía- y David Alfonso, y desde su casa avisamos de la posible captura de Valdivia. Con la ayuda de Gudelia García, una destacada y antigua dirigente estudiantil y revolucionaria, colaboradora cercana nuestra, y de María Rodríguez, nos trasladamos en un auto de alquiler hasta Santa Fe a un viejo y conocido escondite nuestro: la casa de Manolo Márquez, habiendo alcanzado a sobrepasar por apenas un segundo el cierre del tránsito y los registros a los vehículos que varios carros patrulleros recién montaban en la segunda rotonda de la 5ta. Avenida de Miramar. 

Valdivia, mientras tanto, enfrentaría horribles torturas manifiestas en su cadáver, las que con seguridad debe haber estoicamente soportado sin haber proporcionado la dirección exacta de la casa de la familia de Pepito Domínguez, la cual se encontraba situada inmediata al edificio, donde lo habían acabado de asesinar. Ni Pepito Domínguez ni la casa de su familia fueron jamás identificados por la Policía.

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Actualizada: 5 de noviembre/2007

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