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Sección Política

 

 

NECESIDAD DEL CHE  

Por  Lázaro Bacallao Pino,
Periodista e investigador
del Centro de Estudios Che Guevara
Foto: Tomada de Internet

 

Ernesto Che Guevara

Hay cierta carencia en las teorías generacionales al uso, que no alcanzan para comprender por qué, 40 años después de su asesinato en un rincón lejano de la geografía latinoamericana, el joven levanta una bandera o lleva una camiseta con su imagen. Las nuevas generaciones del mundo, lo toman como insignia, desde los más diversos escenarios y sentidos, aunque conozcan mucho o poco de él. Che ha trascendido todos los olvidos decretados, todos los errores y fracasos en el camino hacia la emancipación definitiva del ser humano, todas las barreras de la temporalidad y los espacios.

Una explicación simplista del hecho, intenta encontrar argumentos, de un lado, en una estrecha lectura de la imagen guevariana —que evocaría, en un sentido estrictamente gráfico, sentimientos de rebelión—; y del otro, en la innata rebeldía que, defecto genético superable, acompañaría a esa etapa de la vida, la juventud. Se subestima, de esta forma, tanto el legado de Che, como la trascendencia de las acciones juveniles.

En realidad, solo perdura lo que es necesario. Y esa necesidad del Che, que hace de él un símbolo perenne, encontraría sus razones últimas en las esencias más hondas del mejoramiento humano, de las cuales su ideario y su acción revolucionarios resultan paradigmas.

Sin embargo, una tensión difícil atraviesa, ciertamente, la cronología del símbolo guevariano. De una parte, su posible conversión en artículo de moda, mercancía de boutique; de otra, la riqueza de sentidos revolucionarios que emanan, incontenibles, de su práctica y pensamiento. Frente a esa tensión, solo es posible hallar una solución coherente, apoyándose en estos sentidos que nos legara el hombre, Ernesto Che Guevara. Porque la fragilidad de los mitos, a la vez que todo su poder más vacío, descansan precisamente en el desconocimiento.

¿Para qué sirven los símbolos? Para decir: proclamar sentimientos e ideas con las cuales  se comulga; esa es su función más inmediata. Pero la apropiación de un símbolo tan particular como el de Che, no admite quedar en esos límites.
 
Si la trascendencia de Che se levanta precisamente desde su acción y pensamiento revolucionarios, y la coherencia comprometida de ese actuar y pensar con el decir, de donde nace la ejemplaridad; entonces su símbolo no admite quedarse en el simple gesto de la rebeldía, o en la camiseta con su imagen, o en el discurso de frases felices. La certeza de la fuerza del simbolismo guevariano, no puede servir de acomodamiento a la pasiva postura de portadores del mismo, porque un símbolo como el de Che no permite la pasividad de quien lo lleva.

Sobre el infinito de banderas, pancartas y consignas que es, hoy, en cualquier lugar del mundo, toda manifestación contra lo que oprime y es injusto, a favor de la necesidad y la posibilidad de otro mundo, humano, justo y libre; el símbolo de Che resulta —aun en medio de la diversidad presente en esos espacios—, la presencia más universal. La relación que se establece aquí con su símbolo es, sobre todo, emocional: un recurso para declarar la protesta y la oposición a un orden social.

En torno a Che se genera un imaginario poético de la revolución, a partir de anécdotas y frases, supuestamente guevarianas, que se refieren al humanismo, la condición revolucionaria, el sacrificio y la austeridad, el valor del ejemplo, la justicia, el compromiso consecuente (y hasta las últimas consecuencias), la necesidad de auténticos procesos unitarios y solidarios —vividos, que no decretados. Y Che, entonces, es una suerte de estado del espíritu, que se comparte y expresa, que agrupa y moviliza.

Pero, otra vez, ese vínculo tan singularmente afectivo, que une a las personas —sobre todo a los jóvenes— con el símbolo, deviene condición de posibilidad de apropiaciones superficiales de los sentidos y significados ligados a su simbolismo. Muchos de esos jóvenes, reconocen lecturas dispersas sobre su vida y pensamiento, de fuentes de dudosa credibilidad. Otros —peor aún— afirman que no hace falta conocer al hombre para sentirse identificado con su imagen; que basta lo que esta evoca en el imaginario colectivo; que, en definitiva, «me sobra lo que fue, hizo o dejó de hacer el Che, porque dejó de ser historia y pasó a ser un símbolo».

Es, nuevamente, el peligro del símbolo en sí mismo, del símbolo por el símbolo y su desgaste en la retórica: una de las lecturas más atroces del legado guevariano.

En especial para los jóvenes, hay demasiados hechos y circunstancias que obligan a huir siquiera del asomo de tales lecturas. Joven él mismo —de edad, de carácter y de ilusiones —,Discurso en la apertura del Primer Congreso Latinoamericano de Juventudes. 28 de julio de 1960.  hablar a la juventud, lo admitía, resultaba para Che tarea muy grata. Sentía la necesidad de decirles sobre esfuerzos y afanes, «de cómo, sin embargo, muchos de ellos se rompen ante la realidad diaria y cómo hay que volver a iniciarlos»; de los momentos de flaqueza y de cómo superarlos.Discurso en el segundo aniversario de la integración de las organizaciones juveniles. 20 de octubre de 1962.  Y en su conversación, les confesaba, sin dobleces, de sus propias aspiraciones adolescentes de triunfo individual, lejanas al sentir revolucionario; sus andares por tierras latinoamericanas y sus tránsitos interiores vividos.

No hablaba a los jóvenes sobre temas sencillos, sino de las esencias más complejas de una revolución: la conciencia, el ejemplo, la ética, la cultura, la felicidad humana y el amor del revolucionario verdadero. No les pedía dejar la alegría innata de la juventud, pero tampoco confundirla con la superficialidad, sino ser alegres y profundos a la vez.

Les revelaba todos los desafíos del camino del revolucionario, para nada «un ser celestial, que cae a la tierra por la gracia de Dios, que abre sus brazos, empieza la revolución, y que todos los problemas se resuelven cuando surgen, simplemente por esa gracia del Iluminado».Discurso en la despedida a las Brigadas Internacionales de Trabajo Voluntario. 30 de septiembre de 1960. Y, desde su humanismo auténtico, les exigía «ser esencialmente humano, y ser tan humano que se acerque a lo mejor de lo humano».

Levantar el símbolo de Che debe ser para los jóvenes, por esto, una suerte de continuación comprometida de ese diálogo y esa empatía a veces casi espontánea con Che; de tal manera que sus ideas y acción resulten —fieles a su sentido— provocación a la reflexión y el hacer propios, desde el presente, sobre el hoy y el mañana. Conocerlo, que es humanizarlo y hacerlo cercano —que es, a su vez, la mejor manera de portarlo, no como asta inmóvil, sino actuante y consecuente. La utilidad de los símbolos —más que ningún otro, del guevariano— ha de ser el resultado de la tensa convergencia, en quien lo lleva, de su propia acción y lo que aquellos representan y evocan.

Hacer coincidir al hombre y al símbolo, desde la coherencia entre su acción y pensamiento —como asidero en el difícil camino hacia esa misma correspondencia en uno mismo—, es la contestación más convincente a aquel póster de hace algún tiempo, que denunciaba simbolismos ingenuos y distorsionados en torno al Che: «En mi cuarto tengo un póster de todos ustedes». Lo firmaba: Che.



Discurso en la apertura del Primer Congreso Latinoamericano de Juventudes. 28 de julio de 1960.
 Discurso en el segundo aniversario de la integración de las organizaciones juveniles. 20 de octubre de 1962.
 Discurso en la despedida a las Brigadas Internacionales de Trabajo Voluntario. 30 de septiembre de 1960
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Actualizada: 8 de octubre/2007

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