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PATENTES VS. SALUD
Por Cristina Escobar Domínguez
La patente de corso era un documento oficial por el cual un capitán de barco podía demostrar que estaba autorizado a emprender una campaña naval para perseguir a los piratas o embarcaciones enemigas de cualquier nacionalidad, exceptuando, claro está, la propia del país que le había expedido la licencia. Han pasado 5 siglos desde entonces, pero todavía tenemos «capitanes» que navegan por los mares con esquela de reyes.
Uno de ellos es Merck Sharp Dohme, compañía norteamericana de producción de medicamentos, que protagoniza una batalla legal contra el gobierno brasileño, debido a que el presidente Luiz Inácio Lula da Silva firmó recientemente un decreto que autoriza la importación de los denominados medicamentos genéricos: medicinas vendidas sin el rótulo de una marca comercial. Vienen desde la India, uno de los países productores, y se emplean en la fabricación de medicinas utilizadas en el tratamiento del SIDA.
El tema está que arde: la empresa propietaria de la patente reclama su derecho de producir y comercializar el medicamento Efavirenz. Pero Brasil está firme: en el gigante sudamericano hay 215 mil portadores del SIDA, y no desaprovecharán la oportunidad de hacer llegar los medicamentos a más personas, teniendo en cuenta que la India oferta sus genéricos a un precio 72 por ciento más barato que la empresa estadounidense.
Ahora bien, la escalada de precios de los medicamentos y la tragedia de millones de víctimas de SIDA de los países pobres, que no pueden pagar los remedios necesarios para estabilizar la enfermedad, suscita una pregunta: ¿por qué se admite semejante genocida política económica?
Las disposiciones de la Organización Mundial del Comercio (OMC) con respecto a la propiedad intelectual, afectan el precio que los países pobres pagan por los medicamentos, ya sea por las altas tarifas que fijan o por las limitaciones que imponen a la importación de drogas genéricas.
Las trasnacionales farmacéuticas, por su parte, se justifican con que no son las patentes las que impiden el acceso a los medicamentos, sino un problema de infraestructura, corrupción política y segregación cultural de los países afectados. De esta manera, deslizan su responsabilidad hacia cuestiones difusas donde se pierde el rastro del culpable.
El Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio de Propiedad Industrial de la OMC parecía, en sus últimas modificaciones, que vendría a salvar a las naciones cuyas poblaciones pudieran perecer por cualquier enfermedad cuyo medicamento estuviera protegido por las «sagradas patentes». Este acuerdo reconoce el derecho de anular las patentes en caso de crisis sanitaria, razón que alegan las autoridades brasileñas, que no creen estar violando ninguna ley.
Este convenio no es tan salvador como parece. En él se admite que los países produzcan medicamentos genéricos, pero muchos no pueden, por carecer de los recursos humanos y económicos. No importa que África se salte todas las patentes si igual no puede producirlos; en ese caso tendrá que importarlos y eso, a los efectos de la OMC, es igualmente condenable.
Las amenazas al país carioca no se hicieron esperar: la Cámara de Comercio de los EE.UU. advirtió que la medida puede desalentar las inversiones en Brasil de las «industrias innovadoras que dependen de la propiedad intelectual».
Estados Unidos sufre de una amnesia crónica. Olvida que tuvo que entrar en negociaciones con la empresa alemana Bayer, propietaria de la patente de la cura contra el ántrax, ante el riesgo de crisis sanitaria por esta enfermedad, ya que, en situación de crisis, no daría abasto el suministro de medicamentos, teniendo en cuenta que vendían cada pastilla a cinco dólares. Pero Bayer, cual corderillo obediente, bajó los precios por píldora a un dólar.
No obstante, sufrió una metamorfosis con Sudáfrica que necesitó tres años de batalla jurídica contra los principales laboratorios farmacéuticos para conseguir un acuerdo similar con el fin de disminuir el coste de los medicamentos contra el SIDA.
Las trasnacionales navegan cual bucaneros en las aguas donde las diferencias entre el rico y el pobre se convierten en la lucha por el que vive y el que no. Mas, en su empresa naviera, no olvidan la patente de corso, el derecho, por encima de la vida, de abastecerse de cuanta riqueza remanezca en naciones que pierden ciudadanos por causa de enfermedades curables.
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