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Sección Universidad

 

 

EL MISTERIO DE CANTAR JUNTOS

Por Ernesto Fidel Domínguez
Foto: Abel Ernesto
Ilustración de Archivo

Coro Universitario

Un grupo de jóvenes corre sin rumbo aparente de un lado a otro del salón. Las voces de unos, a veces, parece como si gritaran, lloraran, rieran a carcajadas. Los brazos se extienden hacia arriba. Algunos abren sus bocas hasta medidas insostenibles. Hay mucho calor. El ventilador de la sala está roto. Los jóvenes ahora se dan las manos, respiran profundo y empiezan a cantar.

Participar de una sesión de vocalización de la coral universitaria en el año 2000 probablemente haya sido una de las experiencias más surrealistas de mi paso por la Universidad de La Habana. La profesora, siempre atenta a nuestras capacidades vocales, trataba a cada momento de enseñarnos las formas más inverosímiles de provocar la voz, de lanzarla bien lejos, de colocarla en el lugar exacto, de pintarla con colores y movimientos, de llevarla con la fuerza del diafragma allá donde el público comienza a desvanecerse.

Esa experiencia fue, sin dudas, una de las más placenteras de mi vida. Saber cantar había dejado de ser un patrimonio de mi baño o del patio de mi casa de Guanabacoa para convertirse en una delirante realidad.

Casi todos los que llegábamos a la Coral Universitaria no sabíamos cantar. Al menos eso pensábamos o nos lo habían hecho creer. Sin embargo, durante las horas de canto (ya sea en la Casa de la FEU, en la sala Talía o en el patio de la Facultad de Farmacia…) fuimos comprendiendo que cantar era algo más que arrojar sílabas en tonos diferentes. Cantar se había convertido en un misterio para todos, un enigma que íbamos descubriendo en cada clase, una suerte de aventura hacia un espacio que sabíamos nuestro, aunque lejano.

Cantando en el coro descubrimos que el éxito de una buena melodía no residía en las ganas de escucharse uno mismo; sino, más bien, en la capacidad de oírnos todos al mismo tiempo. Cantar nos había enseñado que la fuerza de todos juntos podía surgir, compacta, hasta conquistar las paredes del Aula Magna. Podía hacer llorar, suspirar, recordar y hasta podía hacernos ganar el Festival de Aficionados de la FEU de Ciego de Ávila en el año 2000.

Esa misma fuerza que manaba de la voluntad conjunta, nos hizo encontrar en el coro a esos amigos que, aunque no los veamos nunca, aparecen siempre cuando uno menos los espera para recordar algún momento inolvidable y desaparecer de nuevo entre la bruma inexorable de los deberes diarios.

Ilustración de Archivo

Cantando conocí también a mi esposa, una contralto de pelo ligero que me apresó el corazón desde la primera tonada. 

No importa de qué facultad vinieras o cuán incompatible fueras con las Matemáticas, la Física, la Gramática o las Lenguas; en el coro, todos hablábamos el mismo idioma, todos sentíamos de la misma forma, todos teníamos en la música un espacio común, un placer común.

Por eso, al terminar la Universidad, una de mis más recurrentes nostalgias continúa siendo la que trae al recuerdo aquellos días en que cantábamos para olvidar por un momento los exámenes y las clases prácticas, para demostrarnos que podíamos todos juntos y que estábamos dispuestos a descubrir la parte de sí que cada uno había extraviado. 

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Actualizada: 6 de diciembre/2007

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