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A LOS JÓVENES NO LES GUSTA EL TEQUE
Por Fernando Martínez Heredia
Foto: Kaloian Santos Cabrera
«Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen»
Primer Manifiesto de la Reforma Universitaria.
Córdoba, Argentina, 1918
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«La lectura del diario de la mañana es la misa del hombre moderno», escribió Hegel hace 200 años. Expresaba el reto y el alcance de una propuesta nueva, que se reconocía a sí misma en la adolescencia triunfante de la modernidad. El propio Hegel recortará después esa propuesta, y adecuará sus temas al predominio del poder. Pero ya nacían los pensadores y los protagonistas de un nuevo desafío, los que emprendieron un combate contra todas las dominaciones: el Manifiesto Comunista, los insurrectos de 1848 y de la Comuna, el anarquismo, el comunismo. Sin embargo, un siglo después de Martí y de Freud parece que estuviéramos al final de un largo camino, que los «cambios» recientes han anulado toda posibilidad de cambio o de ver más allá de nuestras narices, y que los ideales y los fantasmas han dejado de recorrer el mundo.
La gran Revolución que triunfó hace 40 años lanzó a los cubanos al centro de la aventura de la liberación de las personas y las relaciones humanas. Las grandes palabras se volvieron entonces lenguaje corriente, porque el presente dejó de ser lo cotidiano y se convirtió en cambios trascendentales, y el futuro perdió su mezquindad y se convirtió en proyecto. La vida de cada individuo cambió, y cambió la sociedad; todo se expandió y se complicó. Después se hicieron visibles los límites, y pesaron cada vez más. Una historia muy rica, larga y hasta contradictoria es la del proceso contemporáneo cubano. No vengo a hablar de ella, aunque recomiendo con fuerza que cada lector se apropie de ella, que no viva sin ella, porque le es vital para conocerse a sí mismo y a su entorno, y para influir en su propio futuro.
El tema que me piden es el de la relación actual entre los lenguajes que vivimos y la revolución. Nace de una sana consternación: lo que oímos, vemos y leemos, ¿qué relaciones tiene con la vida real de los cubanos? ¿Qué se hizo de la profunda unión entre las grandes palabras y la vida cotidiana, del amor que se tenían? ¿Adónde iremos si el don de la comunicación no ayuda —entre tantas dificultades, enemigos y descreimientos— a la Revolución socialista?
Un axioma: a los jóvenes no les gusta el teque. Bien, pero, ¿y qué les gusta? El problema es demasiado grave para salir del paso con frases hechas. ¿Se trata de un malentendido o un error humano, que si lo advertimos se resuelve? ¿O será algo peor? Y los jóvenes mismos, ¿será que solo les gusta lo que corresponda con la ola conservadora que gana terreno desde hace años en nuestro país? ¿Ese es nuestro destino? ¿O es anomia, o falta de entusiasmo? Cuántas preguntas. Y podría haber muchas más.
Hay que partir de los hechos. Nuestros sistemas de instrucción, divulgación y propaganda acerca de la Revolución y de la historia y los problemas actuales de Cuba van de medianos a pésimos. La ignorancia fomentada por esos defectos graves despoja al joven de interés por los mensajes, y le quita la base que brinda lo conocido para captar lo nuevo. También, y esto es peor, cercena la capacidad de hacer preguntas. Además, el lenguaje político está devaluado, y está resentida su credibilidad. Y no es solo en el espíritu el problema: tenemos dos monedas, difícil vida cotidiana, reciente diferenciación por el ingreso, elementos de capitalismo en la economía, dura lucha del poder revolucionario por conservar la sociedad de tendencia igualitaria y bienestar compartido, e impulsar una economía viable. Tenemos lacras sociales, y mucho mayor nivel educacional que económico. Lenguajes dobles, miradas al techo y escasos debates abren demasiado espacio a las confusiones, al rechazo en bloque y, sobre todo, a la indiferencia en materia cívica, que ha crecido sensiblemente.
No quiero repetir aquí la usual lista de anécdotas y ejemplos que llena nuestra cotidiana e inútil crítica. ¿De que vale fatigar la palabra «cubano» si ignoramos la historia social de los cubanos? Sin historia económica, los «reportajes» económicos son filfa y fastidio. Es tonto decirles a los jóvenes que antes todo era terrible, pero es vital que los jóvenes se apoderen de la memoria histórica. Si los jóvenes ignoran, o solo ven hipocresía en torno a los problemas de hoy, ¿cómo van a ser capaces de enfrentarlos y resolverlos?
Buscar nuestros problemas e identificarlos con lucidez descarnada, es un buen comienzo. Después, y siempre, estimular las iniciativas. Nos faltan recursos, pero nos sobran hábitos autoritarios: que nuestra riqueza mayor, las capacidades de la gente, sea un factor decisivo a favor del socialismo, y no una preocupación de quienes quisieran guiar en todo momento a un pueblo de eternos niños. La participación de todos los que tengan ideas y deseos de actuar es indispensable, para romper los aislamientos que tiene nuestra comunicación. El respeto al otro —incluso al error del otro— y la estimulación del debate promoverán la participación.
La unión de la iniciativa, la calidad y el compromiso es la clave. Nos faltan recursos, pero nos sobran capacidad y valores humanos para emprender esa tarea. Y el tiempo apremia. Ya no hay misa para el hombre moderno. El gran capitalismo de hoy no porta ideales ni hace promesas, ni deja espacios para que «pequeños capitalismos» se desarrollen en pueblos «adolescentes». Si todo puede ser reducido a lenguajes, es porque el lenguaje realmente ya no dice nada. ¿Será una forma de regreso nuestro hacia el capitalismo el que el lenguaje se vacíe de sentido? Luchar contra el capitalismo es muy difícil, no hacerlo es suicida.
Mella respondió al reto de la reforma universitaria, y su victoria estuvo en ir más allá. Hoy es vital la centralidad de la cultura, porque la dominación capitalista ha puesto en curso una guerra cultural mundial para controlar las mentes y los corazones. Es una lucha cultural, y toda lucha cultural es una lucha política. La verdad será imprescindible, y el arma más útil: la verdad siempre es revolucionaria. Pero no bastará. Habrá que elaborar mensajes creíbles y atractivos. Y elaborar entre muchos, entre todos si es posible: no meramente recibir. Los grupos informales de estudiantes, las asociaciones, la FEU, el estudiante como ciudadano, participarán en esta lucha. De otro modo que como actuó Mella —siempre es de otra manera—, la victoria estará en ir más allá. Ahora será una lucha cultural por el socialismo, no por menos. No solo porque menos no valdría la pena, sino porque es la única oportunidad que tenemos de ganar.
A los jóvenes no les gustaba el teque en enero- febrero de 1999 cuando el ensayista e investigador Fernando Martínez Heredia, Premio Nacional de Ciencias Sociales 2006, escribió para Alma Mater este texto, que todavía tiene mucho que decir e interrogar a los jóvenes de hoy.
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