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LA HABANA PARA UN ANDANTE DIFUSO
Por Leandro Estupiñán Zaldívar
Fotos: Tomadas de Internet
Llegué a la Universidad de La Habana en septiembre de 2000. Había estado antes en la capital y me sentía con el derecho de recordar cada calle, cada lugar. Por eso, cuando al mediodía nos bajábamos del tren que debimos abordar en Cacocum la noche antes, dije a dos amigos que también harían su matrícula: Hay que coger por aquí. Yo me sé el camino. Debí parecer un general frustrado.
Ya mi hermana había ido en un auto a recoger las maletas de todos. La idea era llegar primero a la calle Reina, donde vive mi abuelo, aunque, por problemas de orientación urbanística, fuimos a parar a un lugar cercano al Malecón. Demoramos dos horas en el camino. Íbamos de la Fuente de Neptuno a los Leones del Prado, de Bellas Artes al Barrio Chino, hasta que descubrí la gran puerta y la escalera del solar de mi abuelo. Una escalera de mármol, larga y sucia que ascendía como el tronco de mi árbol genealógico por la rama materna.
Ese sería mi recuerdo inaugural de la Universidad de La Habana: ir subiendo escaleras, primero con escalones de mármol, luego con burdas losetas cubiertas de una costra centenaria. Siempre largas como si pretendiesen llevarme al cielo, pero que iban a la secretaría de la facultad, a la biblioteca, al cuarto de la beca. Mi estancia universitaria era eso: subir y bajar escaleras.
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Tuve la suerte de vivir unos años en el Vedado. F y 3ra., 12 y Malecón. Sitios privilegiados. Salía al balcón, o me asomaba a la ventana, y podía ver el Habana Libre, El Morro, el mar. Hasta podía participar, sin ser un intelectual, en las fiestas que organizaba la sala Manuel Galich de Casa de las Américas. Incluso, pude haberle tocado las puertas al mismísimo Fernández Retamar, no para que leyera uno de mis cuentos «barrocos» con los que torturaba a mis compañeros de cuarto, sino para que tuviera la gentileza de permitirme acceder al agua que higienizaría mi cuerpo, o lo que de este quedaba luego de dos años subiendo y bajando, bajando y subiendo al piso 19, sin ascensor, mientras pensaba en las asignaturas para las que tenía un retraso cerebral olímpico: la Gramática, el Inglés, la Redacción… ¡caramba! ¿Qué hacía yo en la universidad? ¿Qué hacía allí si en mi familia pocos habían llegado a semejante nivel?
Hubo algunas asignaturas en las que me sentía, uso palabras de nuestro profesor de Periodismo Impreso: como pescado en mi salsa. Me ocurrió con Radio, un mundo en el que había incursionado durante mi adolescencia. Teorizar sobre el tema me pareció fascinante. También me encantaron las clases de Historia, las de Cultura Cubana, las de Periodismo de Investigación, algunas de Literatura. Y quizá, de todas, viví más intensamente aquel Taller de Cine que recibíamos en la tarde.
Las clases de cine me hicieron vivir una aventura descabellada en plena calle. Ahí están Pavel, Tony y Ronald, tigres de aventuras que a veces éramos cuatro, para afirmarlo. Ponían en el Yara Minority Report. Hicimos la cola desde las cuatro. Vimos caer la noche solo masticando rositas de maíz. A las ocho, dijimos: qué va, nos vamos. Y nos íbamos.
Caminaba frente del cine, cercado por un cordón de policías que impedían el acceso del curioso público cuando, de repente, tuve delante un Lada blanco conducido por un negro que, desesperado, hacía señales para que me apartara. Busqué a mis amigos y no estaban allí. Habían huido, espantados. Me aparté con unos pasos tímidos. El Lada avanzó hasta el borde de la acera del cine seguido por una guagua de turismo que paró a un paso de mí. Abrió sus puertas y a mi lado apareció Steven Spielberg.
¿Qué podía hacer en ese instante? Pues mantenerme inmóvil, con mi eterna maleta negra en una mano y mi flaquencia. Entonces parecía medio árabe… como un afgano, donde Al-Qaeda, ¡horror! Debí parecer un terrorista, porque un policía: «Sal de ahí», vociferó desde el cordón. Al ver que a mí sus órdenes me importaban lo que yo mismo a Spielberg, desentonfó su tonfa y chilló desafiante: «Mira lo que traigo aquí, mira lo que traigo aquí».
Si hubiese dicho: «Look at that I bring here», el propio visitante se habría vuelto a mirar qué era aquello que anunciaban desde el público. Y sí, se volteó. Desde la masa anhelante y siempre dispuesta al bullicio empezó a brotar un aplauso masivo y yo quedé, por suerte, disuelto entre los otros que bajaban de la guagua o seguían detenidos frente al cine.
El día que regresé a mi casa, convertido en un perfecto graduado universitario, lo hice en avión. No era que debía asumir la nueva etapa viajando en vehículos de mayor caché, sino que me recobraba del accidente automovilístico en el cual, además de perder un trozo de cuero cabelludo, había perdido a mi madre. Entonces, comprendí que la universidad no había sido solo escaleras, era también el final de un precipicio que aún estaba cruzando.
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