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LA SIEMPRE UNIVERSIDAD DE LA HABANA 
 

Por Yuliet Pérez e Isaíris Sosa,
estudiantes de Periodismo
Foto: Kaloian 

Llegar a la Universidad de La Habana es un gran acontecimiento, sobre todo, para quienes no somos capitalinos. Después de subir dos o tres veces la escalinata y tropezarnos siempre con la generosa dama de brazos abiertos que nos da la bienvenida, respiramos con alivio y expresamos ¡no es un sueño, llegamos a la universidad! Comienza entonces la vida intramuros en la institución cultural más antigua del país; donde transcurrirán, según nos cuentan, los mejores años de nuestra vida. 

Al principio nos pasaremos más de una vez de la parada de la Facultad, nos perderemos camino a la beca o seremos incomprendidos como en aquel trabajo voluntario cuando, limpiando mi aula, solicité una bayeta y nadie sabía lo que era porque ellos, simplemente, la llamaban colcha.  

Pero muy pronto terminamos adaptándonos a la dinámica universitaria, incluso, a sus carencias: los siempre averiados  elevadores de la residencia estudiantil, la ausencia del líquido más importante del mundo, mucho más cuando se ha subido al trote hasta el piso 20, o aquellas longanizas humanas en la parada (y en la botella) que tantas veces nos niegan los primeros minutos de una clase. 

En la universidad encontramos la verdadera amistad y al soñado príncipe azul que, con un poco de suerte, es hasta habanero. Viviremos noches infinitas al compás de las cuerdas de una guitarra, asecharemos cada festival de cine o de ballet; y lucharemos por hacer nuestros, amén de su precio, los mejores ejemplares de una  Feria Internacional del Libro. Aquí revolucionamos nuestra forma de pensar, reeducamos el gusto musical, literario y estético; nos convertimos en verdaderos innovadores del vestir y en modelos de variopintas maneras aretes y collares.  

Siendo universitarios es que definimos si vamos a escuchar rock o trova, y si vestiremos a lo freaky o a lo mickey; mientras tenemos clarísimo que el reguetón no es la mejor opción que se ha inventado, aunque algunas veces lo bailemos. Si siempre hemos deseado hacernos un tatuaje o ponernos un piercing, es en la universidad donde lo materializamos; es en ella donde terminamos de leernos aquel libro que dejamos a un lado por parecernos sin sentido; y donde comprendemos esa canción de Silvio Rodríguez tantas veces tarareada sin sospechar, siquiera, cuánta filosofía llevaba implícita. 

Independientemente de la carrera que cursemos, en la universidad nos convertimos en verdaderos económicos para repartir el dinerito del mes entre comprar algo de comida que complemente la de la beca, y hacernos de ese libro tan necesario para la asignatura X y que no lo tenemos en la biblioteca de nuestra Facultad. Si a eso le sumamos los 5 pesos para la celebración de un cumpleaños colectivo este mes y los 10 que acordamos dar para la fiesta de fin de semestre, entonces es muy compresible que a las colas de Coppelia las superen aquellas del estipendio, aunque la administradora con enormes ojos de asombro no se explique cuál es nuestro apuro si tenemos tres días para cobrar. 

Es quizás la universidad el único escenario donde se puede, a un tiempo, estudiar Filosofía y ser campeona en la impulsión de la bala; o graduarse de Cibernética siendo también el mejor cantante aficionado.

Como universitario es sinónimo de «hombre orquesta», debemos ingeniárnosla para ser buen estudiante mientras participamos en los Juegos Caribe, los festivales de cultura, las Brigadas Universitarias de Trabajo Social (BUTS), los foros científico técnicos y las «tareas  de choque» de estos tiempos.

Y si por casualidad eres dirigente, tu tiempo libre es cada vez más escaso, porque además  de dar el sí en todas las actividades mencionadas devienes estratega en la gran lucha por ocupar el podio caribeño o beber un sorbo de cultura de la célebre copa. 

Así de maravillosa es la vida en la Universidad de La Habana, sin embargo, pertenecer a ella es mucho más que vestirnos extravagantemente o encontrar polémica en cualquier tema. Ser universitario significa, además, un compromiso con esa historia que convierte a la Casa de Altos Estudios, por momentos, en leyenda. 

Esos bancos que devinieron Celestina para Ariel y Libet en los primeros meses de su ingreso, sirvieron también en tiempos pasados a otro Ariel y a otra Libet como escenario para conspirar contra el régimen imperante o planificar la próxima huelga estudiantil. 

Quien disfruta de una mañana en la colina, con toda la algarabía y la diversidad de estilos que marcan hoy nuestra heterogeneidad, no llega a imaginar que en esas mismas calles fueron torturados y asesinados jóvenes como nosotros que solo soñaron un futuro mejor para la nación. 

Hoy nuestra universidad dista mucho de la otrora de cuello y corbata que encontró en Julio Antonio Mella y en José Antonio Echeverría a dos de sus presidentes ilustres, pero ya lo dijo Vladímir I. Lenin: «el hombre se parece más a su tiempo que a sus padres». Sin embargo, más allá de la vertiginosidad de los tiempos actuales e incluso de las corrientes posmodernas, que también hacemos nuestras los universitarios, hay algo que no ha cambiado, y es la disposición de quienes engrosamos las filas de la Federación Estudiantil Universitaria, la decisión de seguir haciendo, cotidianamente, mucha historia. 

Así  es la siempre Universidad de La Habana, suntuosa en su arquitectura, desafiante de siglos y ciclones, hermosa dentro de sus pesares, imposible de desnudar por tanta leyenda que le han tejido sus generaciones, por su prestigio internacional, por su misión eterna de continuar formando hombres. 

 


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Actualizada: 19 de enero/2007