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De cómo y por qué los estudiantes universitarios cubanos se fueron en 1892 por primera vez a una huelga
1892 HUELGA ESTUDIANTIL
Por Jorge Sariol
Ilustración: Archivo
La «bomba» estalló el 27 de febrero de 1892, cuando La Gaceta de La Habana publicaba un decreto real, que suprimía el desarrollo de doctorados en todas las facultades de la Universidad de La Habana.
La mecha había sido encendida 34 días antes, al publicarse el documento en La Gaceta de Madrid el 20 de enero. Gracias a la maravilla del telégrafo, en Cuba se supo enseguida. Sin embargo, los universitarios debieron dudar que fuera «real» el Decreto Real, a pesar de estar firmado por los Borbones Alfonso XIII y su esposa Victoria Eugenia de Batenberg, pues aunque en principio acordaron no asistir a clases, se mantuvieron en las aulas promoviendo la protesta.
Los diarios La Lucha y La Discusión apoyaron a los universitarios y estos acordaron disolver la junta de representantes de los cursos de la universidad para coordinar las acciones en pleno. A la expectativa, como una potente caldera de vapor machacando en baja, esperaron hasta que lo vieron escrito y la primera medida fue irse, por primera vez, a una huelga total.
CAUSAS Y EFECTOS
A propuesta del ministro de Ultramar, Francisco Romero Robledo —quien nunca en su ultramarina vida había estado en Cuba—, el edicto argumentaba «economías» además de abstraer otro concepto intragable a la altura del 1892 cubano: «la conveniencia de fortalecer y estrechar los vínculos de fraternidad y de amor a la patria, con aquellos nuestros hermanos nacidos allende los mares». Para rematar, se argüía equiparar el sistema, pues ninguna otra universidad —salvo la de Madrid— tenía las prerrogativas de conferir grados de doctor.
La intención era inequívoca: españolizar a la juventud criolla, obviando un aspecto: que varios de los principales «promotores» de la rebeldía nacional habían estudiado, justamente, en la mismísima España: Carlos Manuel de Céspedes, por ejemplo, en Barcelona, y José Martí, en Zaragoza.
Sin embargo, otra realidad desbordaba el convento de San Juan de Letrán, sede de la entonces ya secular Real y Literaria Universidad de La Habana. El viejísimo edificio —conocido como Convento de Santo Domingo— era inadecuado.
El anfiteatro anatómico estaba en estado ruinoso y, entre otros muchos males, la falta de espacios en los patios interiores hacía que los estudiantes esperaran a sus profesores fuera del claustro, origen, según un informe, a «…frecuentes perturbaciones del orden…», entre ellas el sonido inconfundible de las trompetillas cuando los piquetes de «voluntarios» pasaban marchando cerca del plantel.
Otras eran algo más subidas de tono, como aquella en que gritando «¡fuera el bedel!», rociaron con huevos podridos a un bedel mayor, llamado don Manuel Alonso, después de romper en tropel una gran tinaja, los faroles de las galerías y unas cuantas mamparas. Don Manuel no terminó de cabeza dentro del aljibe gracias a que puso rápidamente varios corredores de por medio. La razón de tanto rechazo era, según decían algunos, que casi todos los bedeles eran furibundos «integristas» dedicados a espiar a los no menos furibundos «laborantes» que había entre el estudiantado. Nunca se pudo identificar a los revoltosos y don Manuel, a pesar de las protestas, se mantuvo —buenos oídos, ojo avizor y buenas piernas— largo tiempo en el mismo cargo.
EFECTOS Y CAUSAS
Lo cierto es que la universidad, 162 años después de fundada, era una institución que según el eminente profesor, doctor Leopoldo Berriel remuneraba «no solo con creces, en instrucción y en cultura, los gastos que demandan su mantenimiento —dejaba un sobrante de $556,00 cada año—sino que también viene a ellos, contribuyendo —auxiliada, además, con los ingresos que realizan los escolares— con su propio dinero». La exposición de Berriel, apoyada por el profesor Rafael Cowley, provocó en los estudiantes una explosión de júbilo, y el mismo día 27 de febrero de 1892, ya en huelga y reunidos en las galerías vitorearon al claustro e iniciaron un conato de revuelta al pedir como primer paso la dimisión del rector, el doctor Joaquín Lastres.
Don Joaquín, «españolísimo» aunque había nacido en Cuba —y escogido para el cargo personalmente por el Capitán General de la Isla don Camilo García de Polavieja y del Castillo—, esperó hasta el cinco de marzo para exhortar al regreso a las aulas, pero la muchachada hizo circular versos patrióticos y pegó en las paredes un suelto donde se advertía «…los pocos, los poquísimos que quieran ir contra el acuerdo de la inmensa mayoría, que vayan en buena hora. La execración y el desprecio de sus compañeros caerán sobre ellos (…) No asistiremos a clases hasta tanto no se revoque el Real Decreto que provocó nuestra digna protesta».
Al mediodía del 11 de marzo, la universidad, varios días desierta, comenzó extrañamente a llenarse poco a poco de estudiantes de todas las facultades, sin que nadie hubiera promovido una convocatoria formal. A la una y treinta de la tarde el viejo convento de Santo Domingo amenazaba con desplomarse por la tensión; justo en tal momento arribaron al Aula Magna varios profesores encabezados por Berriel, Alacán y González Lanuza. Solo trece estudiantes entraron con ellos al paraninfo.
El doctor González Lanuza, luego de reconocer la dignidad y validez de la huelga advirtió que el acuerdo no llevaría a nada sin esperar primero la respuesta del Ministro, pero los gritos de rechazo fueron estentóreos y unánimes: ¡NO! Enterado, el rector amenazó con cerrar las puertas de la universidad si no había «cordura y sensatez», advirtiendo que luego, todo el que quedara dentro y no fuera estudiante, sería «conducido». Sellado el portón, inmediatamente fue derribado desde afuera. La situación pintaba caótica. Hubo intento de llamar a los voluntarios, pero los ánimos se calmaron con los llamados de paz de los profesores.
Los estudiantes no regresaron a clases ese día ni en los dos siguientes, pero el 14, luego de gestiones del claustro, de divisiones y falta de unidad en las estrategias a seguir, se promovió, si bien no la revocación del acuerdo de huelga, sí la suspensión temporal, en espera de las respuestas de Romero Robledo desde España.
«La suspensión temporal implica debilidad y con la debilidad solo se consigue el desprecio» —escribió un estudiante en carta al director del diario La Discusión—. «Si no cumplimos nuestro acuerdo, jamás seremos considerados, ni respetados, mereciendo los que falten a tan sagrado deber, el anatema final que nuestros delegados consignaron para vergüenza y escarnio de los que aún conservan en su espíritu la protesta cobarde y sumisa del esclavo».
A finales de marzo se supo la noticia del restablecimiento de los estudios de doctorado, lo que no se hizo efectivo hasta el 3 de septiembre. Sin embargo, no llegaron a dotarse las cátedras para que se realizaran estos estudios.
Desde Nueva York, en el periódico Patria del 19 de marzo de ese mismo año, Martí había escrito: «Lo que la juventud levanta del suelo es el guante que le echa al país el Ministro del Ultramar: una universidad descascarada con estudios de pergamino y polvo, es todo lo que tiene para su cultura (…) quiere forzar a cada hijo de Cuba a que vaya a España a tomar carta de esclavo…»
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