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La abulia no es de cubanos
Por Frank Díaz Donikián
Ilustración: Archivo
Para un graduado universitario hay los mil y un chances de echar al ruedo lo aprendido en todo un lustro. Basta con sus ganas. Otro tanto sería su vocación de servicio.
Un ingeniero mecánico de estreno, por ejemplo, está en condición de incidir en la superación de los que aprietan tuercas en talleres. De desterrar las jergas al identificar piezas o herramientas y ayudar a poner disciplina en flujos productivos.
De aquel boceto de proyecto, que desde los días de la universidad permanecía a mano alzada en la última hoja de una libreta se puede reactivar el movimiento de innovadores y racionalizadores donde se estuviere prestando servicio.
Pero la condición de ser un profesional se constata en lo social. Si se quiere ser de veras, cada quien tendría que ver en derredor para aquilatar cuánto más pudiera aportar con su talento.
Resulta impensable que en un municipio agroindustrial, donde hay decenas de ingenieros haciendo labor en un complejo azucarero, se noten tantas faltas, hasta simples de solucionar, como más sitios con columpios, tío-vivos, o cualquier otro simple aparato para el divertimento infantil.
A veces los recursos están ociosos y hasta en desecho. Y tomando en cuenta la inventiva del cubano en casi medio siglo de rigores, no sería imposible fabricar con medios propios en cualquier canto de este archipiélago un carrusel, artilugios voladores o hasta una montaña rusa en miniatura, cuando es pan comido el desarme y ensamble de un central.
De crearse esas cosas in situ, funcionarían a su vez como muestra fehaciente del empeño de sus lugareños, del sentido de pertenencia y como acicate para quienes también pueden, hagan.
Asimismo, con los calores que sentimos más bochornosos cada año y el ataque real de plagas, ¿qué hay de poder agenciarnos más productos antiinsectos con las gestiones de nuestros tecnólogos titulados o en ciernes?
Resulta un reto para cualquiera con ansias de investigar en aulas de un centro superior, un laboratorio o en una industria, cómo y con qué se pudiera producir más repelentes.
La respuesta no ha de estar muy lejos, cuando muchos campesinos suelen sustituir esos aromatizados espirales de humo para ahuyentar mosquitos, que no encontramos en el mercado, quemando en anafes bostas secas de vaca.
Del mismo modo, ¿cómo pudiéramos hacernos de más máquinas chapeadoras o cortadoras de césped mecánicas fabricadas en el país, con nuestras iniciativas y hierros en desusos?
En la lista de lo que no tenemos y pudiéramos lograr, se cuentan interruptores de reóstato para amortiguar luces o conmutadores de cuerda, ideales para olvidadizos en no apagar las lámparas que iluminan las escaleras en los edificios de apartamentos.
Al parecer, tantísimos foros pensados para incentivar la búsqueda de soluciones técnicas y la sustitución de recursos, precisan ampliar horizontes para cumplir bien con exigencias actuales.
Hay que tomar otras iniciativas. Exprimir neuronas, aprovechar nuevas potencialidades. No todo se puede comprar hecho, y mucho menos en el exterior.
Al mismo tiempo, habría que plantearse seria y permanente cómo motivar al mayor «cacharreo», amén del salario que reciba un ingeniero o técnico.
Sería darle una revisión al engranaje de retribuciones especiales por lo aportado. Premiar como se debe cada entrega de acuerdo con su trascendencia. Y no solo con diplomas, como tanto vemos en las noticias nacionales de la televisión.
Ese profesional o futuro graduado, tras muchas horas de pensamiento y hechura en un proyecto valedero, le es imprescindible solucionar otros problemas, incluso personales, que no sabe o no tiene cómo resolver.
El premio ante algo que nos mejore o nos ahorre hasta millones, no puede ser cosa normada. Hay que averiguar primero cuáles son las necesidades más perentorias de ese investigador, inventor o innovador, para proporcionar luego el regalo más útil.
Urgen nuevos trechos para estimular lo productivo. ¡Hay tanto por hacer! Y se tienen miles de gente formada o en vías de serlo, capaces de insuflar con talento hacedor nuestro nivel de vida, ahora mismo.
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