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Nuestro Credo
Por Tamara Roselló
Al Padre Varela, 155 años después
Yo pienso, tú piensas, él piensa…Ese es uno de los ejercicios que si bien se practica nos acompaña como signo de lucidez hasta el día final. Pero ¿quién duda que los que han perdido la cordura no tengan su mente llena de pensamientos tormentosos, punzantes o tristes?
Un signo del enamoramiento es no dejar de pensar en el otro o en la otra. El amor es un estado del alma y del cuerpo, es un misterio.
Pero no les propongo el tema de los amores, del que seguramente se hablará mucho durante todo febrero. Quiero volver a ese privilegio de los seres humanos: conjugar el verbo pensar. Ese es solo el inicio. A la sazón hay que añadirle una pizca de comunicación, un ingrediente básico para que fluyan mejor las propuestas, las imágenes o las memorias que se cuecen bien adentro de nosotros.
Podríamos ser mundos apartes, pero desperdiciaríamos afinidades, puntos de contacto, afectos y saberes. En nuestras manos está la oportunidad de tejer un proyecto, que necesitará de esfuerzos individuales y colectivos, de consensos, de energías renovadas y de experiencia.
Las buenas ideas, las grandes dudas, el conocimiento, las vivencias… adquieren su verdadero sentido cuando se convierten en palabras, en historia común, en mensajes, en acciones, que intercambiamos con amigos o amantes, con colegas y conocidos.
Hay que vencer al agotamiento interminable que, al final del día, sepulta en la almohada a las más profundas o sencillas reflexiones, a las más urgentes o reiteradas. Ni los sueños las reaniman. Solo a la mañana siguiente volverán como un deber ineludible, una rutina gastada, o un deleite… depende. Todo depende.
Las universidades, los hogares, las escuelas y las sociedades que las amparan, deberían ser templos del placer de pensar, así sus moradores degustarían esos laberintos íntimos que se escudan tras una mirada. Pero podrían ir más allá de los razonamientos propios y ajenos, y hacerlos dialogar, emparentarlos, para que crezcan y alcancen altura.
Los libros desde los más breves hasta los más voluminosos, desde los infantiles hasta los de adultos, también son caminos para no cansarnos de meditar. Los temas saltan a la vista, están en sus páginas, en los personajes, en las escenas que recrean o inventan los autores. Y en las calles nuestras, y en lo que está mal e incomoda. Y en lo que aspiramos y no llega, y en lo que llega sin esperarlo. Pensémonos entonces. No renunciemos ni por un instante a esa inquietud que fortalece neuronas. Pero que no nos baste.
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