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Eterna hija y madre
Conversación con la Maitre Manelyn Rodríguez González, fundadora del Ballet de Camagüey
Por Raúl Alejandro del Pino Salfrán
(Estudiante de Periodismo)
Fotos: Del autor y cortesía de la entrevistada
El pasado 1ro de diciembre unas de las instituciones insignias de la cultura camagüeyana y de todo el país arribó a sus cuatro décadas de existencia: el Ballet de Camagüey.
Sin embargo, de este glorioso colectivo, solo una persona ha permanecido en su seno desde su creación. Se trata de Manelyn Rodríguez González.
Conozco a Manelyn desde pequeño, pues mi madre fue una de sus tantas alumnas; incluso sabía de su gran carisma y jovialidad, pero desconocía a la extraordinaria mujer que de hija pasó a ser madre del Ballet de Camagüey. Su historia es interesante desde el día en que nació, cuando su abuelo, en vez de inscribirla bajo el nombre de Marilyn, como escogiera su madre, la bautizó como todos la conocemos.
De mirada profunda y sonrisa amplia, me relata desde el instante en que decidió ser bailarina y no dentista. Con una profunda devoción por la enseñanza de los niños, solo añora que su obra y esfuerzo por siempre en la memoria de aquellos que ayudó a formar. Para ella, disfrutar ese calor humano que le brindan todas las personas que forman parte de su vida, es imprescindible.
¿Siempre deseó ser bailarina?
Cuando uno es un niño no sabe lo que quiere ser. En mi caso, tenía una vecinita que estaba en una escuela de ballet particular y nos enseñaba en la acera los ejercicios de ballet. Después salió una convocatoria en el periódico y mi abuela me llevó a hacer las pruebas. Me escogieron y empecé a estudiar ballet. Eso fue en el año 1962, tenía 10 años.
Toda su formación como bailarina fue en la ciudad de Camagüey ¿En cuáles centros realizó sus estudios?
Mi primera escuela se llamaba Escuela de Ballet y estaba en la Calle Cisneros Vicentina de la Torre fue mi primera maestra. Luego pasamos a donde estaba la Sociedad Española, en la misma calle. Abajo los viejitos jugaban dominó y arriba dábamos clases de ballet. Debido al ruido que hacíamos con las botas cuando tomábamos clases de Carácter, que eran las danzas europeas, nos trasladamos para la antigua academia privada que tenía Vicentina antes del triunfo de la Revolución. Y finalmente se funda la Escuela de Arte que actualmente lleva su nombre. En ese tiempo la Vocacional de Arte no existía.
La escuela estaba constituida por las especialidades de ballet, música y artes plásticas, no tenía teatro todavía. La escolaridad debía hacerla allí también, pero como estaba un año por encima de la mayoría, hice el preuniversitario en otro lugar. Las clases de ballet terminaban como a la una de la tarde y empezaba el preuniversitario media hora después. Eso me provocaba un sueño muy grande porque no me daba tiempo descansar nada, tenía que salir casi corriendo del teatro. Me quedaba dormida porque el ejercicio me cansaba mucho. Tal es así, que suspendí Matemática, que era el primer turno. Después pasan a décimo grado los compañeros que estaban conmigo en el grado de ballet y empecé con ellos.
¿Cómo llega al Ballet de Camagüey?
En mi quinto año de estudiar ballet, mediante un movimiento que se hace con las muchachas más adelantadas, se crea el Ballet de Camagüey. En ese momento me gradué, era el año 1967.
Como era menor de edad, pues todavía tenía 15 años, mi mamá asistió a la reunión que dio Vicenta, como la llamábamos cariñosamente, anunciando la creación de la Compañía. Le dijo que yo era una de las escogidas, pero debía autorizarme porque tenía que dejar mi vida de estudiante y volcarme completamente a la de un trabajador. Inmediatamente mi mamá se viró y me dijo:
¿usted qué va a hacer?.
Debo explicar que nosotros no veíamos el bailar como una profesión, no por el intensivo, la educación o la disciplina que nos formó Vicentina, sino porque no sabíamos, debido a la inmadurez de la edad, la responsabilidad de ser bailarín. Es una profesión como otra cualquiera, pero no lo visualizábamos así, sino como lo que se hacía cuando terminábamos la parte académica.
Anteriormente decía que quería ser dentista, pero cuando mi mamá me pregunta me decido por ser bailarina y en ese instante comenzó mi carrera.
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| Manelyn Rodríguez, la segunda de izquierda a derecha |
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¿Participa en aquella inolvidable función inaugural?
Sí. Ese programa incluía Las Sílfides, el Pas de Trois del primer acto de El Lago de los Cisnes, y La Fille Mal Gardeé. En este último me sucedió un evento muy gracioso, pues ese ballet incluye siete parejas de cuerpo de baile y teníamos solo dos muchachos. El resto éramos muchachas, así que las más altas tuvimos que bailar de varón. Claro en Las Sílfides si bailé como mujer.
¿Estuvo nerviosa ese día?
El bailarín que no se ponga nervioso en el momento en que va a salir a bailar, no es bailarín. Es algo inherente a todo artista. Nunca he hablado con una persona que no se impresione en ese momento. Incluso puedes concentrarte, prepararte y saber bien lo que vas a hacer, pero los nervios siempre están allí. Cuando estás en escena es distinto pues estás en el ambiente, en tu papel… pero esa primera impresión siempre da nervios.
¿Cómo fueron los primeros años en la Compañía?
Comenzaron las funciones, a salir mucho a los municipios, a viajar en las famosas guarandingas, que eran unos camiones que en la cama les situaban la parte de atrás de un ómnibus. En esos transportes íbamos a todos los lugares: campamentos cañeros, campamento de la EJT, etc. Bailamos muchísimo en esa época, porque cuando se es joven no importa nada.
Usted desarrolla conjuntamente con su carrera de bailarina otras responsabilidades en la Compañía, ¿cómo sucede esto?
En el año 1970 Joaquín Vanegas sustituye a Vicentina de la Torre en la dirección de la Compañía. Antes de venir para Camagüey se desempeñaba como Reggiseur del Ballet Nacional. Fue él quien le dio el toque profesional al Ballet de Camagüey, es decir, quien organizó el equipo que trabaja detrás de una función, porque estábamos acostumbrados a Vicenta, que lo hacía todo. A mí me da la responsabilidad de Reggiseur y de ensayadora. Eso lo hacía sin evaluación artística aún.
Cuando Joaquín se marcha nuevamente para La Habana, en septiembre de 1973, debido a mi categoría de Reggiseur, la Dirección de Cultura Provincial me nombra directora. En ese momento dejé de bailar porque con ese cargo no podía desempeñarme como bailarina también, porque para bailar se necesita tiempo, entrenamiento y mucha dedicación.
En 1975, la llegada de Fernando Alonso como director se convierte en una oportunidad para mí como bailarina, porque quería aprender y experimentar de todas esas clases que impartía. Pero me pidió que siguiera con el cargo de Reggiseur que tenía anteriormente.
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Bailando La Fille Mal Gardeé |
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Mi oportunidad de volver a bailar se presenta en el año 1976, en Isla de la Juventud. Durante una función de La Fille Mal Gardeé se lastima una muchacha y Fernando me plantea que la sustituya, y lo hice. Después me agarré de esa situación para seguir bailando.
En el año 80 me evaluaron de Corifea y Ensayadora. Bailé bajo la dirección de Fernando hasta el año 1981, en el que salí embarazada y dejé la vida de bailarina para dedicarme a dar clases.
¿Cómo ha sido su función de ensayadora?
Mi función es trabajar sobre lo montado, sobre la coreografía. Ahora se utilizan los videos y se hace un poco más fácil, pero en la época en que comencé era pura memoria y, por suerte, siempre tuve mucha memoria visual, principalmente de movimiento.
Casi siempre he tenido la responsabilidad de los grandes clásicos, es decir, del repertorio tradicional. Trabajé mucho el cuerpo de baile. Lo demás era ensayar lo que otros coreógrafos habían montado, limpiar la coreografía, acomodarla, emparejarla, tratar de que saliera bien técnicamente. Ese es el trabajo del ensayador.
¿Ha prestado colaboración en el extranjero?
Sí. Mi primera colaboración fue en Colombia, en el año 1980. Me enviaron, junto a mi esposo, a una escuela llamada Instituto Colombiano de Ballet (INCOLBALLET), donde se iba a aplicar la metodología de la Escuela Cubana de Ballet. Fue la primera vez que enseñé a niños, una labor totalmente distinta a la que desempeñaba en la Compañía, pues no contábamos con esa preparación.
Analizamos mucho como íbamos a explicarle a esas criaturitas los pasos del ballet, porque, aunque es el mismo idioma, la terminología del ballet es en francés. Debíamos comunicarle al niño, en una imagen accesible a su edad, como debía efectuar los movimientos. Nos costó mucho trabajó, pero fie una experiencia maravillosa.
A partir de ese momento me encanté con la enseñanza de niños, sobre todo cuando se inician en el primer año. Ese instante en que entran con las caritas asustadas, y luego, con el tiempo, se van estirando hasta parecer unos principitos, es muy bonito. Me gusta ver y sentir la transformación que llevan a cabo, como abren sus piernecitas y caminan más derechos. Esa metamorfosis es hermosa. Educar niños se disfruta mucho porque en nuestras manos está la base de lo que puedan lograr después.
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Manelyn impartiendo clases |
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¿Es la única ocasión en que ha trabajado con niños?
Con niños que inician sí. En el año 1996, trabajé con niños de 12 o 13 años, con un poco más de conocimiento, pues ya llevaban cuatro años recibiendo clase. Me proponen asumir la dirección de una escuela en Santiago de los Caballeros, República Dominicana. Este centro contaba con las especialidades de música, folklore, teatro y ballet, cada una tenía un asesor cubano. Estuve tres años.
¿Fueron estas sus únicas colaboraciones en el exterior?
No, también he trabajado muchas veces en México. En primera instancia iba a Culiacán, en la costa del Pacífico, pero siempre en períodos cortos, cursos de veranos por ejemplo. Últimamente he ido a Mérida, a una escuela llamada Centro de Ballet Clásico (CEBAC), que lo dirige la señora Roselina Camacho de Farat. Aquí no acudo en el plano de entrenar bailarines, sino a asesorar, a ver como ha evolucionado el trabajo, pues siempre han contado con profesores cubanos allí. En las puestas en escena, a la directora le gusta mucho que yo esté allí, pues como tengo experiencia como compañía, ella está más segura con lo que le puedo aportar. Pero enseñar directamente ballet no lo he hecho.
¿Existe alguna otra pasión además del ballet?
Si tuviera muchos libros olvidara el ballet… aunque solo por un momento. Cuando estoy frente a un libro que me gusta me da una ansiedad irresistible, pues me sumerjo en él de tal forma que me olvido de todo, nada más quisiera leer. Para mí sería ideal tener muchos libros, o conocer a alguien que los intercambiara. Me gustan mucho las novelas y los cuentos. La poesía me gusta, pero me es difícil sentarme a leer un libro de este tipo.
Disfruto, además, estar en mi casa, mantenerla limpia y cuidar mis plantas. Me encanta asistir a una buena obra de teatro. Me gusta escuchar música clásica, música tranquila que tenga un mensaje siempre. Me maravillo con el dúo Buena Fe, sus letras son muy lindas. No me gusta el reggaeton.
Sus mayores logros…
La mayor satisfacción de mi carrera ha sido trabajar con personas que le han aportado tanto al ballet. Es el caso de Vicentina de la Torre, que, sin recursos y sola, batalló hasta sacarnos adelante e hizo su Ballet de Camagüey. Para mí, eso es un ejemplo de disciplina, constancia, esfuerzo y trabajo. Ella se desvelaba por todas sus alumnas en los más mínimos aspectos de la vida.
También me enorgullezco mucho de haber trabajado con Joaquín Vanegas, quien me enseñó la parte profesional de mi carrera, y con Fernando Alonso, del cual tuve la suerte de recibir sus clases, sus ensayos y aprender todo lo posible.
Un logro más ha sido ayudar a formar distintas generaciones de bailarines. El Ballet de Camaguey se caracteriza por su juventud. Siempre están ingresando jóvenes por lo que sus primeros pasos profesionales los dan aquí y al hacerlo pasan por mis manos también. De esa juventud me nutro y aprendo cosas nuevas. Haber podido disfrutar de ese aprendizaje durante estos cuarenta años, ha sido de mucha importancia para mí, lo necesito mucho como ser humano.
Ser Hija Ilustre de la Ciudad es el resultado de la experiencia de haber compartido y aprendido de tantas personas en el Ballet de Camagüey. Es el premio que recibo en nombre de todos aquellos que colaboraron conmigo a lo largo de mi carrera.
Si vuelve a nacer…
No volvería a ser bailarina, pero quisiera experimentar y realizarme en otras profesiones, siempre rodeada de belleza, de momentos agradables y bellos, como lo ha sido bailar. Creo que eso lo voy a arrastrar en muchas reencarnaciones porque así es mi personalidad.
Esa es Manelyn: dispuesta y joven aún. Su obra y constancia sirven de ejemplo para proseguir el quehacer de esta institución. El reconocimiento de todo un pueblo no basta para encumbrar la labor de tan maravillosa mujer. Será por siempre eterna hija y madre del Ballet de Camagüey. |