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Hablando de misterio y poesía
Por Anet Ríos Jáuregui
Hace unos meses la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) inició un intento de homenaje al emblemático pintor cubano Wifredo Lam, investigando una historia «perdida» sobre una antigua exposición del artista realizada en la Universidad de La Habana, para apoyar las luchas estudiantiles de los jóvenes cubanos.
«Desentrañar» esa historia casi olvidada sobre el pintor, incluso por los especialistas, ha sido uno de los proyectos más desafiantes y singulares del trabajo cultural de la FEU en el 2007. Este mes se cumple el aniversario 105 del artista y los universitarios cubanos lo recuerdan y celebran con la misma pasión que despierta su inquietante obra.
I
Hay un cuadro de Wifredo Lam, entre el sepia y el negro, diciendo cosas impronunciables. Se titula La Mujer Caballo y tiene fecha de 1949. Esa mujer caballo habla en susurros, y frustra no poderla escuchar.
Con Lam, siempre hay cierto fracaso, un leve pesar, por no poderlo calar a fondo. Quizás es cursi la idea de que una imagen tenga un secreto guardado, finísimo, que musita algún adelanto al oído de los ignorantes. Pero con este creador, siempre es así. Los que conocen de su obra y su vida, sus mensajes, rebeldías, aportes y valor, todavía encuentran una «zona oscura» que está en la personalidad, los gestos pictóricos, la condición de su arte.
De todos los pintores de la vanguardia cubana, es quizás el más impenetrable: El salón del Museo Nacional de Bellas Artes, que muestra sus obras, convoca como un templo; los trazos de sus figuras biomórficas, intimidan; sus composiciones oníricas, de la mano del surrealismo, el cubismo y la tradición afrocubana, parecen un misterio de piedra, tierra, sabia, hueso y humo. Esencias. Escurridizas y oscuras, como todas las raíces, los orígenes.
II
Un pequeño grabado suyo (en realidad parece hecho a carboncillo), blanco y negro, emite un eco y no se puede detener. Es un dibujo de luna y tótem, noche y ave, sencillo como una frágil melodía evocadora. Está fechado en un mes borroso, quizás diciembre.
En diciembre, el día ocho de 1902, nació Wilfredo Lam, en Sagua la Grande, Villa Clara. Ochenta años después, en 1982, murió el pintor en Francia. Su vida fue un trasiego entre Europa y el Caribe, entre La Habana y Madrid, París, Nueva York, México, Italia; su obra, trashumante, siguió el mismo ritmo, y se fue abriendo como una flor a las múltiples influencias que encontró por el camino, desde Picasso, Breton y Jung, hasta el sincretismo religioso de Cuba o Haití.
Luego de 18 años sin regresar a la Isla, en 1941 volvió a La Habana, donde pintó en pocos meses, casi poseído, tres de sus obras capitales: La mañana verde, La silla y La jungla, esta última, patrimonio del Museo de Arte Moderno de Nueva York, lo catapultó como el pintor cubano más universal, pero el conjunto de su trabajo —dibujos, grabados, esculturas y cerámicas— honra ese título.
III
En noviembre dek 2007, Pinta, una enorme feria de arte latinoamericano contemporáneo en Nueva York, incluyó algunas de sus obras, y ese mismo mes, la Feria de Arte y Antigüedades de España (Feriarte), el mayor acontecimiento de su tipo en país ibérico, reunió en Madrid lienzos del cubano, junto a los de otros artistas de enorme prestigio como Picasso, Barceló, Tapies, o Georges Braque.
Lam fue premio Guggenheim, en Nueva York y premio Marzoto, en Italia; expositor habitual del Salón de Mayo, en París; recibió la Orden Félix Varela, en La Habana. Sus obras están en los principales museos de Europa y América, mientras las instituciones culturales cubanas las han utilizado más de una vez como icono de la Isla y del arte de la nación.
La silla, ese hermoso cuadro que es naturaleza muerta y paisaje y retrato, se ha convertido en uno de los tantos rostros de Cuba. Narra un relato ancestral. Parece que oculta extrañas joyas entre los tallos y hierbajos, y tras la artesanía del asiento. Lo expone todo, sin revelar nada, como un sueño cerrado o un altar. Un poema. Wilfredo Lam cumple 105 años sin perder interés ni actualidad, porque nos sigue legando poesía. Nos seduce con misterios, metáforas y visiones inciertas.
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