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Viaje al centro de la vieja
Capítulo II
Coman hasta llenarse, pero no coman frutas
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Por Yuris Nórido
Ilustración: Eric Silva
Después del terrible sobresalto que significó el encuentro repentino con la vieja y su gato, hubo que darle tres bofetadas a Casandra para que volviera en sí. Cuando por fin abrió los ojos, vio a la anciana abanicándola con un soberbio pericón de encaje plateado. Roberto le limpiaba solícito el sudor de la frente, y el gato —que no se había molestado en bajar de la cabeza de la vieja— la miraba de reojo mientras se lamía una pata.
—Perdóname, querida —dijo la vieja con tono maternal. No fue mi intención asustarlos. Salí un momento a buscar flores y no me di cuenta de que ustedes habían entrado…
—¿Dónde estoy? —gimió Casandra haciéndose la boba, pues sabía muy bien dónde estaba.
—En mi humilde morada, que desde ahora también es la tuya —contestó la vieja.
Desde su cabeza, el gato negro tuerto miró a Casandra fijamente. La muchacha se estremeció.
—No debes tenerle miedo a Federico, es un gato encantador y muy inteligente —atajó la anciana—. Tu novio me contó que tuvieron un pequeño percance, pero les aseguro que fue solo un mal entendido. Todos los habitantes de esta casa están encantadísimos con la llegada de ustedes. Nos llevaremos de maravillas.
—¿Todos? —se sorprendió Casandra. ¿Es que vive más gente aquí?
—No, no… Cuando dije todos quise decir Federico y yo… Y Ekaterina también, que es una cotorra. Pero a ella la conocerán mañana, es muy quisquillosa y no le gusta que la molesten de noche.
Roberto carraspeó un poco, se alisó la camisa y dijo con ceremonia:
—Todavía no nos hemos presentado formalmente: yo soy Roberto Maldonado y ella es mi novia Casandra García. Yo estudio Filosofía y ella Historia del Arte. Nosotros vinimos de parte de Zenaida, la prima de Casandra…
—Sí, sí —lo interrumpió la vieja-. Ella me ha hablado mucho de ustedes. Yo me llamo Yaneisi Pérez, y a esta edad comprenderán que no estoy estudiando nada.
La vieja reprimió una risilla y les extendió la mano.
—¿Usted se llama Yaneisi? —preguntó Casandra incrédula.
—¿Zenaida no se los había dicho?
—Nos dijo que se llamaba Juana.
—Bueno, así me dicen mis vecinos, no se acostumbran a mi verdadero nombre. Pero ustedes pueden decirme como quieran.
La vieja se incorporó, cerró el abanico de un golpe y con un gesto los invitó a seguirla.
—Será mejor que les enseñe su cuarto. Yo había preparado dos habitaciones, pero Zenaida me dijo que ustedes preferían dormir juntos.
—Sí, no se preocupe.— Casandra cogió uno de los maletines y le indicó a Roberto que se encargara de los otros dos.
—Oiga Yaneisi… —dijo Roberto con cierto embarazo— Yo creo que primero deberíamos hablar de sus condiciones, de lo que usted quiere que hagamos en la casa…
—¿Qué condiciones? ¿Quién les dijo que tienen que hacer algo? Ustedes son mis invitados, lo único que tienen que hacer es darme un poco de conversación de vez en cuando. Esta casa es demasiado grande para mí sola y a veces me aburro demasiado. Pero vamos, vamos, no se queden ahí parados. Vamos a dejar las maletas en el cuarto y enseguida bajamos a cenar. En la mesa podremos conversar con más calma.
—¿Puedo hacerle antes algunas preguntas? —insistió Roberto a pesar de que Casandra intentó disuadirlo con la mirada.— Son cosas que no acabo de entender: ¿quién nos abrió la puerta? ¿Quién encendió las luces? ¿Cómo se las arregla para mantener esta casa en tan buenas condiciones? ¿Cómo es que anda para arriba y para abajo con ese gato en la cabeza? ¿Por qué pone mandarinas maduras en las manos de las estatuas?
—Son demasiadas preguntas —dijo la vieja sonriendo—. Ya habrá tiempo para contestarlas.
Dio media vuelta y comenzó a avanzar hacia la escalera. Pero enseguida se volvió:
—Eso sí, por el momento, quiero advertirles algo: pueden comer hasta llenarse de todo lo que encuentren en esta casa, pero no deben probar las mandarinas.
—¿Por qué? –preguntó Casandra.
—Porque son de cera.
—¿Y por qué íbamos a querer comer unas mandarinas de cera?
—Demasiadas preguntas —dijo la vieja dulce, pero firmemente. Federico maulló impaciente.
Casandra y Roberto los siguieron por el fastuoso pasillo.
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