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¿Por amor al arte?

7ma. Muestra de Nuevos Realizadores del ICAIC

Por Jennifer Piñero Roig

«Vamos a pensar el cine. Masticar cine. Rumiar cine», tal era la proposición, para la ya lejana IV Muestra de Nuevos Realizadores, de Jorge Luis Sánchez, su presidente. Ahora mismo, desde el sitio web del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), la convocatoria a la séptima edición conmina a «estimular el conocimiento y la reflexión alrededor de la obra audiovisual de los jóvenes y potenciar el diálogo entre las diversas generaciones de artistas que hacen el audiovisual cubano».

Sin dudas, el evento ha conquistado un prestigio notable, además de un lugar entre las páginas de la crítica especializada. Publicaciones nacionales y extranjeras comentan las características peculiares de un espacio que, según algunos, el Instituto abrió, más por lo imposible de ignorar la cantidad cada vez mayor de materiales realizados al margen de su estructura productiva, que urgido por el envejecimiento o la deserción de varios de sus ilustres directores. Era imperioso hallar un relevo.

Así, en el año 2000, no en febrero sino en octubre, nació la que llamaron I Muestra Nacional del Audiovisual, de la cual pocos se enteraron. Y aunque Juan Antonio García Borrero, su primer presidente, hablara de «borrar falsas fronteras y omitir esas drásticas distinciones entre lo viejo y lo nuevo», su objetivo fue congregar a realizadores jóvenes de todo el país para detectar entre sus propuestas las más interesantes. Se observó en varias la voluntad de romper con la mainstream, monótona y rígida. «Había que trazar un mapa de todo lo que se hacía en el audiovisual, pero el audiovisual hecho por jóvenes, quienes estaban realizando cine independiente. Se presentaron más de 150 obras», afirma Marisol Rodríguez, directora del 5to piso, lugar mágico en el ICAIC donde radica la Dirección de Creación Artística y también se atiende la Muestra.

A la postre se sabe que la primera muestra tuvo pretensiones de antología. Bajo el emblema de «por amor al arte» y la coletilla de «buscando el nuevo cine cubano», se concentraron en aquella cita disímiles creadores, algunos ni siquiera tan jóvenes ni tan inexpertos en la realización fílmica. En la cartelera se anunciaban, Clase Z Tropical, de Miguel Coyula, Se parece a la felicidad, de Aarón Vega, Caidije… la extensa realidad, de Gustavo Pérez y La Época, El Encanto y Fin de siglo, de Juan Carlos Cremata, entre otras.

El intervalo de seis muestras abarca prácticamente el curso de una década —si tenemos en cuenta que la segunda muestra tardó en efectuarse hasta el 2003— e implica cambios. La espectacularidad de las dos primeras ediciones, donde se reunió una producción amplia de la que pudo escogerse lo mejor, se vio sucedida por otras, anodinas o reseñables. Cine independiente cubano es un término que ya no espanta a nadie pero todavía se cuestiona y solamente comenzó a debatirse a raíz de la aparición de las muestras. Algunos de los realizadores noveles de entonces —Humberto Padrón (Video de familia, Frutas en el café), Esteban Insausti (Las manos y el ángel, Tres veces Dos, Existen), Pavel Giroud (Todo por ella, Tres Veces Dos, La edad de la peseta)— han alcanzado logros dentro de la industria y fuera de ella, que deben, al menos en parte, al reconocimiento y visibilidad que les facilitó este espacio. Sin embargo, algo que merece la pena notarse es que a los nombres que llamaron la atención al inicio, se han sumado otros de una generación posterior.

Ernesto Piña (1980), Asori Soto (1980) o Aram Vidal (1981) pertenecen a otra camada. Al igual que en los anteriores, se percibe en sus obras el propósito de hurgar en asuntos sensibles: la frustración del joven, la separación de la familia, el drama de la marginación y las variadas secuelas y síntomas de una crisis económica desatada en los noventa, aún vigente. A veces intentan una reflexión; otras, simplemente expresar que esas situaciones existen. Mario Masvidal, profesor del Instituto Superior de Arte (ISA), que integró el jurado de la última edición, refiere que «un gran tema recurrente en los jóvenes creadores cubanos es la preocupación por la vida presente y futura del país. Son trabajos críticos y nada amables con la rutina del cubano común».

Entonces, ¿qué determinó al ICAIC auspiciar las muestras y poner en práctica otras acciones de acercamiento a los jóvenes? «Sin pertenecer directamente al ICAIC, he trabajado como director de fotografía en dos largometrajes y ya estoy en el tercero», dice Luis Najmías, quien también ha participado como fotógrafo en un amplio número de video clips, documentales y cortos de ficción, «a mis 35 años eso es sólo posible por la tecnología». Cierto, los equipos y los programas digitales necesarios irrumpieron en la Isla y, aunque no masivamente, se instalaron en casas particulares. Ya la tecnología casera compite en materia de fotografía, edición y sonido. Así se explica Fractal, un documental de Marcos A. Díaz, Kayra Gómez y Marcel Hechavarría, realizado en el 2006, cuando todos eran estudiantes del IPVCE Vladimir I. Lenin.

Otro factor que marca una influencia son las escuelas. La mayor parte de los directores que fundaron el cine cubano de los sesenta y los siguientes, aprendices en la práctica bajo la tutela de los primeros, no salieron de academias. El rol de director estaba signado por un camino obligatorio de asistencias. Luego, la Facultad de Medios Audiovisuales del ISA y la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio (EICTV), formaron profesionales que, al verse sin alternativas dentro de la industria, optaron por arreglárselas al margen de esta.

Ese, quizás, sea el común denominador entre un grupo de realizadores cuyas obras no muestran una impronta de movimiento o estética afín: se formaron haciendo cine por su cuenta. «Sin líderes, sin manifiestos», expresa Esteban Insausti, «agarraron una Hi8 y salieron a la calle, con una única voluntad, la de hacer cine, o intentarlo».

Por lo pronto, en lo más candente del debate está el problema de la calidad, «estamos en otra etapa: la de exigir, decantar y salir del paternalismo inicial», indica Marisol Rodríguez. «En general la calidad es de aceptable a buena», acepta Masvidal, «algunos documentales tratan de experimentar con la realización, con la factura. Igual sucede con el animado. Tal vez menos en las ficciones. El punto débil en general reside en el guión. No se estructuran bien, se exceden en el tiempo y en las formas de tratamiento». La dirección de actores y la puesta en escena se convierten varias veces en otro talón de Aquiles. Pero la mayoría de los creadores coincide al señalar las dificultades que enfrentan: financiamiento, obtener permisos legales para filmar, postproducción, si se piensa que la mayoría de los festivales internacionales aceptan las obras solo en 35mm, y el precio del inflado a película es prohibitivo para cualquiera de ellos. Sin contar con que, después de producida, siempre chocan con los mayores obstáculos: la exhibición y la distribución, como apuntaba Inti Herrera, joven productor, durante una conferencia durante el último Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.

«Para que la película se exhiba en Cuba hay que tratar con el ICAIC», advierte Alejandro Brugués, guionista y director de Personal Belongings, «y para distribuirla afuera tienes igual que buscar alguna compañía productora que la venda, o un agente de ventas que se encargue». Ambas son arduas tareas. Ciertamente, Mañana, de Alejandro Moya, logró un acuerdo de distribución con el ICAIC, Personals… se halla precisamente en negociaciones. Son pasos de avance. Pero, sigue siendo una posición cómoda para el Instituto e incómoda para los realizadores. El primero lidia con los materiales terminados, reservándose el derecho de aceptación, mientras que los otros se desgastan en la producción de una obra que quizás no resulta con una factura o el tratamiento ideales, ni siquiera adecuados, pero cuya idea merece atención y apertura. De qué sirve premiar la obra terminada si continúan vigentes una serie de limitaciones que dificultan la producción de la próxima. Quizás una solución sería descentralizar la producción industrial e implementar canales donde cada cual presente su proyecto y desde el inicio trabajar con apoyo y sobre seguro. Parece ser el proceso de producción y la relación entre el ICAIC y los realizadores independientes lo que está viciado.

Estimular la reflexión alrededor de la obra audiovisual de los jóvenes… Potenciar el diálogo entre las generaciones de artistas del audiovisual cubano… Rezuman de la misma convocatoria ecos que sugieren un vínculo que no fluye con naturalidad, cuando debería de asumirse que son parte del mismo todo: creadores cubanos, donde caben multiplicidad de tendencias, intenciones, estéticas, formatos, ideales.


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Actualizada: 29 de febrero/2008

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