|
 |
Viaje al centro de la vieja
Capítulo VI
Tú y yo podemos ser amigas
|
 |
Por Yuris Nórido
Ilustración: Eric Silva
—¡Roberto! —gritó Casandra fuera de sí.
Roberto no movió ni un dedo.
-¡Roberto! –volvió a gritar.
Roberto seguía durmiendo plácidamente; incluso comenzó a roncar.
-¡Roberto, Roberto, Roberto! —se desesperó Casandra.
-¿Para qué quieres despertarlo? —dijo la muchacha de los cabellos flotantes—. Déjalo dormir un poco, ¿no ves lo tranquilo que está? Si hasta parece un angelito.
-¿Quién eres tú? ¿De dónde saliste?
-Ya te lo dije: no soy nadie, no soy nada.
-Tú lo que eres es tremenda descarada. Ya te voy a enseñar yo a meterte desnuda en la cama de un hombre comprometido.
Casandra saltó encima de la cama e intentó agarrar a la extraña joven por el cuello, pero la muchacha se esfumó entre sus manos y reapareció a sus espaldas. Se le abalanzó nuevamente, pero la muchacha despareció al instante y Casandra fue dar de cabeza al piso alfombrado de la habitación. Se incorporó jadeando y miró hacia arriba. Sentada en la lámpara, la hermosa muchacha le sonreía, sus cabellos serpenteaban por el techo formando hermosísimos arabescos. Casandra no salía de su rabia ni de su asombro.
-Baja si de verdad eres guapa, no pienses que puedes asustarme.
-¿Por qué me tratas así? ¿Qué te he hecho?
-Eso te pregunto yo: ¿qué clase de criatura eres? ¿Por qué estás aquí? ¿Qué le hiciste a mi novio?
-A tu novio no le hice nada malo. Sencillamente lo hice dormir para que tú y yo podamos hablar.
-¿Y por qué tenemos que hablar tú y yo?
-Porque tú has roto el hechizo.
-¿Que yo rompí qué?
-Tú me has liberado.
-¿Qué es esto? —Casandra se restregó los ojos— ¿Estaré soñando?
-Puede ser y puede no ser. Quizás yo sea materia de tus sueños. O a lo mejor tú eres materia de los míos.
-Yo lo que quiero es despertarme ya.
-¿Qué más da si es un sueño o no? Sea lo que sea no pienso hacerte daño. ¿Cómo podría, si tú eres mi salvadora? Yo tú me calmaba un poquito y prestaba atención, porque tengo algunas cosas que decirte.
Casandra respiró profundamente, reflexionó un instante y comprendió que, de cierta forma, su interlocutora tenía razón. Se limpió el sudor de la frente, se arregló el pelo y la encaró.
-A ver, ¿qué tienes que decirme?
-Primero debo darte las gracias por sacarme de mi encierro.
-¿Cómo es eso?
-Al comerte la última mandarina de la última estatua se rompieron mis cadenas y pude ver la luz.
-¿Y dónde tú estabas?
-Abajo.
-¿En el sótano?
-Más abajo, mucho más abajo.
-No entiendo nada, me voy a volver loca.
-Ya irás entendiendo. Todo forma parte de un ciclo.
-Y dale con el ciclo. Eso mismo dijo Yaneisi.
Casandra casi no pudo terminar la frase, porque la criatura flotante, al escuchar el nombre, lanzó un grito espeluznante.
-¿Qué te pasa niña? ¿Qué fue lo que dije? —tartamudeó Casandra, muerta de miedo. La muchacha, como si nada hubiera pasado, la miró maternalmente.
-Tú yo podemos ser amigas.
-¿Cómo voy a hacerme amiga de una muerta?
-¿Y quién te dijo que yo estoy muerta?
-Claro que estás muerta, tienes que estar muerta. Solo un alma en pena, un fantasma, se puede pasear por el techo flotando.
-Ay niña, no me digas que tú crees en los fantasmas. Mira, hazme un favor, siéntate en esa silla que te lo voy a contar todo con calma.
Casandra no se atrevió a contradecirla.
|