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Desnud-Arte
Por Ana Leyva Dehesa
Ilustración: Archivo
Cada humano nació sin ropa, y esa es la forma más pura, indefensa y bella de nuestra condición. Entonces ¿por qué ocultarla? No es promover el libre albedrío de la desnudez, sino aceptar que todo lo erótico, sensual que venga del cuerpo, no es pornografía, ni es indecente. El teatro es arte, y si está bien llevado es una forma de educar a la población.
«Yo creo que el desnudo es el mejor traje que puede llevar un ser humano. Verlo naturalmente mejora a la gente. Todos necesitan superar cosas con respecto a su sexualidad», comenta Carlos Díaz, director de la compañía de teatro El Público.
«Siempre que esté bien manejado creo que es una magnífica vivencia, sobre todo si se pretende enseñar a la población el valor de este como arte, como parte de nuestras vidas. No hay que temerle al desnudo», apunta Ofelia Bravo, psicóloga del Centro Nacional de Educación Sexual, (CENESEX).
¿Por qué?
Los habitantes de nuestra Isla no tienen únicamente esas virtudes siempre recalcadas: gracia, simpatía, desenfado, vivacidad, sensualidad, amabilidad, sino también muchos tabúes y estereotipos condicionados por la formación y las costumbres, que impiden, apreciar el arte del desnudo.
«Vi por primera vez un desnudo en teatro cuando tenía 22 años, y me asombró, pero no me gusta, a mí no me transmite nada, no me dice nada; el diálogo, las actuaciones, la presentación de una situación, pueden decirme más», dice una médica de 41 años, Especialista en Medicina Interna del Instituto de Oncología y Radiobiología.
«El cuerpo humano no representa lo mismo para todos. Hay niños o niñas que cuando entran a una habitación de su casa y encuentran a un adulto desvestido, este arma un caos como si hubieran violado lo más sagrado, esa vivencia hace que el infante tome el desnudo como algo prohibido; mientras, aquel que lo comprendió normalmente tiene una mayor posibilidad de apreciarlo en toda su belleza, sin verlo como ¡qué barbaridad!, ¡qué pena!», afirma Ofelia Bravo.
Las reacciones que evidencian tanto esos prejuicios como su influencia en la posibilidad de valorar el nudismo, fundamentalmente teatral, las observan habitualmente los integrantes de la compañía. El público «Cuando un actor se desnuda la gente se pone nerviosa, se altera, siente pena, la pena ajena porque alguien está quitándose la ropa delante de todos y uno también lo ve», señala la actriz Mónica Guffanti. Carlos Díaz, gusta de ver el movimiento de los espectadores durante sus puestas, y comenta que las personas no gritan, ni se excitan, pero se asombran mucho ante la desnudez.
Según Sergio Fernández, joven actor, «una pequeña parte del público se levanta y se va. No al primer desnudo, pero lo hacen, y son generalmente personas mayores de 40 años. Aquí veo los que llegan y se marchan, pero imagino que muchos ni se atrevan a llegar».
Mientras en el cine o desde la casa, mirando una pantalla, el cuerpo humano desvestido a muchos parece algo normal, por el hecho quizás de que no es real en el tiempo y espacio que lo observan, cuando van al teatro, aunque se presente una escena similar, piensan que es innecesario y consideran la puesta como indecente o provocadora.
«Recuerdo que la serie cubana Algo más que soñar tuvo una escena en que Isabel Santos hizo un desnudo del torso realmente poético, sin embargo creo que mientras se pueda evitar, es mejor hacerlo y dejarlo implícito, para no caer en lo grosero o inapropiado», sostiene una profesora jubilada de 66 años.
«El que creció viendo el desnudo como problemática, tiene vivencias y actitudes con respecto a esa manifestación artística, muy diferentes al que durante su desarrollo lo incorporó como algo natural», reafirma la psicóloga del CENESEX.
La necesidad
El teatro de Carlos Díaz cuenta con muchos admiradores jóvenes. «Les da licencia, permiso, desde la cultura, desde lo no censurado, para ver hombres y mujeres desnudos, posibilidad que de otra forma no tendrían», comenta la psicóloga.
Una estudiante de Técnico Medio en Informática cuenta su experiencia. «Fui por primera vez a ver La Celestina con 14 ó 15 años, a espaldas de mis padres, pues en mi casa los temas de sexualidad eran bastante delicados. Solo había visto escenas eróticas en el cine, y me atraía la idea de tener una vivencia real. Me aportó otras sensaciones y puntos de vista. Busqué experiencias con ese tipo de arte y ahora me resulta totalmente normal, es algo que disfruto por su valor artístico, y el teatro de Carlos Díaz, sin dudas, hizo caer la balanza».
El propio director dice que «a gran parte del público le gusta ver personas desnudas, porque tienen problemas de comunicación al respecto. La gente necesita la confrontación. Tanto nuestras puestas en escena de La Celestina, de Fernando de Rojas, La puta respetuosa, de Jean-Paul Sartre, como en Las relaciones de Clara, de Dea Loher, el espectador puede verse tal y como es».
«Fui a una de las últimas funciones de La ramera respetuosa porque mis amigos comentaban que la obra era muy buena, y yo sabía que encontraría desnudos. Nunca los había visto en vivo. Realmente no hallé motivos de excitación, pues el erotismo tenía en cada momento su mensaje. Creo que seguiré asistiendo a El Público pues me gustó su estilo», declaró un estudiante de Dibujo de 17 años.
Lo natural, según la necesidad
Como los casos anteriores existen muchos, pero no se puede obviar que otras personas, aunque en menor proporción, van exclusivamente a mirar gente desprovista de ropa, cosa que, dadas las prohibiciones y los tabúes, es hasta comprensible.
«Hay quien va a gozar el desnudo. En Las relaciones de Clara, después de esas escenas, algunos se marchan, y es triste que asistan por tal motivo», indica Mónica Guffanti.
Según la psicóloga Ofelia Bravo, «las personas que acuden a ese tipo de puesta en escena buscando el desnudo, no necesariamente tienen trastornos sexuales o psicológicos, simplemente no encuentran otra opción para ver algo que les agrade o les complazca. Eso no quiere decir que tendrán una conducta agresiva con otra persona, o algo por el estilo. Todos, en algún momento, podemos sentir ganas de observar la desnudez de otro, es natural y no significa que seamos corruptos».
Con respecto a esto, hay una frase del filósofo y economista británico, John Stuart Mill, en su ensayo Sobre la Libertad (1859), que dice: «La única limitación de la conducta de cualquier persona, de la cual es responsable ante la sociedad, es la que afecta a los demás. Sobre sí mismo, sobre su cuerpo y su espíritu, el individuo es soberano».
Cuanto más se hable del tema y se tome como lo que es, algo totalmente normal, mejor se practicará. Como canta alguien: la naturaleza no se equivoca, si te hubiese querido con ropa, con ropa hubieses nacido.
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