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Ilustración de Eric Silva

Viaje al centro de la vieja

Capítulo III

Esta casa tiene que ser nuestra


Ilustración de Eric Silva

Por Yuris Nórido
Ilustración: Eric Silva

Ilustración de Eric Silva

De sorpresa en sorpresa iban Casandra y Roberto mientras seguían a la vieja y al gato por alfombrados corredores. Si desde afuera la casa ya parecía grande, ahora que la recorrían por dentro daba la impresión de que era monumental. Por fin desembocaron en un pequeño pasillo, agradablemente ambientado, con una puerta de madera al fondo.

—Esa es la habitación, dijo la vieja. Espero que les guste. Y la puerta se abrió, chirriante y lenta, como por arte de magia.
—¿Cómo hizo eso?, preguntó Roberto, a quien ya comenzaba a extrañarle la autonomía de las puertas en aquella casa.
—Habrá sido el viento, la vieja los invitó a entrar con un gesto.

Apenas traspusieron el umbral, la puerta se cerró de golpe, sonoramente. Casandra gritó sobresaltada.

—Es el viento, es el viento, atajó la vieja. Roberto notó que no corría ni la más ligera brisa e iba a hacerlo notar, pero en ese momento se encendieron las luces.
—¿Quién encendió la luz?, preguntó Casandra todavía nerviosa. Habrá sido Federico, contestó la vieja serenamente.
—Pero cómo va a ser el gato si no se ha bajado de su cabeza. 
—Lo habrá hecho con la cola. La tiene muy larga. Perfectamente le llega al interruptor. Casandra no pudo reprimir un reproche:
—Así que el gato va por la casa encendiendo luces con el rabo, subiéndose en la cabeza de la gente, arañando a diestra y siniestra, como si todo eso fuera lo más natural del mundo.

La vieja la miró con beatitud. Federico la miró con cara de pocos amigos. Casandra se arrepintió enseguida de su arranque.

—Discúlpeme Yamilé, es que estoy un poco alterada. Si a mí los gatos me encantan…
—Soy yo quien tiene que disculparse. Y Federico también. Ya hablaré con él más tarde. Ahora quiero que se pongan cómodos. Enseguida bajo a preparar la mesa.
—No se preocupe Yamilé, se apresuró Roberto. Nosotros comimos en la beca antes de salir.
—Eso debe haber sido hace como tres horas, con tanto ajetreo deben estar hambrientos. Además, ya me imagino lo que habrán comido en la beca.
—No, si hasta dieron pollo.
—De todas formas les voy a preparar algo. Si están muy cansados para bajar al comedor se los traigo aquí arriba.
—No se moleste, Yamilé, de verdad… Casandra lo hizo callar con un pellizco.
—Roberto, no seas insensato masculló. Se lo agradecemos mucho, Yamilé, se dirigió a la anciana con zalamería, es usted muy amable.
—No tardo ni un minuto.

La puerta se abrió delante de la vieja y el gato y se cerró tras ellos sin que pareciera que la hubieran empujado, pero Casandra y Roberto no le dieron más importancia al asunto. Pusieron los maletines en una esquina y se dedicaron a inspeccionar la habitación. No era ni grande ni pequeña, ni lujosa ni modesta. Tenía adosado un pequeño baño de lozas azules. Había una cama grande, bien tendida, una mesita de noche con una lámpara y un añejo aparato de radio, un butacón, un escritorio con su banqueta, una cómoda con un gran espejo, un baúl al pie de la cama y un recio escaparate de madera noble. Todo estaba impecablemente limpio.

—Está bastante bien, observó Casandra con aire de tasadora.
—¿Bastante bien? ¡Esto es perfecto! Todavía no puedo creer que sea gratis.
—Es que somos muy afortunados, mi amor. Tú y yo nacimos para triunfar. Sabes qué, tú dirás que estoy loca pero algo me dice que esta casa, esta tremenda casa va a ser nuestra algún día. Es más, esta casa tiene que ser nuestra.
—Tú estás loca.
—Tiempo al tiempo, sonrió Casandra. Con un gesto pícaro atrajo a Roberto y lo besó en la boca. En ese mismo momento se abrió la puerta y apareció la vieja con una gran bandeja en las manos. Ya no llevaba al gato en la cabeza.
—Perdonen, debí tocar antes de entrar.
—¡Qué rápido! –casi gritó Casandra, separándose bruscamente de Roberto.
—Usted no pudo haber tenido tiempo de bajar…
—El tiempo y la distancia son relativos, dijo la vieja y puso la bandeja sobre el escritorio. No los molesto más, buen provecho. Mañana podemos hablar con más calma. Que descansen.

Roberto y Casandra casi no tuvieron tiempo de agradecerle, porque enseguida desapareció por el pasillo. La puerta volvió a cerrarse suavemente. Había tanta comida en la bandeja que pensaron que no iban a poder comérsela toda. Pero estaba tan exquisitamente preparada que no dejaron ni una miga. Apenas terminaron de comer, los rindió un sueño voluptuoso y se quedaron dormidos sobre la cama sin destender, vestidos y abrazados. Se despertaron, al mismo tiempo, cerca del mediodía. Una luz poderosa, que las cortinas de seda apenas podían filtrar, inundaba la habitación. Alguien llamó a la puerta con toques rítmicos y contundentes. Casandra se levantó maquinalmente y abrió. Delante de sus ojos solo estaba el pasillo vacío.

—Buenos días, se escuchó una voz a sus pies. Casandra bajó la vista y descubrió una pequeña cotorra, que la miraba fijamente.
—Mi nombre es Ekaterina, mucho gusto en conocerlos. La señora Yamilé los espera con la mesa servida. No demoren, por favor. Acto seguido, levantó vuelo y se perdió escaleras abajo. Casandra se quedó restregándose los ojos.

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Actualizada: 21 de marzo/2008

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