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Viaje al centro de la vieja
Capítulo IV
Que yo sepa, las cotorras no hablan
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Por Yuris Nórido
Ilustración: Eric Silva
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Sentados frente a la mesa, obnubilados por la abundancia, la belleza y el aroma de los manjares, Casandra y Roberto no sabían por dónde comenzar. No es que no tuvieran hambre —casi siempre tenían hambre, especialmente Casandra—, sino que todo estaba tan bien servido, tan artísticamente colocado, que daba un poco de pena sacar cualquier cosa de su sitio. Viendo que no se decidían, la vieja tomó una manzana y se la ofreció a Roberto. Enseguida Casandra cogió otra. Comenzaron a comer y a beber, cada vez con más confianza; primero las frutas, después los panes, los quesos, los jugos, los cubitos de jamón que se deshacían en la boca, los camaroncitos atravesados por palillos, las croquetitas crujientes, las bolitas de carne, los huevos revueltos con tocino, los yogures de fresa y vainilla, las natillas y los arroces con leche, las panetelas, flanes, gelatinas, pasteles rellenos con dulce de coco… Comían, y mientras más comían, más querían y podían comer. Cuando por fin tomaron el café, cuando ya no les cabía ni una ciruela —tampoco quedaba ni una triste ciruela en las bandejas—, la vieja les ofreció dos servilletas bordadas. —¿Satisfechos? —En mi vida había comido tanto y tan bien.—Casandra disimuló un eructo con su servilleta. —No tenía que molestarse —Roberto acababa de darse cuenta de los estragos que con seguridad habían causado en la despensa de la vieja. —Para mí ha sido un placer. Me da mucho gusto ver comer a dos jóvenes con tantas ganas. Le han devuelto la alegría a mi comedor. Muchas gracias.—¿Qué hora es? –preguntó Casandra, a punto de eructar de nuevo. —¡Las once y cuarto! ¡Las once y cuarto! —irrumpió la cotorra y comenzó a volar alrededor de la mesa. —Ekaterina, te he dicho mil veces que es de mala educación entrar sin anunciarse —dijo la vieja con severidad. La cotorra descendió hasta su hombro y miró fijamente a Casandra y a Roberto: —Mil perdones, no volverá a suceder. —¿Cómo ha logrado que una cotorra sepa la hora?, preguntó Roberto. Hasta donde yo sé, las cotorras solo repiten lo que escuchan. —En realidad, todo es parte de un diálogo sostenido una y otra vez, desde hace siglos. Ekaterina y yo estamos atrapadas por el ciclo, irremediablemente. Nuestros bocadillos están escritos y admiten muy pocas variaciones —respondió la vieja tranquilamente. —No entiendo absolutamente nada. —Poco a poco irás entendiéndonos, no te preocupes —la vieja le acarició la cabeza a la cotorra y se puso de pie. —Vamos, Roberto —dijo Casandra, a quien evidentemente no le interesaban las habilidades de la cotorra. Después podemos seguir hablando. Si no nos apuramos no llegaremos a tiempo al turno de la una. —¿A qué hora regresarán? —Después de las siete. —Trataré de tener preparada la comida para entonces. —Si es como el desayuno, en tres meses estaré más gorda que mi mamá. —Eso espero, es mi mayor deseo, dijo la vieja. —Eso espero, es mi mayor deseo, repitió la cotorra. Casandra haló a Roberto hasta la puerta. —¿Cómo entraremos a la casa? —Toquen a la puerta. —¿Y si no nos escucha? ¿No es mejor que nos dé una llave? —Es que esta casa no tiene llaves. ¿Cómo que no tiene llaves? —Bueno, en realidad las tiene, pero ahora mismo no sé dónde están. Ay, Yamilé —Casandra la miró con mal disimulada condescendencia— no me diga que ya va por ahí perdiendo cosas. Roberto pellizcó a Casandra. La vieja se limitó a sonreír: —No se preocupen, cuando regresen les daré sus llaves. Pueden subir ahora a prepararse, no quiero que les coja tarde por mi culpa. Cuando estuvieron listos para irse a la facultad, Casandra y Roberto buscaron a la vieja para despedirse. No la encontraron en el comedor ni en la cocina ni en el salón. Supusieron que estaría en sus habitaciones. —No te preocupes, la veremos a la vuelta. —A lo mejor se puso brava por tu impertinencia. Un poco más y le dices chocha. —Ella no se puso brava nada. Y en honor a la verdad un poco chocha sí está. Y un poco loca también. ¿Tú crees que es normal pasarse la vida entera hablando con una cotorra y con un gato? Lo peor que le puede pasar a un anciano es quedarse solo. La soledad es mala para la cabeza. —Casandra, por favor, habla bajito. Te puede oír. —¿No ves que no hay nadie? A no ser que estas le vayan con el chisme —Casandra señaló a las estatuas de bronce, que todavía tenían en las manos las mandarinas maduras. No digo yo si está loca, ¿cuándo tú has visto a alguien que le ponga frutas en las manos a unas estatuas? —Ella dijo que eran de cera. —Pues yo sigo creyendo que son de verdad —refunfuñó Casandra y para comprobarlo cogió una mandarina. En efecto, son reales. Me llevo ésta para la merienda. Salieron a la calle y admiraron desde la verja la vetusta mansión. —De verdad que hemos tenido suerte, Roberto. Más temprano que tarde esta va a ser nuestra casa. Aquí vamos a criar a nuestros hijos. Desde una discreta ventana del segundo piso, la vieja y la cotorra los miraban, sin que ellos se dieran cuenta. —El juego comienza de nuevo, Ekaterina. Ojalá que ahora sí nos salga bien... Ve y dile a Federico que se esmere en la cocina. Quiero que la comida de esta noche les sepa a gloria.
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