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Viaje al centro de la vieja
Capítulo V
No soy nadie, no soy nada
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Por Yuris Nórido
Ilustración: Eric Silva
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Transcurrieron algunos días tranquilos, muy parecidos los unos a los otros, en los que Casandra y Roberto comenzaron a establecer ciertas rutinas: se levantaban temprano, todo lo temprano que era capaz de hacerlo Casandra, o sea, nunca antes de las ocho y media; bajaban al comedor, se sentaban frente a una mesa espléndidamente servida, comían hasta reventar, conversaban un poco, más bien un poquito, con la vieja; se despedían con un hasta luego Yaneisi, nos vemos por la tarde, salían al gran salón de las lámparas y los espejos, tomaban subrepticiamente una mandarina de las que sostenían las estatuas, y se iban corriendo para la facultad.
Por la tarde, casi al anochecer, la vieja los recibía en el porche —el gato en la cabeza y la cotorra en el hombro—, les preguntaba cómo les había ido en la escuela, los invitaba a pasar al comedor, los acompañaba en silencio, sin probar bocado, mientras ellos engullían pollos y jamones, flanes y empanadas; les servía un café delicioso, les pedía que la acompañaran a la terraza que daba al jardín y allí, balanceándose en un sillón de mimbre, los retenía hasta las nueve de la noche, ni un minuto más ni un minuto menos, contándoles historias de amigos o conocidos de su juventud, escuchando en un destartalado tocadiscos alguna sinfonía de Schubert o de Brahms (Casandra se aburría mortalmente), o leyéndoles, con voz trémula por la emoción, poemas de Rilke (Casandra se aburría mucho más), que seleccionaba al azar de las páginas de un libro tan viejo como el tocadiscos.
Cuando sonaban las nueve campanadas del reloj, la vieja interrumpía lo que estuviera haciendo, se ponía de pie y les decía siempre el mismo bocadillo: Por hoy es suficiente, han sido muy amables, que tengan dulces y reparadores sueños, hasta mañana.
El gato, que hasta ese momento brillaba por su ausencia, saltaba desde la nada hasta la cabeza de la vieja; la cotorra revoloteaba un poco, silbando el tema de la sinfonía de turno o repitiendo hasta el cansancio el último verso del último poema de la noche, hasta que se posaba en el hombro de su dueña; y se perdían los tres, lentamente, en la penumbra del corredor.
Casandra y Roberto subían corriendo al cuarto, pues no les hacía mucha gracia quedarse solos en aquella terraza tan umbrosa, le pasaban el pestillo a la puerta y se ocupaban de sus muy particulares asuntos hasta que a las doce en punto, ni un minuto más ni un minuto menos, los vencía un sueño implacable y profundo.
Así fueron los primeros días, con ligerísimas variaciones, hasta el séptimo, el primer sábado. Roberto despertó con un terrible dolor de cabeza que lo hizo permanecer en cama y a Casandra no le quedó más remedio que bajar a buscarle una pastilla y, de paso, algo de comer.
Llegó al comedor con la esperanza de encontrar la mesa servida y la vieja sentada. Lo encontró vacío. Pensó que quizás la vieja todavía estuviera preparando el desayuno así que fue hasta la cocina, pero allí tampoco había nadie. Todo estaba pulcro y ordenado, como si alguien hubiese acabado de limpiar.
Casandra estuvo a punto de subir las escaleras y adentrarse en el ala izquierda de la casa, donde suponía que estaban las habitaciones de la vieja, pero de repente sintió hambre, mucha hambre y recordó que todavía quedaba una mandarina en la mano de la última de las estatuas del salón.
En efecto, allí estaba la fruta, amarilla y brillante, delicadamente aprisionada por los dedos de bronce. Sin pensarlo dos veces, Casandra la tomó en sus manos. La peló y se metió en la boca el primer hollejo. Sobrevino un relámpago cegador, enseguida un trueno estentóreo y al mismo tiempo un grito de dolor, un lamento agudo y escalofriante que parecía llegar de los cimientos de la casa.
Casandra se sobresaltó, dejó caer la fruta y corrió escaleras arriba como alma que lleva el diablo. Llegó a la habitación, jadeante y nerviosa, cerró la puerta de un golpe y entonces se asustó mucho más: sentada en la cama, con la cabeza de Roberto en el regazo, una muchacha desnuda, bellísima, la observaba serenamente. Una aureola luminosa la cubría; el pelo, dorado y largísimo, serpenteaba por toda la estancia. Roberto dormía apaciblemente, con cara de ángel.
Casandra solo pudo articular tres palabras: ¿Quién eres tú?
—No soy nadie, no soy nada —respondió la aparición.
—¡Roberto! —gritó Casandra, completamente fuera de sí.
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