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Sudar la Tinta
En el Latino
Por Yuris Nórido
Cuando estábamos en primer año de la carrera, Norland y yo fuimos al Latino, a ver un juego de pelota entre Industriales y Villa Clara. Iba un tercero, no recuerdo si era Fleites o Francisnet. Sé que Lester no era, porque a Lester no le gusta la pelota. A mí tampoco me gusta demasiado —aunque en determinadas circunstancias pueda llegar a emocionarme con un juego—, pero quién le iba a decir que no a Norland, tan entusiasmado con la probable —él la daba por segura— victoria de su equipo Villa Clara. Cuando aquello, Ciego de Ávila era sotanero, así que a Norland no le costó ningún trabajo convencerme de que debía apuntarme a los «naranjas», si de verdad quería saborear «el delicioso néctar de la victoria» (los que conocen a Norland, saben lo grandilocuente que puede llegar a ser). Así que salimos de la beca, después de la comida, y cogimos una ruta 20 atestada, que se quedó vacía en la parada del Latino. Nunca había pisado yo un estadio tan grande, me parecía un sueño estar en el escenario de tantas emociones vividas por televisión (cuando aquello todavía estábamos deslumbrados por La Habana; un día desemboqué sin proponérmelo en la Plaza de la Catedral y casi lloro por la sorpresa), así que estaba un poco amoscado por la impresión, pero Norland se sentía como pez en el agua. Enseguida escogió unos asientos «de privilegio» justo encima del palco de la prensa, y allí nos sentamos a esperar el juego. Lo que yo no sabía —inocente de mí— era que estábamos rodeados por fanáticos de Industriales. Lo que no podía imaginar era que Norland, tan formalito y asentado, iba a desgañitarse dándole ánimos a su equipo —que era el mío por puro compromiso—, y exteriorizando su disgusto por los éxitos del otro. Enseguida comenzaron a mirarnos con mala cara, con actitud cada vez más amenazadora. A la altura de la cuarta entrada ya yo estaba francamente nervioso, me veía solo y aislado en medio del enemigo, a merced de sus emociones. Y lo más patético: aquella no era mi guerra, me sentía como el más miserable de los mercenarios. A todas estas, Norland en lo suyo, tan metido en «la dinámica» del juego que le importaba un bledo que el mundo se cayera a su alrededor. Él la estaba pasando de maravillas. Fleites (o Francisnet) y yo vivimos el partido a puro nervio. Por suerte primó la cordura en nuestros adversarios.
No recuerdo quién ganó esa noche, debe haber sido Villa Clara, a juzgar por la alegría y la ronquera de Norland mientras esperábamos la guagua de regreso.
—¿Cuándo regresamos? —me preguntó entusiasmado.
—Cuando jueguen Ciego y Metropolitanos.
—Eso no es pelota, eso es quimbumbia —dijo rotundo y burlón.
A mí el comentario me pareció inaceptablemente despectivo, pero no dije nada, por si las moscas. Ni tampoco fui a ver el juego. |