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Graciela Pogolotti: una universitaria inconforme
Por Tamara Roselló y Marielys del Toro
Foto: Internet
“Yo tuve muchas insatisfacciones con mi Universidad. Cuando estudiaba Filosofía y Letras, los contenidos se quedaban en los finales del siglo XIX. No conocíamos lo que pasaba en el mundo en aquel momento. Por eso, era partidaria de la reforma. Siempre tuve la misma perspectiva crítica sobre la Universidad en la que me gradué en la década del 50”. La renovación de la enseñanza superior que soñó Graciela Pogolotti en sus tiempos de estudiante, la vivió luego, como profesora, en los inicios del proceso revolucionario.
Pero, no solo en la facultad de Filosofía y Letras los estudiantes estaban inconformes con el sistema docente. “En aquel tiempo la Psicología era una asignatura y para obtener un título en esta especialidad, había que matricular en la Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva. La enseñanza de las lenguas extranjeras se limitaba al conocimiento del idioma sin incluir el estudio de la literatura y de la cultura de sus países de origen. El desarrollo de la Física y la Matemática se hacía muy difícil por la desactualización de los contenidos de estudio. Las especialidades de Geografía y Biología no existían, y Economía solo otorgaba nivel de bachiller”, recuerda la Dra. Pogolotti.
“A pesar de la gran cantidad de técnicos y profesionales que demandaba el desarrollo del país, quienes estudiaban se convertían luego en profesores de preuniversitario en lugar de trabajar en otro campo. El presupuesto asignado a la enseñanza superior era mínimo y no permitía el crecimiento de sus claustros, la renovación de las carreras, ni el desarrollo de laboratorios y otros espacios para la investigación. La Universidad se había detenido en el tiempo”
“Para entender el proceso de la Reforma que vivimos en los sesenta, hay que remitirse a la década del veinte; la modernización de la Universidad fue un reclamo histórico de los estudiantes que se trasmitió de generación en generación”.
Los aires de la Reforma de Córdoba habían llegado a nuestro país en los meses finales de 1922 con la visita de José Arce, primer rector reformista de la Universidad de Buenos Aires. Así les habló a los estudiantes reunidos en el Aula Magna: ”La Universidad de la Habana padece los mismos males que la República de Cuba y los jóvenes cubanos son los únicos que actuando con decisión, con gran moral, pueden salvar a Cuba de la crisis que atraviesa. Ojalá sirva el gesto cívico de la juventud universitaria como ejemplo a los adultos de hoy y tras la regeneración de la Universidad, venga la de Cuba”.
Aunque en las demandas estudiantiles se incluían la participación de los alumnos en el gobierno universitario, la sustitución del método verbalista por el científico, la gratuidad de la enseñanza, la docencia libre, entre otras, sus propósitos fueron mucho más ambiciosos. Salían de las aulas para poner su atención en la sociedad que soportaba estos centros educativos.
En noviembre de 1922 la revista Alma Mater publicó en su primer número el editorial Nuestro Credo escrito por Julio Antonio Mella. Emprender un cambio radical en la Universidad era la aspiración del movimiento estudiantil que comenzaba a organizarse” (...) daremos nuestra protección a todos aquellos ideales de reforma y progreso que están en la memoria colectiva. Estudiantes del siglo XX no pueden regirse por principios hechos por seminaristas de hace dos siglos (...) Somos optimistas, confiamos en la victoria, nuestra juventud y nuestros ideales nos incitan a luchar y a triunfar. Amén.”
En medio de este afán por organizar un movimiento estudiantil, surgió el 20 de diciembre de ese año, la Federación Estudiantil Universitaria de Cuba. De inmediato se decretó una huelga general y se anunciaron un grupo de peticiones. Entre ellas estaban la autonomía de la Universidad en asuntos económicos y docentes, el reconocimiento de su personalidad jurídica, la regulación efectiva de los ingresos que posibilitara mejorar los locales de enseñanza y la creación de un tribunal depurador que quedó constituido el 20 de enero de 1923.
Con los años de la dictadura machadista, se disolvió la Asamblea Universitaria, se ilegalizó la FEU y volvieron a sus puestos los profesores separados. El movimiento reformista perdió la fuerza de sus primeros años. Pero quedó en muchos líderes juveniles la certeza de que no se trataba de una batalla intramuros, limitada a los procedimientos educacionales o a la corrupción académica; sino de un proceso más profundo que debía iniciarse con una revolución social.
La reforma universitaria se hizo entonces indispensable a partir de enero de 1959. Fue necesario definir qué universidad tendría el país y cómo se insertaría en el nuevo sistema social. Los planes futuros de desarrollo de la economía nacional requerían un mayor número de egresados universitarios de una alta preparación profesional.
Para proponerle al Gobierno, las modificaciones que necesitaban las universidades se creó una comisión mixta que integraron profesores y estudiantes. Este fue el primer organismo paritario que funcionó en la Universidad de La Habana.
Comenzaron los cursos nocturnos como una nueva vía de ingreso a la Educación Superior. Se creó el Consejo Superior de Universidades para organizar los planes de estudio y las nuevas carreras, seleccionar el personal docente y coordinar los vínculos de las universidades cubanas con las extranjeras.
También se modificó la Ley Docente del 37. Ahora, en su artículo IV contemplaba la participación estudiantil en la dirección de la institución: La Universidad de La Habana será gobernada por sus profesores y alumnos, bajo la responsabilidad de los mismos y por medio de las autoridades y organismos que determinen los estatutos.
Todos los cargos a desempeñar por los estudiantes en el gobierno universitario, serían cubiertos por designación del estudiantado según los estatutos vigentes.
Las universidades se organizaron por facultades y estas, en escuelas y departamentos en sustitución de las antiguas cátedras. La matrícula no tendría costo alguno para los estudiantes, de acuerdo con el principio de la gratuidad establecido por la Ley de la Nacionalización de la Enseñanza y la Declaración de La Habana. Para aprobar cada asignatura se estableció de manera obligatoria el 80 por ciento de asistencia a clases y se recomendaba recibir seis asignaturas por semestre.
Se estableció también un sistema de becas para los universitarios o aspirantes a serlo, que carecieran de recursos económicos para iniciar o continuar los estudios superiores. En Ciudad de La Habana en 1961, se otorgaron mil 200 becas cubiertas por 350 muchachas que fueron alojadas en Línea e I, y 850 hombres fueron instalados en el edificio de G y 25. Al año siguiente se incluyeron entre los beneficiados a estudiantes extranjeros.
En la beca de la Universidad de Las Villas, se convocó a los aspirantes a carreras universitarias que tuviesen el 8vo grado aprobado para matricular en los cursos de nivelación. En la Universidad de Oriente no existían entonces edificios destinados a dormitorios, por lo que inicialmente la matrícula incluía el transporte para los que viviesen más distantes.
En aquellos momentos en la sociedad cubana se estaba produciendo un convulso choque de intereses y en la Universidad, la confrontación trascendía los límites de la reforma. “Tomando como pretexto las transformaciones que estaban ocurriendo, muchos profesores abandonaron la Universidad. Recuerdo que las mayores crisis fueron en la Escuela de Derecho. La mayoría de los profesores eran dueños de bufetes vinculados a intereses del antiguo sistema. En la facultad de Ingeniería y Arquitectura, parte de sus docentes estaban relacionados con empresas constructoras privadas. En la facultad de Medicina, los doctores de más prestigio poseían clínicas privadas, laboratorios clínicos o farmacéuticos que habían perdido con las nacionalizaciones. En su mayoría, los profesores presentaron la renuncia y se fueron del país”, nos comentó la Dra Pogolotti.
“Pero en ningún momento tuve la menor preocupación de que nuestra universidad no pudiera asumir todos los cambios que estaba originando. Fue un cambio sustancialmente positivo en el trabajo universitario. Después en la práctica hubo que hacer pequeños ajustes, pero no implicaron grandes contradicciones. En la Escuela de Letras el efecto positivo fue inmediato. Se actualizaron los planes de estudio. La flexibilidad de la reforma les dio acceso a nuevos profesores que como Camila Henríquez Ureña y Mirta Aguirre, no habían podido integrarse al claustro. Surgió la categoría de profesores invitados y contratados, que permitió el acceso a la docencia a destacadas personalidades cubanas y extranjeras de las Ciencias y las Letras”.
“Profesores como Rosario Novoa, Elías Entralgo y Vicentina Antuña habían integrado el claustro anterior y se mantuvieron trabajando en la Escuela de Letras. Otros se encargaron de crear las nuevas especialidades o salieron a completar sus estudios a otros países. Juan Marinello fue designado rector de la Universidad de La Habana y fue mayormente aceptado por sus vínculos con las luchas universitarias desde sus tiempos de estudiante y por su prestigio como intelectual”.
“La reforma abrió nuevas posibilidades para el desarrollo científico. Se crearon laboratorios y centros de investigación adjuntos a la universidad, y que por el nivel que han alcanzado hoy son prestigiosas instituciones científicas independientes. Parece increíble el desarrollo que ha alcanzado la biotecnología en nuestro país, si pensamos que no existía ni siquiera la carrera de Biología. Todo esto es resultado del propio proceso de reforma universitaria”.
El déficit de bachilleres en los primeros años de la Revolución respondía al bajo número de egresados de las enseñanzas anteriores. Los primeros matriculados fueron jóvenes que por necesidades económicas o por el cierre de la Universidad no habían podido acceder a ella. Eso explica la diferencia significativa de edad en las aulas por aquel tiempo. Después de la reforma, se aprobó la creación de las facultades obreras para preparar nuevos aspirantes a ingresar en la educación superior.
El texto oficial de la reforma apareció publicado en la Gaceta Oficial el 8 de enero de 1962. Dos días después en la escalinata universitaria, se celebraba el tradicional acto para conmemorar la muerte de Mella. La Junta Superior de Gobierno de la Universidad tomó posesión ese día encabezada por Juan Marinello. El presidente de la FEU, Ricardo Alarcón hablaba a los estudiantes: “Ayer esta Universidad estaba regida por la mediocridad. Hoy, la Universidad está en el camino de ofrecerle a la Patria lo que necesita de ella”.
El periódico Revolución del día siguiente encabezaba sus páginas con las palabras de Osvaldo Dorticós que citaban a Mella: “No podía haberse hecho antes esta reforma y se ha hecho ahora porque hemos hecho una revolución social”.
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