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Disfunción  sexual y género

Por Lic. Salvador Salazar Amador
Especialista en Ps de la Salud
Centro Comunitario de Salud Mental de Arroyo Naranjo
Foto: Richard

Disfunción sexual

En estos tiempos que corren parecen cobrar más fuerza, como parte de la reivindicación femenina, el derecho a que se le conceda a la anorgasmia la importancia que siempre ha tenido la llamada «impotencia masculina», que nosotros preferimos denominar «dificultad en la erección», al mismo tiempo que muchas señalan a su pareja como culpable, por causa de sus mediocres erecciones y sus apurados finales.

No pueden escapar a la influencia de los medios foráneos que nos «venden» una sexualidad con orgasmos llenos de estrellas, erecciones más allá de los 90º y eyaculaciones capaces de desbordar el más holgado de los condones. Las revistas femeninas, las escenas eróticas que no pueden faltar en las películas de hoy, o el recuento tallado del intercambio sexual entre los dos flechados de las novelas rosa. Ahora totalmente rojas, en lo que llaman la nueva Corín Tellado, acorde a la lectora de estos tiempos, a la que va dirigida, una y otra vez insisten en metas cada vez más elevadas; es el sueño americano llevado a la sexualidad.

El mensaje se complementa con la aparición de toda clase de fórmula, esencias, extractos, remedios mágicos y tratamientos alternativos; en el centro de los mismos la Viagra, ahora también en su nueva versión para la mujer, a fin de que ella no escape  a la nueva sexualidad cinco estrellas.

Pronto veremos aparecer en el mercado al Viagra infantil para que los muchachos se nos vayan desarrollando. El Viagra  ha contribuido a la suposición de los jóvenes, de que un hombre debe tenerla «grande y dura».

En vez de aceptar el hecho de que cada mujer alcanza el orgasmo de una manera determinada y colaborar en la relación sexual, algunos prefieren preocuparse por si tiene o no el tamaño de pene adecuado. Parten de un supuesto imaginado: «Seguro que, si lo tuviera lo suficientemente grande, ella tendría un orgasmo durante a penetración, como en las películas porno». Uno me dice: «hay un problema, mi novia tiene un orgasmo cuando la masturbo o le practico el sexo oral, pero no con la penetración». ¿Por qué es eso un problema?, le pregunto. «Se siente frustrada, dice, porque sus amigas lo consiguen con la penetración; quizás el problema puede ser el tamaño de mi pene; en erección mide 20 centímetros y 12 de contorno». El mismo paciente se preocupa por la forma de su pene, mejo dicho, hacía adonde apunta: «He tenido la manía desde pequeño de colocarme el pene para abajo cuando me pongo calzoncillos, por ello lo tengo un poco curvado hacía bajo; apenas se nota cuando está erecto, pero me gustaría que estuviera un poco hacía arriba», Y pregunta, ¿se puede cambiar eso con la ayuda de un cirujano?».

Es natural que la gente esté llena de dudas. Al fin y al cabo ¿durante cuantos siglos se ha dicho que el «sexo» debía practicarse de una determinada forma? Aunque estamos a la vanguardia de una nueva sociedad en que en muchos ordenes de la vida se imponen las nuevas ideas, hace valor para que una persona viva su sexualidad con autenticidad y crea en si misma y en su pareja. El empeño en centrarse en la erección causa un enorme perjuicio tanto a hombres como a mujeres.

Sentir el placer del propio cuerpo es, desde luego, un derecho de cualquier ser humano, pero dejar que a uno le impongan consignas que no son beneficiosas ni para él ni para su pareja es otra cosa. Como no son más que consignas, cada uno puede desprogramarse, tener ideas propias.

Nuestra terapia sexual no puede hacer suyas seudo necesidades creadas por el consumismo neo-liberal; para nosotros mucho más importantes que sentirnos frustrados por lo que no tenemos, es disfrutar plenamente con aquello que contamos; ello sólo es posible, sin embargo, cuando la pareja también lo «ve» así. Parece adecuado, por lo tanto, considerar la disfunción sexual masculina a través  de la óptica femenina, al fin y al cabo es la mujer quien padece  a la pareja culpable de los dos mayores delitos sexuales que un hombre puede cometer: ser un eyaculador precoz y, lo que es aún peor, un impotente.

Las estadísticas nos ofrecen cifras inquietantes, dos de cada tres hombres menores de 50 años son incapaces de controlar el momento de la eyaculación, uno de cada dos mayores de cuarenta, padece algún grado de dificultad en alcanzar o mantener la erección. La contrapartida también es inquietante, la mitad de las mujeres sexualmente activas no alcanzan el orgasmo.

Para  el hombre más terrible aun que la eyaculación precoz, es la experiencia de vivir una impotencia. El macho no logra tener o mantener erecciones con fuerza suficiente para penetrar, siente mucho más que un simple trastorno, considera que su vida sexual ha finalizado.

Como reacción suele evitar todo contacto erótico que pueda poner en evidencia su incapacidad. La mujer, por su parte, temerosa de herir a su marido, cocina su desconcierto entre miedos, temores y nostalgias. Una paciente nos confesó que lo primero que pensó es que él tenía otra, después pensó que era la fatiga, se quejaba de que tenía mucho que hacer, pero después de intentarlo una y otra vez, no lo consiguió, dejó de tratar,. Y no sólo eso, le he dicho que si no puede tener un sexo completo, al menos me toque, me mire, pero me contesta que si hace eso se sentirá peor.

Aunque pretendamos ignorarlo los roles de genero repercuten de modo notable en nuestra conducta y actitudes sexuales. Muchos siguen pensando que el organismo de los hombres posee una capacidad sexual mayor que las mujeres, lo que se manifiesta en una mayor frecuencia y en la adopción de un rol activo, a diferencia de la reacción femenina, y en que la excitación del varón se produce rápida y automáticamente, a diferencia de la mujer que necesita palabras dulces, caricias y aún así, su grado de excitación, cuando lo alcanza, es precario. Otro mito discriminatorio es el que asegura al varón la maestría sexual: iniciar el juego amoroso, controlar momento y ritmo de movimiento, conocer, integrar y saber relacionar los métodos y procedimientos para excitar y asumir y hacerla llegar a un feliz orgasmo.

El tercer gran mito es que el rol que debe jugar el pene en todo esto es de que se exige una gran dimensión, erección en ángulo recto y cierre adecuado.

Mientras que para Malinowski la sexualidad no era sinónimo de coito,  de simple transacción fisiológica, sino algo que «presupone amor y requerimiento afectivo, convirtiéndose en el núcleo de instituciones venerables como el matrimonio y la familia», un pensar de la consistencia y lucidez Freud afirma lo contrario cuando dice:

«Creamos que no puede haber duda acerca de la interpretación que debe darse al término sexual: significa lo indecoroso, aquello que no debe mencionarse». La concesión freudiana nos lleva directamente al pene, porque una sexualidad indecorosa no puede ser aquella que presuponga amor, comunicación y vida familiar, y también porque Freud, alrededor del pene levantó un mito, un monstruo sagrado, un monumento a la sexualidad. Quizás el tabú y el mito existieron siempre y Freud simplemente los aprovechó, convirtiéndolos en teoría científica.

Comenzando con un significado etimológico «penis, miembro  «viril», continuando con la educación sexista que recibimos e inculcamos desde la infancia, en que solemos mostrar lleno de orgullo paterno los genitales de nuestro bebé macho, de lo que, no pocas veces, dejamos constancia grafica. La preocupación paterna ante el pediatra, sobre todo en los años de la pubertad, es «y aquello como va». En fin, que el muchacho no puede hacernos quedar mal y desde luego, el muchacho confía en que su pene tampoco lo haga quedar mal. Los primeros tropiezos surgen cuando en el urinario o en los baños de la beca o de «la escuela la campo» compara su pene con el de sus compañeros y muchas veces sale mal parado, bien porque algunos de sus compañeros ya ha desarrollado y el no o bien porque efectivamente va a ser hombre de pene pequeño —con todas las implicaciones que ello conlleva—  durante su vida.

A veces es difícil que el hombre se contente con el pene normal y corriente con que la naturaleza le ha dotado.  Se sabe que es un poco imprevisible y que incluso cuando funciona bien, sigue pareciéndose más a un pene humano...  Pero tiene una pequeña ventaja, y es que está vivo y puede gozar con el, en tanto que el super-pene de erecciones gigantescas es irreal y no siente nada en absoluto.

¿Cuándo debe medir un pene para que lo consideremos «dentro de lo normal?».

En 1999, se cumplieron cien años de la primera vez que se abordó científicamente el problema. Fue en 1899 en que Lored midió la longitud del pene en estado de reposo de 50 personas y determinó que su longitud media era de 9.51cm. aunque todo parece cambiar en el hombre y su entorno a medida que pasan los años, esta medida permanece inalterable: la longitud media de los penes de hoy (me remito a Masters y Johnson en «La sexualidad humana») sigue siendo de 9.5cm, pero agrega para tranquilidad de muchos que solo un pene inferior a 2cm puede ser considerado un micro pene. Pero además si bien es cierto que en estado flácido son grandes las diferencias en longitud, no ocurre así en erección. La erección es la gran igualadora, puesto que un pene pequeño en estado flácido, muestra un incremento de tamaño mayor cuando esta ocurre.

El hombre que supone que siempre debe funcionar bien, ante el menor contratiempo lo invade la angustia, lo que era una simple falla momentánea, se convierte en un trastorno de magnitud. En este momento ocurre la disfunción sexual, donde la actitud de la mujer juega el rol fundamental. De sus gestos, dichos, y actos dependerá que la disfunción se resuelva o se complique mucho más.

¿Qué debe hacer la mujer ante esta situación?
¿Cuál sería el modo adecuado de actuación femenina?.

—No hacerse cómplice del silencio de la pareja, pero cuando hable con él evite hacerlo con frases como «Si esto sigue así, me voy con otro».
—Enfoque el problema como un asunto de los dos, algo que  «les», pasa y no que «le» pasa. «Tenemos un problema y vamos  a resolverlo juntos».
—No presione, muchas veces detrás de una disfunción sexual masculina hay una pareja muy demandante.
—No centre sus intereses en la penetración, muéstrese simple, dispuesta a explorar otras formas y aliéntelo a que lo haga.
—Si sugiere acudir a la consulta de terapia sexual, hágalo en forma positiva; no enfatice «lo mal que están», mejor sugiera «lo mucho que pudieran ganar».
—Invítelo a explorar otras formas de hacer el sexo y aliéntelo a que lo haga.

 


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Actualizada: 14 de mayo/2008

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