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La Universidad de Pablo

Por Marielys del Toro Padrón y
Tamara Roselló Reina
Foto: Internet

Pablo de la Torriente Brau

Otra vez en la Universidad, después de los meses de descanso. Los jóvenes que regresaban a la Colina tenían un sueño común: cambiar los destinos de la  República, junto a la que habían nacido. Los dirigentes del movimiento estudiantil se reencontraban y  las  ideas revolucionarias se acercaban más a la acción, porque que ya no era posible encontrar soluciones pacíficas a los problemas del país.

En el local de la Asociación de Estudiantes de Derecho las jornadas de discusión se extendían hasta muy tarde. Una de aquellas noches llegó un joven que para muchos era desconocido.  Saludó a uno de los líderes, y de inmediato le explicaron cuáles eran las últimas decisiones.

Pablo de la Torriente Brau no iba a la colina universitaria a cumplir con el simple compromiso de vencer materias. Su nombre no aparece en los listados de egresados de la alta casa de estudios, sin embargo, respiró como cualquier otro estudiante, los aires de la Reforma Universitaria. Se sentía parte del movimiento y en lo adelante, estaría junto a los universitarios en la Revolución del 30.

Por esos días en una entrevista publicada en el periódico El País, Enrique José Varona, lamentaba la pasividad de los jóvenes ante los crímenes del dictador Gerardo Machado y la situación que se vivía. Como respuesta a la crítica, los universitarios acordaron  hacer una manifestación. Partirían desde la Colina hasta la casa del profesor el 30 de septiembre. El Directorio Estudiantil Universitario guiaría la acción.

A pesar de la llovizna, esa mañana los policías  rodearon los muros universitarios, mientras los jóvenes se concentraban en la Alta Casa de estudios.  El enfrentamiento les hizo cambiar el rumbo, ahora la orden era  ir hacia el Palacio Presidencial.

Pablo iba desarmado como los demás, solo contaba con sus puños para defenderse. En la esquina de Infanta y San Lázaro, la policía reprimió violentamente  la manifestación. Pablo se desplomó  herido en la cabeza.

En una de sus crónicas recordaría los últimos momentos del mártir de aquel día, Rafael Trejo, en el Hospital de Emergencia:

“Yo no podré olvidar jamás la sonrisa con que me saludó Rafael Trejo, cuando lo subieron a la sala de urgencia, solo unos minutos después de mí y lo colocaron a mi lado (...) era algo así como si me devolviera la cólera de la pelea a pesar de la sangre perdida. Era que yo sabía ya que Trejo, con sus veinte años poderosos, se moría”.

A finales de ese año en la revista Alma Máter, publicó un artículo titulado “¡Arriba  Muchachos!”, en el que alentaba a los estudiantes a luchar contra Machado:

“¡Arriba muchachos, que la dignidad de Cuba es hoy menor de edad!  ¡Arriba muchachos, con la vergüenza viva y sin miedo, que una herida hoy es un honor y una prisión un mérito!”

El 3 de enero del 31 el Directorio se reunió en la casa del periodista Rafael Suárez Solís. Los jóvenes más radicales llevaron la propuesta de crear el Ala Izquierda Estudiantil. La policía siguió a los últimos en llegar y todos fueron encarcelados en el Castillo del Príncipe.  Las crónicas de Pablo sobre sus días en prisión, fueron publicadas en el periódico El Mundo.

A mediados de ese mismo año lo detuvieron nuevamente. Esta vez fue trasladado al  Presidio de la Isla de Pinos, donde permaneció hasta mayo del 32. Pablo no pudo participar directamente en el movimiento popular que provocó la caída de Machado, el 12 de agosto de 1933, porque estaba exiliado en Nueva York.

Con el protagonismo de los estudiantes en el enfrentamiento a la tiranía y en especial durante la huelga que finalmente la derrocó, el Directorio había ganado prestigio nacionalmente Durante el gobierno de los Cien Días se concedió por vez primera, la autonomía universitaria, a través del decreto ley del 6 de octubre del 33.

En los meses que siguieron, el Calixto García, declarado hospital docente de la Universidad, fue el escenario de las asambleas estudiantiles de depuración. Integraban la Comisión Mixta Depuradora, seis estudiantes y seis profesores encargados de analizar la conducta de los docentes y su vínculo con la dictadura. Las sesiones comenzaron el 8 de junio de 1934.

Pablo también estuvo en estas reuniones, como un estudiante más. Siempre se le veía atento, en la primera fila del teatro, tomando notas, que luego usaría en sus crónicas periodísticas para el diario Ahora.

“La masa estudiantil universitaria, en su última, tumultuosa e impotantísima reunión asumió una actitud sorprendente. El 10 de enero ha  pasado como una sonrisa roja sobre la mente de todos, el perfil de Julio Antonio Mella, más arrogante que nunca (...) ha sido como un insulto, un salivazo ante tanta vacilación. Y el latigazo surtirá su efecto y el estudiantado, por lo menos en buena parte, se agitará de nuevo, dispuesto a la lucha y al largo sacrificio”.

Frente a la intención de un dirigente estudiantil de dividir la asamblea entre derechas e izquierdas, Pablo abogó por la unidad en su crónica del 14 de junio:

“Todos en este momento tienen un propósito, salvar a la universidad que se hunde ante el peligro común, no hay izquierdas ni derechas. “

Su periodismo sin medias tintas, recoge los momentos más importantes de los encuentros estudiantiles. Su palabra no es la de un observador que juzga desde fuera, él participa.

Con el título “Los estudiantes, conmocionados por los asesinatos del viernes adoptaron importantes acuerdos” publicó en Ahora los resultados de su investigación periodística en la que denunció el ametrallamiento de los universitarios Rodolfo Rodríguez, Ivo Fernández Sánchez y Reinaldo Balmaseda.

“Al final de mi exposición de cómo se habían desarrollado los hechos según todos los datos que habíamos capturado, pedí a la asamblea estudiantil que no se pronunciara solamente contra los cuatro o cinco porristas encargados del asesinato, sino contra Pedraza, jefe de la policía; contra Batista, jefe del Ejército y contra Mendieta, Presidente de la República.”

Los estudiantes aprobaron con aplausos la propuesta de Pablo y lo felicitaron  por haber ofrecido la única información imparcial de los sucesos. Tras el fracaso de la huelga de marzo de 1935, se desató la represión del ejército. El teniente Powel, que había asesinado a los universitarios, intentó vengarse de Pablo. Este fue el motivo de su segundo y último exilio en Nueva York.

No lo dejaron continuar cerca de la vida estudiantil. Pero él ya era uno más dentro del aquel movimiento que rebasó los muros de la alta casa de estudios. Esa fue la Universidad que conoció. Allí dejó su energía, sus esperanzas, sus ideas de revolución, su palabra, su acción y sus crónicas periodísticas con el espíritu de cambio, que comenzó por transformar el recinto estudiantil hasta llegar al sueño de una República distinta.


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Actualizada: 10 de abril/2008

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