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Los EE. UU. que perdimos
A 155 años del natalicio de Martí
Por Hilario Rosete Silva
Foto: Cortesía del entrevistado
Sentado llego hasta el fondo de la casa
Donde viví los días que no podré recordar
Hay olores hermosos que se confunden
Y hay cosas hermosas –como un viento–
Que vienen y hablan
Poema de Los coros desterrados
CHRISTIAN FORMOSO
Poeta y profesor chileno
PLANO EN DAMERO
—Una retahíla de conceptos, personajes y hechos de infausta memoria nos ligan a EE.UU., Doctrina Monroe, Alianza para el progreso, Escuela de las Américas, Milton Friedman y los Chicago Boys, Fukuyama y el fin de la Historia, Batista, Trujillo, Somoza, Pinochet, invasiones militares, bloqueos económicos, deudas externas, guerras civiles, golpes de estado... Sobre esa ligazón, se ciernen los consensos farsantes, el pensamiento único, la falsa felicidad del mercado, y el neoliberalismo proclama su verdad excluyente.
Así nos dice el poeta y narrador Oscar Barrientos Bradasic (1974); su voz nos llega, cantante y sonora, desde su natal Punta Arenas, ciudad y puerto situados en el sur de Chile, en el estrecho de Magallanes, una de las urbes más meridionales del mundo.
RECURSO CIRCULANTE
—Se habla con tristeza del «patio trasero». Quienes nos definimos como antimperialistas hemos visto en aquel país una espada de Damocles sobre nuestra independencia e identidad cultural. El porvenir suele olernos a carne de McDonald´s mientras escuchamos hablar de «desideologización», un eufemismo que niega y suplanta toda ideología progresista por los dogmas supremos del Fondo Monetario Internacional.
Oscar Barrientos se tituló de profesor de Castellano en la Universidad Austral de Chile. Allí mismo obtuvo un magíster en Filología con mención en Literatura Hispánica. Luego cursó un doctorado en Educación en la Universidad de Salamanca (España). En Valdivia se ligó al Grupo Mangosta y laboró en la creación de la revista Ciudad circular.
REDENTORES DE NUEVOS SARRACENOS
—Con todo, EE.UU. es el país de Franklin, Washington, Jefferson, Lincoln, Whitman, Malcolm X, Martin Luther King, Merton o Noam Chomsky, y alguna vez halló soporte allí el ideario de la Revolución Francesa; es la nación multicultural que, al menos desde los días del macarthismo, manifiesta vivas voces de disensión y resistencia. En medio de este antagonismo gravita una tradición cultural que nos une a EE.UU. En el seno de esta discordancia libramos, ellos y nosotros, la batalla por un idioma unitario, libre de las fisuras que nos han distanciado. Negar esta paradoja sería una complacencia.
Oscar reconoce que hoy estamos ante un imperio más poderoso que Roma en su día; pero también admite que hay un EE.UU. que perdimos, un EE.UU. que con los cielos de la ventura se alejó cual barco tripulado por fantasmas, y que vale la pena reencontrar.
—Ruego que se me faculte para, en un tiempo donde se insiste en el futuro, tomar ejemplos del pasado y releer el mensaje de pretéritos espíritus redentores estadounidenses, puentes de enlace entre nuestras luchas, de ambas partes, por transformar la realidad.
NO CABE OTRA
—Al primero que deseo «esbozar» es a Jack London, nacido en San Francisco, en enero de 1876, poco antes de la batalla de Little Bighorn, en la que los indios devastaron la columna de Custer. Desempeñó oficios tan vitales e infrecuentes como marinero, cazador de focas, periodista, buscador de oro. El clima de agitación obrera desatado por la crisis de 1893, lo acercó a la lectura de Marx, Darwin, Spencer, Nietzsche. Sintió que la superficie rugosa de su patria era atravesada por el arado de la lucha de clases. Se declaró socialista revolucionario, acusador de las injusticias de la revolución industrial:
—«Si el poder de producción del hombre moderno es mil veces superior al del hombre de las cavernas, ¿por qué hay hoy en EE.UU. quince millones de habitantes que no están alimentados ni alojados como conviene, y tres millones de niños que trabajan? Ante este doble hecho —que el hombre moderno vive más miserablemente que su antepasado salvaje, mientras su poder productivo es mil veces superior—, no cabe otra explicación que la de la mala administración de la clase capitalista; que sois malos administradores, malos amos, y que vuestra mala gestión es imputable a vuestro egoísmo.»
TARSO DE METAL
—Hoy la novela de London El talón de hierro (1907) cobra renovada vigencia. Su protagonista Ernest Everhard es un dirigente sindical capturado y ejecutado en 1932 por su participación en una huelga obrera. El relato —en voz de su esposa— increpa a los que detentan aquella beatería que bendice los crímenes:
—«¿Habéis protestado ante vuestras congregaciones capitalistas contra el empleo de niños en las hilanderas de algodón del Sur? Niños de 6 a 7 años que trabajan toda la noche en equipos de 12 horas. Los dividendos se pagan con su sangre. Y con ese dinero se alzan magníficas iglesias en Nueva Inglaterra, en las que sus colegas predican agradables simplezas ante los vientres repletos y lustrosos de las alcancías de los dividendos.»
—Jack London denomina a la oligarquía bajo la temeraria metáfora de «talón de hierro», un martillo que arrastra a los hombres hacia una noche primitiva revestida por la ilusión del progreso. Sus dardos van dirigidos al totalitarismo americano que se propone aplastar por la fuerza militar capitalista el surgimiento de los trabajadores...
Oscar no podría disimular su madera de ensayista, vocación que sería sostenida por los cinco libros que editó entre 1998 y 2006 (cuatro de narrativa, uno de poesía). Pero él no lo echa a ver, y sigue adelante con las almas redentoras norteamericanas.
LA FURIA DEL LEVIATÁN
—He aquí un marino estadounidense; tiene el mar en la mirada, de sus ojos saltan navíos y continentes; es de Nueva York, se llama Hermann Melville; en 1851 publicará Moby Dick, la historia de un hombre obsesionado con derrotar una ballena blanca.
¿Solo con derrotar una ballena blanca?
—¡Por supuesto que no! El capitán Achab lucha contra la personificación del mal, el Leviatán de la tradición judía registrado en los libros sapienciales (Job 40, 25-31) y proféticos (Isaías 27, 1). Dentro del «predestinacionalismo» puritano, Moby Dick semeja un engranaje perfecto y, por oposición, la rebeldía de Achab adopta los matices de un magisterio divino. Los tripulantes del Pequod vienen de diversas latitudes, el ballenero simboliza toda la humanidad. Por momentos la novela de Melville se torna en un poema sinfónico de las mareas, en una gesta épica en su intento de vencer los sucesos adversos que presagia el Leviatán. «El Leviatán es un Estado que se funda en la premisa de la anulación del otro», habría dicho Hobbes, con lo que generó una doctrina que luego sería rescatada por ciertos exegetas del liberalismo político. Curiosa metáfora del Leviatán nos reentrega Melville a la luz del presente, cuando sentimos los coletazos de aquel Estado «emancipador» que, con la furia de un reptil oceánico, invade países en nombre de la libertad, y «boga» porque más y más naciones pasen a ser estrellas de su bandera....
DISCORDANCIA DE CARACTERES
Oscar Barrientos ha recibido el premio María Cristina Ursic, de Poesía; la beca de creación literaria del Fondo del Libro y la Lectura, en dos ocasiones; y una mención honrosa y un premio Fernando Santiván de la municipalidad de Valdivia.
—Los versos de Henry David Thoreau, otra ánima redentora, son portadores del rugido intrínseco de lo originario que se abre paso entre el oscurantismo. Nació en Massachussets, en 1817; vivió cerca de dos años en los bosques de Walden Pond e hizo de esta experiencia una bitácora de sus hallazgos. Uno de sus textos reza:
—«Hay leyes injustas: ¿debemos estar contentos de cumplirlas, trabajar para enmendarlas, y obedecerlas hasta cuando lo hayamos logrado, o debemos incumplirlas desde el principio? Las personas, bajo un gobierno como el actual, creen por lo general que deben esperar hasta haber convencido a la mayoría para cambiarlas. Creen que si oponen resistencia, el remedio sería peor que la enfermedad. Pero es culpa del gobierno que el remedio sea peor que la enfermedad. Es él quien lo hace peor. ¿Por qué no está más apto para prever y hacer una reforma? ¿ Por qué no valora a su minoría sabia? ¿Por qué grita y se resiste antes de ser herido? ¿Por qué no estimula a sus ciudadanos a que analicen sus faltas y lo hagan mejor de lo que él lo haría con ellos? ¿Por qué siempre crucifica a Cristo, excomulga a Copérnico y a Lutero y declara rebeldes a Washington y a Franklin?» Pagó con cautiverio esta osadía.
—«Nueve décimas partes de la erudición provienen de ser juicioso a tiempo», dijo este pionero de la ecología, convencido de que el respeto medio ambiental y el capitalismo son incompatibles: «Un hombre es rico en proporción a las cosas que puede desechar».
RUINA Y REALIDAD; CERTEZA Y DUDA
—El camino de su sueño revolucionario estuvo cifrado por el pacifismo. La posteridad le legó herederos de la talla de Tolstoi, Gandhi y Martin Luther King; emblemas de la lucha contra la intolerancia, la segregación y la estupidez. Sus ideas son respetadas por quienes amamos la tierra y deseamos que las banderas de la libertad humana nunca dejen de ondear. Su doctrina atraviesa las épocas y hermana al norte y el sur en la preocupación por el cuidado del planeta.
Los vecinos de Oscar Barrientos afirman que es uno de los «tipos excepcionales» que pueda conocerse en la región de Magallanes y Antártica Chilena, un hombre lúcido, de gran acervo cultural, que posee y transmite a sus estudiantes del Colegio Británico de Punta Arenas el don de la palabra. Otro tanto hizo con nosotros.
—La biografía de Poe, nuestro cuarto héroe, documenta un sino catastrófico, una naturaleza trágica que vaga entre el asomo de las certezas y el naufragio de las esperanzas. Fue un hombre que huyó de los sueños agoreros y de la muerte roja, alegoría de la tuberculosis que mató a todas las mujeres que amó. Rechazó las formas fáciles de vida y abrazó el ojo del huracán como un credo irrenunciable. Sus opiniones fueron agudas e impregnadas de la extraña lucidez que otorga la altura de la caída: «Cuando un loco parece completamente sensato, es ya el momento de ponerle la camisa de fuerza.»
—Su poema El cuervo nos acerca al conocimiento de una vida intensa y desgarrada que se acercó a la realidad desde las ruinas de las viejas abadías. Un hombre «en tristes reflexiones embebido», es visitado por un ave fantasma, signo de la noche plutoniana. Se posa el ave sobre el busto de Palas Atenea y se transforma en el receptáculo de la imagen enruinas, en el trasfondo de un alma abandonada a los espectros de la desolación.
LA COMUNA UTÓPICA
—«¡Profeta! –exclama el canijo filósofo–, ¡cosa diabólica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio enviado por el Tentador, o arrojado por la tempestad a este refugio desolado e impávido, a esta desértica tierra encantada, a este hogar hechizado por el horror! Profeta, dime, en verdad te lo imploro, ¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?»
—El pájaro, heraldo de la carencia, de lo inexorable, de un pasado extendido sobre el manto de los recuerdos, solo dirá y repetirá, «nunca más», y esas palabras, génesis y epílogo, cruzan las épocas y emergen, una y otra vez, desde los escarpados de la historia. Esas palabras son también la fórmula que resumió en 1984 el anhelo del pueblo argentino para documentar el informe dirigido por Ernesto Sábato sobre las muertes y vejámenes de la dictadura. Ese «nunca más» es una onda concéntrica que se amplía en la noche de los tiempos, desde el horror romántico de la existencia, hasta el horror incisivo de las tiranías.
Oscar Barrientos es capaz de citar párrafos enteros de disímiles autores, sobre todo del argentino Jorge L. Borges. Sin embargo, ahora recuerda a Nathaniel Hawthorne, quinto y último espíritu redentor, miembro relevante de la comunidad utópica de Brook Farm, granja colectivista norteamericana al estilo de las llamadas colonias tolstoianas.
—Nathaniel nació en Salem, tierra de brujas y puritanismo, sitio de cielos plomizos por donde circuló como viento fresco la tradición de la hechicería. Su vida fue un permanente homenaje a la belleza y al pensamiento crítico. En sus American Noteboks palpita una de las prosas más señeras de EE.UU.
—«Se pasaba los días escribiendo cuentos fantásticos; a la hora del crepúsculo, salía a caminar. Ese furtivo régimen de vida duró doce años», nos dice de Nathaniel el propio Borges, uno de sus hermeneutas. Algunos lo ven como el maestro inspirador de Poe, el cronista de Nueva Inglaterra, el fabulador romántico. Sus ficciones condenan la moneda falsa de los extremismos religiosos, de las moralidades vestidas con la toga de la degradación en La letra Escarlata, obra donde una mujer esestigmatizada con la grafía encarnada que simboliza su pecado a los ojos de una sociedad injusta.
DESEMBARCO CONTINENTAL
—Nathaniel Hawthorne nos enseñó que no podemos ser enemigos de la belleza, que también las huestes de la fantasía sostienen la batalla de ideas. En la comunidad utópica de Brook Farm los hombres sintieron que asistían a una reingeniería social y diseñaron fórmulas de repartición de la riqueza y el conocimiento. Se acercaron con uñas y dientes a esos sueños hasta desgarrar las aspas del molino cervantino. La escuela nocturna y el arado fueron sin duda los emblemas de ese propósito por esencia revolucionario. Hoy concebimos esa tentativa como una orquesta de sonidos profundos y conmovedores que surca las épocas resignificando sus tópicos. El final fue trágico: un incendio arrasó la comunidad utópica. Pero no nos engañemos. Las llamas de ese incendio siguen ardiendo en nuestras miradas como el fuego vívido que alentó a los primeros humanos.
La herencia de Oscar Barrientos comprende dos viajes a Cuba y el conocimiento de su cultura. Suele compartir con otros escritores magallánicos largas conversaciones sobre la Perla de las Antillas, regadas con vino tinto chileno y ron cubano, amenizadas con long plays de Silvio Rodríguez y escritos de José Martí.
—Hoy hemos realizado, para Alma Mater, un tránsito a la inversa, y le acercamos la posibilidad de derribar un viejo paradigma. Los lazos, en el sentido de trampa o treta engañosa, que nos han separado de EE.UU. como bloques en apariencia irreductibles, son igual el fermento de una dialéctica nueva, de una pluralidad significativa. Los fantasmas redentores, aquellos que se perdían en las mareas del tiempo desgarrando los temblores nocturnos, son parte del gran pueblo estadounidense que permanece inerme en su jaula de hierro. Jack London, Hermann Melville, Henry David Thoreau, Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne y otros tantos espíritus redentores, acarician –como las olas la costa– nuestras preocupaciones esenciales y sueños inmediatos. Será labor de nosotros que permanezcan presentes en nuestros derroteros, como hombres que también vislumbraron la médula de nuestras utopías.
DE BUENA VOLUNTAD
—Honrando a las almas redentoras que usted mencionó y al EE.UU. que perdimos y debemos rescatar, ¿podríamos mirar este trabajo con los ojos de José Martí?
—No sería difícil hallar vasos comunicantes entre lo aquí dicho y el ideario del Apóstol, un hombre que vivió en el monstruo y le palpó la entraña. Siendo Martí una figura tan querida por los latinoamericanos, cualquiera quedaría encantado de revelar el vínculo. Él fue el que intuyó primero que a EE.UU. lo perdimos; universalista por excelencia, él fue el primero que avizoró la amenaza económica y militar que para nuestros pueblos de América significaba EE.UU. Luego, al mismo tiempo, según los criterios que vertimos aquí, también aconsejó pasar por la criba del pensamiento crítico y la racionalidad ilustrada, aspectos del pueblo y la cultura norteamericana captados por él durante su estancia en ese país. Ahí están, por solo citar dos ejemplos de uno y otro lado, su panegírico «Emerson», publicado en La Opinión Nacional de Caracas en 1882; «El puente de Brooklyn», divulgado en La América de Nueva York en 1883; su crónica al diario La Nación de Buenos Aires, de noviembre de 1889; y su alegato «Madre América», pronunciado poco después en la Sociedad Literaria Hispanoamericana ante los delegados latinoamericanos a la Primera Conferencia Panamericana. Con esto bastaría para empezar y concluir que la mirada martiana fue y será fundacional a la hora de plantearse el rescate del EE.UU. que perdimos, justo es subrayarlo, por razones ajenas a la voluntad de nuestros pueblos.
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