|
¿Seremos como el Che?
Entrevista con Germán Sánchez Otero, embajador de Cuba en Venezuela
Por Hilario Rosete Silva
Fotos: Alberto Borrego y Archivo
Las nuevas generaciones
vendrán libres del pecado original
El socialismo y el hombre en Cuba
ERNESTO CHE GUEVARA
UN CAIMÁN ÚNICO
—Al vocablo generación suele dársele un cariz genérico, y deberíamos descomponer-lo. En 1966 un contemporáneo nuestro, Ricardo J. Machado, abordó el tema en El Caimán Barbudo de un modo que aún hoy resulta singular.
CONVIVENCIA ARMÓNICA
—Machado rechazó la sobreestimación del entendimiento de la historia como una ca-dena de generaciones, y propuso recuperar su significado partiendo de las vivencias y condicionamientos de las hornadas de inte-lectuales que en entonces coexistíamos en el campo cultural.
Germán Sánchez ha representado a Cuba ante Venezuela durante los últimos 14 años; incluso ya dirigía nuestra embajada en Caracas con anterioridad al triunfo electoral que condujo a Hugo Chávez a su primer mandato.
SER DE PUEBLO
—Los colaboradores del Caimán sobresalíamos por compartir una misma vivencia generacional y asumir una actitud de vida que coincidía con la adoptada por los líderes de la Revolución, aún cuando estos nos aventajaban en edad. Machado enfocó las generaciones en su vínculo con las clases sociales. No eran iguales los jóvenes burgueses de los 50 que con 20 años se paseaban por el Country Club de La Habana, que los campesinos asentados en Camagüey o en Santiago de Cuba, que los de la Generación del Centenario, componentes del pueblo que Fidel definiera en La Historia me Absolverá.
PROBAR SU CLASE
—Siempre deberemos precisar de qué generación hablamos desde el punto de vista temporal y a qué segmentos de ella nos estamos refiriendo desde la perspectiva clasista. Será sencillo separar en arquetipos una sociedad claramente dividida en clases, pero aplicar ese análisis a Cuba, se las trae: su diferenciación clasista es menos ostensible y más heterogénea. Al analizar la realidad cubana nacida de los 90, de la crisis que nos atacó desde afuera, que condujo a una compleja crisis interna, económica, extendida a lo ideológico, a los valores, a la cultura, a todas las esferas, hallamos una sociedad que por su estructura de clases no es comparable, digamos, con las de México o Chile; más para analizar el comportamiento tanto de esa generación como de cualquier otra, de todos modos tendríamos que basarnos en la estructura de clases de la comunidad donde conviven: una estructura singular por su complejidad y sus contradicciones propias.
FORZOSA QUEBRAZÓN
—Cuando en los 90 se hicieron estudios sobre la composición social y racial de los universitarios, se «descubrió», lo que ya era visible para muchos –se avalentó Alma Mater.
—Buena parte de los universitarios procedía de «familias de clase media», he ahí el dilema, no hay otro término para nombrarlas; no tendrían la riqueza típica de la clase media de un país capitalista, pero ocupaban cierta posición económica y social que las diferenciaba de otras. El joven que surgía de esa realidad familiar, que vivía en La Habana u otra ciudad, y cuyos padres por lo general cobraban un salario alto, eran profesionales y se les había dado la oportunidad de adquirir un carro en los años 70-80, ese joven tenía su especificidad, disfrutaba una vivienda cómoda, un ambiente educacional y cultural favorable, gozaba de todas esas ventajas para ingresar en la universidad y desarrollarse como profesional. El panorama se complicó más en los 90, cuando se generaron diferenciaciones nunca vistas en la etapa revolucionaria. Uno de los impactos de la crisis fue la quiebra de nuestra estructura de equidad; reaparecieron, bajo nuevas formas, variantes de desigualdad, legítimas o no, pero todas aceptadas de un modo o de otro por una inédita configuración social.
IGUALES Y DIFERENTES
—«Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original», escribió Ernesto Guevara en El socialismo y el hombre en Cuba, pero a juzgar por las circunstancias, continúan naciendo «pecadoras». Para estimar su grado de «pecaminosidad», el propio Che, cuarenta años después, sopesaría esas condicionantes, ¿no lo cree?
—El Che habría sido su analista más riguroso. Así solía hacerlo con todas las experiencias en que participaba. El ejemplo más cabal de su rigor crítico fue el análisis que realizó sobre el fracaso de la guerrilla que dirigió en el Congo. Examinar críticamente el pensamiento y los quehaceres del Che es ser guevarista, es proceder como él obraba.
Para juzgar a las nuevas generaciones habrá que saber a qué familias pertenecen sus miembros, si son del campo o la ciudad y cuáles son sus niveles de ingreso y formación política, educacional y cultural. Son esos los factores que supeditan la llegada, algún día llegarán, de generaciones «libres del pecado original»; de esto depende que unos jóvenes ingresen en la universidad y otros no, aún cuando todos tengan la misma edad y hayan estudiado en el mismo sistema. Unos y otros son iguales, pero a la vez unos tienen más posibilidades que otros. Ahí es donde se descubre por qué los intereses de un segmento poblacional difieren de los de otro segmento de una misma progenie. Cuando uno habla con los jóvenes de Sagua de Tánamo, y después con los de Sandino, y más tarde con los de Miramar o el Vedado, nota la diferencia entre sus valores y subjetividades.
TANTO MEJORES
—La referencia de los jóvenes cubanos de los 90 y los de hoy, no es 1959 sino 1989. Ellos empezaron a vivir en un mundo post´89, que no dejó de ser post´59, pero que se vio embebido en la realidad generada por la crisis. Ya no tendrían la misma estabilidad en los suministros de alimentos, ropa y calzado, ni las mismas posibilidades de divertirse o transportarse, y serían impactados por las desigualdades sociales, los brotes de corrupción y el flagelo del facilismo. Todo se trastocó, incluso los valores que harían apreciables a las personas y las cosas. Para enfrentar estos fenómenos fue que Fidel concibió los programas de la Batalla de Ideas, como son, la formación emergente de trabajadores sociales y la universalización de la enseñanza superior, por solo citar dos. Con sus rasgos y grados, los jóvenes de hoy están cortados por esa complejidad. No obstante, los que fuimos troquelados por otro patrón y llevamos el cuño de otra época, a la hora de enjuiciarlos debemos partir de una premisa: ¡ellos son mejores que nosotros!
TRUNCO, MUTILADO
—Quienes hoy estén cumpliendo 20, tienen a su favor el bagaje de sus padres, hombres y mujeres de los 80, de sus abuelos, los jóvenes de los 60, y de la Generación del Centenario: todos sus ancestros somos responsables por su grado de «pecaminosidad», y por los errores que pudieran seguir arrastrando. Esos errores no se han ocultado, y si no se publicaron en los medios, aparecieron en las «bocas de difusión masiva de la población»; el pueblo nunca se ha callado; de un modo u otro se hizo escuchar; impresiona la diversidad de criterio del cubano, y no ahora que viene de discutir el medular discurso de Raúl por el 26 de julio (2007), siempre fue así: donde hay dos o tres compatriotas, hay cuatro o seis opiniones.
—También los mayores somos responsables porque los jóvenes desconocen al Che.
—¡Eso! Recuerdo que hacia 1986 Cuba se sumergía en el proceso de rectificación (de errores y tendencias negativas) y de nuevo el Che salía a combatir, junto a Fidel, para recuperar el camino correcto. Por ese entonces se presentó en un evento una ponencia titulada ¿Seremos como el Che?, fruto de una encuesta a alumnos secundarios y preuniversitarios. El sondeo reveló que el pensamiento del Che no había sido fielmente divulgado; en las conmemoraciones se solía hablar del guerrillero o del trabajador voluntario, pero aquel era un Che sin ideas, fragmentado.
TORCEDURA DE TOBILLO
—Era lógico que las respuestas de los muchachos ante ciertas preguntas mostraran su desconocimiento del Che, de donde se infería que no podrían ser como él. ¿Seremos como el Che? ¿Cómo es posible que podamos ser como alguien al que no conocemos? Les cuento más: algo sucedió en aquel evento; una mano peluda, quizás un organizador que estaba al tanto, al ver la ponencia, de seguro por su cuenta, creyendo que no era posible dudar que nuestros jóvenes no fuesen como el Che, se sintió incómodo con los signos de interrogación del titular y decidió quitárselos…
Veinte años después la interrogante no ha perdido vigencia. De lo que se trata es de comprobar si nuestros jóvenes son o no capaces de hacer una mención, por ejemplo, en relación con El Socialismo y el hombre en Cuba, o con las reflexiones del Che acerca de la transición socialista, o alrededor de los artículos sobre la concepción del valor, la banca o el sistema presupuestario publicados en Nuestra Industria y Cuba Socialista, y no porque sean brutos o indiferentes, sino porque no fuimos capaces, a través de nuestros sistemas de educación y medios de difusión masiva, de inculcarles esos conocimientos. Lo decisivo, para que nuestros jóvenes sean como el Che, es que conozcan, junto a su ideario o pensamiento, su ejemplo de vida integral; solo así despertaremos en ellos el interés por asumir creativamente la conducta y subjetividad del Che.
A CORTINAS VERDES
Durante años Germán hizo su aporte a la «adecuada transmisión de las esencias revolucionarias». Ahí están Cuba y Venezuela. Reflexiones y debates (2005); Che sin enigmas. Mitos, falacias y verdades (2007); y Transparencia de Emmanuel (2008).
—Ser partícipe de las revoluciones cubana y bolivariana, me llena de ideas y emociones. ¿Es Venezuela otra Cuba? ¿Cuáles son las semejanzas y las diferencias? Son preguntas a las que intenté responder en Cuba y Venezuela... La Revolución cubana sigue siendo única; nadie crea que podrá copiarla; pero también subsiste un vínculo entre los dos eventos históricos; es difícil hablar del avance de la revolución venezolana sin Cuba, como también diríamos que sin el proceso bolivariano el nuestro discurriría de otro modo.
 |
|
Existe la certeza de que los procesos actuales son continuación de las rutas abiertas en los años 60 del siglo XX, años que para mí siguen siendo los primeros del siglo XXI. Al presentar Che sin enigmas... atribuí el interés en torno a la figura del Che, a la vigencia de sus propuestas. No es gratuito que en Venezuela el propio Chávez sea el promotor de las ideas de Ernesto Guevara; según la revolución venezolana avanza, la obra del Che se hace más visible y crece el interés por estudiarlo; conocer su obra es una vía para evitar que el socialismo cometa en este nuevo siglo los errores que ya él había advertido. La muerte del Che, este es uno de los enigmas, se conmemora cada ocho de octubre, cuando en verdad fue asesinado un día después. Quizás el misterio resida en que el día ocho todavía vivía y combatía, y el destino quiso que lo recordáramos así, viviendo y combatiendo. El tercer libro, Transparencia de Emmanuel, merece otra mención.
INJERTO DE LENGÜETA
Transparencia de Emmanuel testimonia la liberación de Clara Rojas y Consuelo González, ambas retenidas durante años por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Con prólogo de Fidel Castro, ya se presentó dos veces en La Habana –en el Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y en el Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX)–, una en Caracas, y otra en Buenos Aires.
—La obra también rinde homenaje a Fidel; hace 60 años él participó en aquella fallida rebelión popular, El Bogotazo, donde perdió la vida el luchador colombiano Jorge Eliécer Gaytán. Transparencia de Emmanuel subraya el cariz humanista de una acción muy simbólica, pero compleja en las circunstancias cada vez más inmanejables que vive Colombia. La Operación Emmanuel dio esperanzas de paz al continente americano. En el libro dan sus opiniones todos los participantes, como son, entre otros, Clara y Consuelo, las dos mujeres liberadas; la senadora colombiana Piedad Córdoba; Néstor Kirchner, ex presidente de Argentina; y los presidentes de Venezuela y Colombia Hugo Chávez y Álvaro Uribe. El libro enfoca las acciones desde la intimidad de los actores y, por su estilo y estructura, por momentos recuerda las obras de ficción.
—Llegamos a sus libros porque hablamos de legados y responsabilidades.
—A quienes les dimos aquel Che fraccionado, igual les prodigamos muchas veces un marxismo ajeno al de los orígenes y avance del proceso revolucionario cubano; no fue el marxismo de Fidel, ni el de la búsqueda de una alternativa ajustada a nuestra realidad cuando en 1961 proclamamos el carácter socialista de la Revolución; lo curioso es que el Che, en sus Apuntes económicos, en sus X preguntas sobre las enseñanzas de un libro famoso, el Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS, demostró el riesgo que corríamos al inferir que era viable abrazar el dogma soviético.
Las generaciones de los 70 y los 80 siguieron siendo hijas del gran suceso que fue la Revolución cubana, mas solo en parte pudieron obrar como sus antecesoras: crecieron en un país que comenzó a construir el socialismo desde un patrón injertado, en gran medida en lo económico y también parcialmente en lo político.
MARCA DE FÁBRICA
—Pero la de los 60 había nacido con el soplo iconoclasta de la del Centenario.
—Iconoclasta y antidogmático; irreverente hacia quienes procuraban recetarnos cómo actuar y pretendían imponernos un enfoque único sobre los problemas del mundo. Los jóvenes de los 60 comprendimos que la revolución era búsqueda, movimiento continuo. Para lograr hacerla debíamos remover las bases sociales y cuestionarnos, como lo hacía el Che, si lo que era, era o no lo que debía ser; ese es el sentido cartesiano de la revolución; la mayoría de los medios para resolver un asunto no se hallan en respuestas ya conocidas, sino en soluciones que se van construyendo a partir de la realidad. Sin perder el norte anticapitalista, rumbo a una sociedad cada vez más justa y libertaria, de esa filosofía política nacieron el Moncada, el Granma, la Sierra, el 1º de enero y la revolución verde olivo, martiana, marxista, leninista y fidelista.
Las generaciones de los 70 y los 80 crecieron con otras concepciones, sin divisiones estratégicas respecto de las anteriores, pero con tensiones. Había en esa época una tendencia al crecimiento económico, a mejoras en las condiciones de vida; pero tras ellas subyacía una progresiva dependencia de aquella otrora gran potencia (la URSS), que estaba en decadencia, aunque pensáramos lo contrario, y que tenía otro enfoque del socialismo y defendía una ideología que, como se probó después, era una codificación «cuasi religiosa», una suerte de catecismo donde todo estaba consumado.
La fortaleza tanto de nuestra historia como de nuestra Revolución, la guía de la generación de los 50 y, en alguna medida, el aporte de la de los 60, lograron impedir, tras la caída de la URSS, daños de mayor relevancia para el proceso revolucionario. El pueblo se hizo muchas preguntas, pero también supo respondérselas; se percató de que nuestro socialismo no estaba enfermo de muerte; había sido infectado por el virus, pero aún contaba con recursos para eliminar las anomalías. Las generaciones de los 70 y los 80 llevan las marcas de su tiempo, y entre esas también asoman virtudes y potencialidades, como son, el internacionalismo en Angola y Nicaragua, y los altos niveles de educación y rebeldía. A su vez, la generación de los 90 tampoco sucumbió a las paradojas y rigores del período especial, y hoy tiene el deber de contribuir al desarrollo de nuevas vivencias socialistas con ideas cada vez más originales y, por ende, más revolucionarias.
Machado Bermúdez, Ricardo J. «Generaciones y Revolución. Meditación inconclusa sobre un problema.» El Caimán Barbudo, opus 6, septiembre de 1966, pp. 2-4.
Artículos relacionados:
El Che, un Héroe Legendario
Desde Cuba, para los que saben amar
Lecciones de Che Guevara
Galería de fotografías Ernesto Che Guevara
|